Eran casi las nueve de la noche y comencé a sentirme mareada. Carlos no llegaba así que pensé que gracias a su falta de confianza en sí mismo y su timidez se había salvado de una broma pesada que podría disparar sus de por sí altos niveles de inseguridad. Todos comenzaron a bailar sin pareja en el centro de la sala, formando un grupo de seis personas que parecían veinte debido al humo de marihuana que invadía la sala de la casa como si fuera una discoteca de mala muerte en Silent Hill.
Se fusionaron con el ritmo de la música en cámara lenta mientras a mí me comenzaban a afectar un par de golpes demasiado fuertes que le di a la pipa de Marcos. Los miré a todos fijamente en la oscura sala con las luces de fiesta baratas creyendo que ahí estaban todos, pero Karla llegó desde quién sabe que portal del infierno y apareció en el sofá grande a mi lado derecho.
—Ese cabrón no quiere venir, se está haciendo el pendejo el muy marica —dijo Karla con el teléfono en la mano mirándome a los ojos.
—¿De qué estás hablando? —pregunté intentando disimular lo jodida que estaba por el cannabis psicoactivo.
—Dios, ¿estás fumando tú también? Estás toda drogada —comenzó a reírse y escribió algo en el celular.
—Si, fumé un poquito… no demasiado… y me acabo de acordar de por qué no es buena idea mezclar alcohol con hierba.
—Yo quería evitar beber demasiado hasta que llegara ese imbécil pero no sé si vaya a venir… —Karla extendió su mano hacia el lado derecho y agarró una maldita botella de ron blanco de algún rincón que escapaba a mi visión— también estoy evitando la hierba porque me pone demasiado caliente.
—Entiendo…
—¿Quieres? —preguntó con la botella en una mano y el celular en la otra. Sentí que la pantalla del teléfono alumbraba con la suficiente potencia como para dejarme ciega si llegaba a mirarla de frente… quizá era la droga.
—Bueno… un poquito nada más —respondí después de intentar decirle que no.
Karla sirvió en dos vasos desechables que agarró de la mesa de centro que fue movida para despejar la sala y los llenó hasta la mitad. Me dio el vaso y me pesó en la mano como si fuera una puta mancuerna. Miré el líquido con la ayuda de las luces de colores que iluminaban el vaso y lo dejaban a oscuras por segundos sin seguir ningún patrón lógico que pudiera percibir mi cerebro. Fue como tener diez litros de alcohol puro en mis manos, aunque no fuera para tanto.
—Okey… dios, creo que me pasé —dijo Karla riendo con fuerza mientras miraba el vaso.
—No… cómo crees —respondí con sarcasmo.
—Yaaa ja, ja, ja —bebió con ganas e hizo la peor cara que jamás la vi hacer en toda mi vida hasta ese momento.
Bebí la mitad del contenido y se sintió muy extraño. Al principio era como no tener un líquido en la boca sino otro tipo de sustancia. Ni siquiera sé cómo explicarlo, estaba drogada y comencé a sentirme ligeramente mal, como si estuviera al borde de tener un mal viaje. Miré a Karla y el shot que se metió la hizo entrar en un estado de adrenalina y euforia porque comenzó a escribir como loca en su celular.
Sonreía a la pantalla y hacía caras extrañas que iban cambiando poco a poco; reía y fruncía el ceño, lanzaba miradas coquetas y enojadas. No sé si eran gesticulaciones precisas o producto de mi pésima relación con la realidad en ese momento. No estaba segura si se escribía solo con Carlos o con alguien más, pero noté que a ratos levantaba la mirada y se la lanzaba a Marco, quien respondía con la misma mirada llena del mismo asqueroso misterio coqueto.
Más que un shot, lo que la bully del gran [c*lo] sirvió para ambas fue un bazucazo capas de quitarle la vida a alguien distraído, con poca experiencia o con mucha basura encima; más de la que tenía yo. Yo era, como mínimo, una o dos de esas tres cosas.
—Creo que va a venir —dijo sonriéndole a la pantalla y luego me miró riendo por un segundo— Son las diez y media de la noche, todavía hay tiempo.
Eran las diez y media de la puta noche, me quedé anonadada cuando lo dijo y llegué a pensar que se equivocó. Saqué el celular del bolsillo con la otra mano mientras seguía cargando una mancuerna de líquido transparente con olor a alcohol medicinal y miré la hora como pude. La pantalla brillaba con fuerza y me ardieron los ojos, al quitarlos de ahí y mirar a la sala en donde el grupo bailaba, todo se volvió borroso y vi como se movían de un lado a otro mezclados con las luces. Algún par se besaban en la boca de lengua con muchas ganas, como si estuvieran a punto de empelotarse y follar en la maldita sala en frente de todos. Todo se sintió muy extraño e irreal en ese momento.
Karla no se equivocó, eran las diez de la noche, antes de eso tuve un atisbo de consciencia plena a eso de las ocho y media pasadas, quizá falaban quince para las nueve o algo así y, de repente, más de una hora y media se fueron a la basura a parar a algún rincón de células cerebrales muertas. Me llevé el vaso a la boca pensando que daba igual, que de todas maneras no podía estar peor, entonces ella pegó un grito fuerte que, a pesar de la música, logró asustarme y hacer que regara un poquito de licor en el sofá y en mi pantalón.
—¡SI! Está viniendo. No debería tardar en llegar.
—¿Quién putas está viniendo? —le pregunté intentando dar un sorbo a la segunda mitad del bazucazo.
—Carlos —rió con fuerza y se puso de pie, le bajó volumen al televisor en el que se estaba reproduciendo la música a través del par de parlantes y encendió la luz normal de la sala.
—Dios… —dije en voz baja mientras el silencio comenzaba a hacerse poco a poco y todos miraban confundidos a Karla.
—Escúchenme… dios, ¿ya están borrachos? Ustedes están en la mierda.
—Si, tu estás demasiado bien, ¿no te parece? No has tomado nada, malparida bastarda —dijo Marco mientras él y Dayana se abrazaban temblorosos, probablemente por el cannabis.
—Ya, cierra la jeta, imbécil. Escúchenme todos, Carlos está viniendo, son quince para las once, solo podemos estar aquí hasta las tres de la madrugada como mucho… y si podemos acabar a las dos, mucho mejor todavía.