Ismael aparca el coche frente al edificio de apartamentos de Ricardo. El motor se apaga y, durante unos segundos, el silencio invade el interior del vehículo. Antes de que Ricardo pueda siquiera abrir la puerta, Ismael se gira lentamente y lo mira a los ojos con una mezcla de firmeza y afecto sincero.
—Mira, Ricardo —dice Ismael, con voz firme pero serena—. Sé que nada de lo que te diga va a borrar el dolor que sientes ahora mismo. Ninguna palabra puede devolver el tiempo atrás ni traer de vuelta a Javier. Pero volver a Venezuela no va a cambiar lo que ha pasado. No va a aliviar tu culpa ni tu tristeza. Al contrario, solo te arrastraría de nuevo a la misma desesperación de la que tanto te costó salir.
Ricardo escucha atentamente. Intenta asimilar cada palabra como si fueran piezas necesarias para sostenerse en pie. Sabe que Ismael tiene razón. En el fondo, lo sabe. Pero la culpa, la impotencia y la tristeza forman una niebla espesa que le nubla el juicio y le aprieta el pecho.
—¿Y qué hago entonces? —pregunta Ricardo, con la voz quebrada y los ojos húmedos—. ¿Quedarme aquí como si nada hubiera pasado? ¿Seguir adelante mientras allá todo sigue igual?
Ismael suspira, consciente del peso de esa pregunta.
—No te digo que olvides a Javier —responde con suavidad—. Eso sería imposible. Te digo que lo honres viviendo tu vida con intensidad.
Aprovecha las oportunidades que tienes aquí, en La Palma. Demuestra que el sacrificio y la amistad que compartieron no fueron en vano. Y si de verdad quieres hacer algo por tu familia, tráete a tu madre contigo. Dale una vida digna, lejos de la miseria y la opresión. Dale tranquilidad.
Ricardo guarda silencio. La idea se instala lentamente en su interior, como un rayo de luz que atraviesa una habitación oscura. Traer a su madre. Ofrecerle seguridad. Comenzar de nuevo, pero esta vez con ella a su lado.
—Gracias, Ismael —dice finalmente, con voz más firme—. No sabes cuánto necesitaba escuchar algo así.
Ismael le da una palmada en el hombro.
—Para eso estamos los amigos. Ahora descansa. Mañana te espero en la cooperativa. Tenemos mucho trabajo por delante… y el trabajo, a veces, también cura.
Ricardo asiente y sale del coche. Se queda unos instantes frente al edificio, observando cómo las luces traseras del vehículo se alejan por la calle húmeda. Siente gratitud. Una gratitud profunda hacia ese hombre que, en tan poco tiempo, se ha convertido en un hermano.
Los días siguientes transcurren entre la rutina y la reflexión. Ricardo se sumerge en su trabajo en la cooperativa con disciplina casi terapéutica. Revisa sistemas de riego, optimiza procesos de producción, propone mejoras técnicas. Colabora con David en ajustes logísticos y aprende de la experiencia práctica de Ismael, que parece saber siempre cómo anticiparse a los problemas.
Sin embargo, cuando cae la noche, el silencio vuelve a abrir espacio para el recuerdo. Antes de dormir, repasa mentalmente momentos compartidos con Javier: risas, conversaciones, proyectos inconclusos. A veces sonríe; otras, siente un nudo en la garganta.
También piensa en su madre. Investiga trámites migratorios, costos de vuelo, alquileres posibles. Calcula cifras, compara opciones, imagina conversaciones. La posibilidad de reunirse con ella le da una razón concreta para seguir adelante.
Una noche, mientras cena solo en su apartamento, suena el teléfono. En la pantalla aparece un nombre que le arranca una sonrisa inesperada: Lena.
—Hola, Ricardo —dice ella, con su característico acento alemán—. ¿Te acuerdas de mí?
—Claro que sí —responde él, sin poder ocultar la alegría—. ¿Cómo estás?
—Muy bien. Estoy disfrutando muchísimo de la isla. Es preciosa… tiene algo especial.
—Me alegra que lo sientas así. ¿Te gustaría que te enseñara algunos lugares que no salen en las guías?
—¡Me encantaría!
Quedan al día siguiente. Al colgar, Ricardo siente algo nuevo: una chispa, una ilusión ligera que no experimentaba desde hacía tiempo.
El sol de la mañana pinta de dorado las calles de Santa Cruz de La Palma. El aire huele a tierra húmeda tras la lluvia nocturna. Lena lo espera frente al hostal, sonriente, con un sombrero de paja que le da un aire fresco y despreocupado.
Recorren la Plaza de España, el Ayuntamiento, la iglesia de El Salvador, el mercado municipal, donde colores y aromas se mezclan en una sinfonía sensorial. Pasean por el puerto, observando la llegada de los barcos pesqueros.
Más tarde, ascienden hacia la Caldera de Taburiente. Desde el mirador de La Cumbrecita, contemplan el inmenso cráter volcánico. Lena guarda silencio, impresionada.
—Es sobrecogedor —susurra.
Ricardo la observa a ella más que al paisaje. Redescubre la isla a través de su mirada.
Visitan Los Llanos de Aridane, la playa de Tazacorte, el faro de Fuencaliente. Comparten historias personales. Él habla de Venezuela, de Javier, de su proceso de reconstrucción. Ella habla de Alemania, de su profesión, de su deseo de encontrar un lugar donde echar raíces.
Esa noche, bajo la luna reflejada en el Atlántico, algo cambia entre ellos.
Días después, en el Roque de los Muchachos, bajo un cielo limpio y profundo, contemplan la Vía Láctea extendida como un puente luminoso. El viento sopla frío, pero sus manos entrelazadas se dan calor.
Ricardo le explica constelaciones, planetas, estrellas fugaces. Lena lo escucha fascinada. El universo parece inmenso, pero al mismo tiempo íntimo.