El Cuerpo de Sara (preview)

La Llamada (1/2)

La Llamada.

Diciembre de 2023

Lunes 4

Acabo de conversar con una amable señorita, posiblemente de recursos humanos; tan amable que parecía un robot con voz femenina programado para decir palabras demasiado específicas. Me llamaron de Safety and Progress For All, también conocida como SAPFA: la empresa por la que tanto luché para entrar durante un año. Hoy cuatro de diciembre finalmente sucedió y no sé cómo sentirme. Dos años de estudio —que en realidad fueron tres— quizá no son la gran cosa para quienes hacen una licenciatura o ingeniería y, además, alcanzan grados superiores como maestrías o doctorados. Sin embargo, a mí no me llamó la atención el estudio en sí tanto como la extraña profesión a la que me arrastró la situación con mi vieja amiga de internet.

Por supuesto que podría convertir mi carrera técnica en una ingeniería o licenciatura y seguir tirando más hacia adelante, superándome a nivel académico y ser una informática respetable y no una mera tecnóloga en seguridad informática… o lo que sea. Pero lo que debieron ser dos años de carrera se convirtieron en tres al final debido a varios problemas personales y emocionales que se me atravesaron bruscamente en el camino. Un año más y eso ya equivale a un grado mayor del que conseguí. A veces me frustra un poco pensar en eso pero, ahora que tengo el empleo prácticamente asegurado, ya puedo estar más tranquila que antes.

Al final, ¿qué importa todo eso de los grados y niveles? Puedo ganar un buen salario haciendo algo que, a día de hoy, sigo sin estar del todo segura de si realmente soy buena en eso o simplemente me acostumbré a toda esa basura. Quizá me freí el cerebro por consumir cierto tipo de material —entre fotos y videos— a tan temprana edad y rompí algo allá arriba. El alcohol y las drogas seguramente también pusieron de su parte.

Como sea, no me interesa tener la pared llena de cuadros con títulos y diplomas, solo quiero evitar, en la medida que me sea posible, que otras personas tengan la desdicha de ver algo como lo que yo vi a través de la pantalla del computador o del celular. Es una desgracia que puede ocurrirle a cualquier ser humano grande o pequeño… como mi hermanita, por ejemplo. Esa era —en teoría— la razón principal por la que busqué ese empleo, sin embargo, hoy varios años después de tratar de meterme esa idea en la cabeza, ya no estoy tan segura de si fue siempre una buena intención el verdadero motivo.

Al fin y al cabo, nunca fui una estudiante ejemplar ni sobresaliente, tampoco pésima con calificaciones inferiores a cinco sobre diez o algo por el estilo. Era mediocre y ya está, con las calificaciones suficientes para pasar con lo justo y necesario, ni más ni menos; sin esforzarme para lograr más de lo que tenía y sin descuidarme lo suficiente para reprobar y tener que hacer trabajos extras o, peor todavía, perder años enteros.

Anna, mi hermana menor, tiene dieciocho recién cumplidos y este año se graduó del bachillerato. Terminó el periodo con las mejores calificaciones por cuarta vez consecutiva. No tenía ni idea de que alguien podía acabar el bachiller con honores, creía que eso era exclusivo de la universidad, pero ella lo logró. Siempre fue mejor que yo para esas cosas y estoy muy orgullosa de ella. No solo consiguió graduarse un año y pico más joven de lo que yo hice sino que, gracias a su excelencia académica, podrá aspirar a una carrera más respetada por la sociedad, menos misteriosa, bizarra o secreta y quizá no tan plagada de prejuicios y estereotipos absurdos… como la mía.

Me alegra que mi hermana pueda tener una vida normal en redes sociales a pesar de que yo esté muerta. Ella deba postear —desde aquel momento— algo relacionado con mi supuesta partida cada 13 de octubre después de 2019. Es raro, es incómodo y ligeramente siniestro llevar cuatro años sin vida, pero es mi realidad. Pude haberme ido de otra manera y encontrar una forma menos radical de alejarme del Borde del Universo, pero esta fue mi decisión y debo seguir adelante con ella. Muy en el fondo no me molesta tanto, siento que todo pudo llegar a mayores y que, para mi suerte y la de mi familia, no fue el caso.

A pesar de todo —y aunque parezca lo contrario— soy demasiado afortunada. Todo pudo haber sido mucho peor de lo que fue y estoy segura de que el internet me olvidó por completo… de la misma forma en que se olvidó de Sara. A veces me busco en todas partes y lo único que encuentro son rastros fantasmales de cosas que alguna vez sucedieron, comentarios y publicaciones cuya vejez no baja de los dos años atrás; eso viene siendo 2021 y, aunque parezca poca cosa, sé que no lo es porque poco a poco empiezo a desaparecer.

Quizá algún día pueda decir con seguridad que, finalmente, morí para siempre de la memoria colectiva de cada internauta que alguna vez supo algo de mí y logre descansar en la tranquilidad de una vida promedio y aburrida, sabiendo que, aunque de una manera distinta, ella también está descansando.

Estoy segura de que Anna va a estar bien, tiene amigos y amigas más reales y sanas de las que yo nunca tuve, ha tenido parejas y relaciones sentimentales —y probablemente sexuales— más auténticas y saludables como las que jamás llegué a alcanzar. Mientras la gente con la que tiene contacto sea cercana y real y no perfiles ficticios, impredecibles, extraños y alejados del mundo que la mayoría conocemos, o deberíamos conocer, entonces todo va a estar bien.

Recuerdo que me pusieron a prueba una semana, fueron menos horas de la jornada normal que consiste en ocho horas diarias, casi nueve incluyendo el tiempo de almuerzo justo en medio de dos periodos de cuatro horas cada uno. Al probarnos nos hicieron trabajar cuatro horas diarias, obviamente sin sueldo normal, pero si con un bono del diez por ciento del sueldo total —equivalente a unos dos mil dólares— que nos prometieron partidos en dos mitades durante dos meses en caso de conseguir el puesto y la totalidad del bono en un solo pago en caso de ser rechazados.



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En el texto hay: internet, bulliyng, redessociales

Editado: 02.07.2026

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