Marcos, sentado en la barra del bar La Placeta, observa el vaivén de la gente con una mezcla de impaciencia y resentimiento que lleva días pudriéndose en su pecho. Cada sorbo de vino gomero parece intensificar el amargor en su boca, como si el líquido hubiese fermentado junto con sus pensamientos más oscuros. No entiende por qué Ana no le ha respondido. Lleva tres días enviando mensajes que solo han obtenido el silencio como respuesta. ¿Acaso no merecía una explicación después de tantos años? La simple idea de que ella pudiera estar involucrada con otro hombre le revuelve el estómago, retorciendo las vísceras con una furia que apenas puede contener.
El bar está tranquilo a esa hora de la tarde. Solo algunos parroquianos habituales ocupan sus lugares de siempre, ajenos al drama que se cuece en la mente de Marcos. La televisión, colgada en una esquina, emite un informativo sin que nadie le preste atención. Marcos aprieta el vaso con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos. Decide que no esperará más. No va a permitir que lo traten como a un desconocido, como si los quince años compartidos no hubiesen significado nada. Se levanta de golpe, haciendo que el taburete gire sobre sí mismo, paga su consumición con un billete arrugado y sale del local sin esperar el cambio.
La calle le recibe con ese aire fresco de final de tarde típico del norte, ese que huele a sal y a tierra mojada. Pero Marcos no aprecia nada. Camina con paso firme hacia la cooperativa, dispuesto a confrontarla y exigir respuestas, aunque en el fondo de su corazón sepa que las respuestas que busca probablemente no le gustarán. Cada paso que da es una declaración de intenciones, un desafío al destino que parece empeñado en arrebatarle lo único bueno que tenía.
Mientras tanto, en la cooperativa, Ricardo y Ana trabajan codo con codo en la elaboración del informe técnico que podría salvar la empresa de la quiebra técnica en la que está sumida desde hace meses. La tensión palpable que existía entre ellos hace unos días se ha disipado por completo, dando paso a una camaradería palpable que llena la oficina de una energía diferente, casi eléctrica.
Ricardo, con su meticulosidad característica, revisa los diagramas de flujo una y otra vez, asegurándose de que cada detalle sea preciso, de que cada cifra cuadre con la realidad de los procesos productivos. Lleva gafas de lectura que apenas utiliza, solo cuando se sumerge en los documentos más pequeños, y ahora las tiene caladas en la punta de la nariz mientras frunce el ceño ante una discrepancia mínima en los números. Ana, con su agilidad mental privilegiada, aporta datos económicos y propone soluciones prácticas que combinan la viabilidad financiera con la sensibilidad social que siempre ha caracterizado a la cooperativa.
Sus miradas se cruzan a menudo, transmitiendo una complicidad que va más allá de lo profesional. Cuando Ricardo encuentra un error en una fórmula, Ana sonríe y le dice: «Menos mal que estás tú para pillar esas cosas». Cuando Ana sugiere una reestructuración de los plazos de pago a proveedores, Ricardo asiente con admiración: «Eso es brillante, ¿cómo no se me había ocurrido?». Sus manos, a veces, rozan los mismos papeles, y en esos contactos fortuitos ambos sienten un cosquilleo que ninguno se atreve a reconocer en voz alta.
Ismael, visiblemente más animado que en las últimas semanas, supervisa el trabajo del comité con entusiasmo. Ha recuperado su optimismo y su confianza en el futuro de la cooperativa gracias a la energía renovada que han aportado sus dos nuevos fichajes. Se pasea por la oficina con las manos en los bolsillos, silbando una canción de Sabina que no puede quitarse de la cabeza. Se siente orgulloso del equipo que ha formado, de haber sabido rodearse de personas tan competentes y comprometidas.
Incluso bromea sobre la posibilidad de organizar una fiesta para celebrar la superación de la crisis, aunque sabe que aún queda mucho camino por recorrer. «Cuando saquemos esto adelante», dice, «os invito a cenar a todos al mejor restaurante de la isla. Y no vale pedir lo más barato de la carta, ¿eh?». Ana y Ricardo ríen, agradeciendo ese respiro de humor en medio de la tensión laboral. La oficina, bañada por la luz cálida de la tarde que entra por los ventanales, parece un remanso de paz y productividad.
De repente, la puerta de la oficina se abre de golpe con una violencia que hace temblar los cristales de las ventanas, interrumpiendo la concentración del comité de manera brutal. Marcos entra con el rostro encendido por la ira y la mirada fija en Ana, como un depredador que ha localizado a su presa. Lleva el pelo revuelto y la camisa mal metida por dentro del pantalón, signos inequívocos de que ha venido directo desde el bar, alimentando su furia con cada paso del camino.
El silencio se apodera del lugar de manera instantánea, un silencio denso y pesado que aplasta cualquier intento de comunicación. Todos observan la escena con expectación, congelados en sus movimientos. Ricardo tiene un bolígrafo en la mano a medio camino de anotar algo; Ismael se queda con la sonrisa de su broma petrificada en el rostro; Ana palidece como si hubiera visto un fantasma salido directamente de sus peores pesadillas.
—Ana, tenemos que hablar —dice Marcos con voz firme, demasiado firme, ignorando por completo la presencia de Ricardo e Ismael como si fueran muebles—. Necesito saber qué está pasando entre nosotros. Llevo días escribiéndote y tú, nada. ¿Es que ya no merezco ni una mísera respuesta?
La frase flota en el aire, densa y cargada de una tensión que casi puede cortarse con un cuchillo. Ana se pone pálida, tan pálida que parece a punto de desmayarse. Su mirada oscila entre Marcos y Ricardo, entre el hombre que fue su compañero durante quince años y el hombre que en pocas semanas le ha devuelto la ilusión, buscando desesperadamente una salida a la incómoda situación en la que se encuentra atrapada.