El Cuerpo de Sara (preview)

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¿Eliminar Elemento?

Lunes 17 de junio

El lunes que sucedió a ese alocado fin de semana dimos el examen final de matemáticas; la primera de las pruebas finales del año. El profesor de la materia —que también era el tutor de nuestro curso— nos pidió a todos que no saliéramos del aula nada más terminar la evaluación porque necesitaba decir unas cosas. El grupo de siete viciosos —entre los que me incluía yo— nos miramos las caras con tensión y algo de inseguridad.

Miré a Karla, Alex, Dayana y Marco. Gabriel y Sofía estaban muy adelante y no se atrevieron a mirar para atrás por razones obvias. Carlos no asistió ese día a pesar de lo importantísimo que era el examen; la evaluación final del año lectivo que era, a su vez, el ultimo año del bachiller. Los últimos exámenes eran el de cada materia cursada más uno general que se tomaba después de una semana de salir a vacaciones. No sé qué pensaron los demás, pero yo pensé en lo peor de lo peor.

Aquella semana solo tendríamos dos exámenes por día así como un repaso breve de los temas que se tomarían en el examen general con ayuda del tutor. No había nada más aparte de eso porque el año estaba prácticamente finalizado. En esa temporada algunos aprovechaban para hacer trabajos extra que les ayudara a recuperar notas o para entregar cosas viejas que no entregaron en su momento, aunque fuera por una calificación inferior por el retraso.

Más allá de las evaluaciones no era obligatorio quedarse, ni siquiera para repasar para el test general pero, evidentemente, era grave no asistir a cualquier examen final de cualquier materia porque era una nota fundamental para aprobar el año y el bachillerato y, en ese momento, Carlos no se veía por ninguna parte.

Finalmente todo mundo acabó y, luego de asegurarse de que no faltaba un solo alumno por entregar las hojas, el maestro se puso en frente y nos dio un discurso medio extraño sobre la juventud, la sexualidad, el acoso, los delitos cometidos a través de internet y ciertas actitudes típicas de la adolescencia que pueden llegar a traer problemas de todo tipo. Se tardó como mínimo veinte minutos hablando, demasiado tiempo para escucharle pero muy poco para la gravedad de todas las cosas que mencionó.

Sinceramente, aunque posiblemente necesario, encontré su palabrería demasiado forzada, seca y frívola, como si hubiese sido obligado a soltar todo lo que dijo o lo hubiera preparado con horas de antelación como una exposición de mierda de esas cuya calificación no es tan importante. Además, mezcló una cantidad absurda de temas distintos entre sí y no pareció partir de ningún punto ni llegar a nada concreto. Fue tan cliché y tan barato que ni siquiera retuve nada; para mí no fue medianamente relevante en ese momento.

—Dicho todo esto, necesito que salgan del aula absolutamente todos los estudiantes a excepción de los que voy a nombrar a continuación… —fue a su escritorio a agarrar una hoja, se puso los lentes que traía colgados en el bolsillo de la camisa y volvió al centro de la parte delantera del salón para leer la hoja— Alex Restrepo… Gabriel Méndez… Marco López… Karla Arango… Dayana Suárez… Sofía Garza y Kelly Arias… Por favor, todos los demás tengan la bondad de retirarse sin sus mochilas, vuelven después de la hora de recreo para el repaso del test general.

Todos salieron a excepción de nosotros siete. Algunos me miraron y miraron a mi grupo de pequeños delincuentes sin murmurar ni cuchichear, en absoluto silencio. Una vez salió hasta el último de todos pude notar la ubicación de nosotros: Gabriel y Sofía adelante del todo pero en las filas de cada extremo, Karla en la mitad del todo, tanto en el sentido horizontal como vertical, Marco en el extremo izquierdo del fondo, Alex un poco más por delante de Marco, Dayana en la fila de mi izquierda y un poco más adelante y yo casi al final del extremo derecho.

—Vengan para acá, por favor —dijo el maestro mientras caminaba a su escritorio y se quitaba los anteojos.

Todos nos quedamos expectantes y nos miramos las caras sin saber qué hacer, creyendo que nos diría todo desde su puesto a pesar de que éramos solo siete pelagatos en toda el aula. El maestro levanto la mirada y, con una ceja enarcada, comenzó a tocar el escritorio con los dedos de una mano en orden desde el meñique hasta el índice y repitiendo el ciclo.

—¿No me escucharon? ¡Vegan para acá! —exclamó levantando la voz.

Lo siguiente que se escuchó fueron las patas de los pupitres haciendo el clásico rechinar del metal contra la baldosa fría: todos al unísono. Fuimos hasta el escritorio del profesor y lo primero que hizo fue llevarse una mano a la altura de la frente, con el pulgar en una sien y el resto de dedos en la otra dio un resoplo que gritaba estrés y cansancio.

—¿Ustedes son conscientes de la grandísima estupidez que hicieron? Desde ya les aviso que voy a hablarles con la mayor claridad posible, porque eso es lo que necesitan en este momento.

—No entendemos profesor… —dijo Karla tímidamente.

—Ah, ¿no entienden? ENTIENDEN en plural, Karla. ¿Por qué hablas en plural? ¿Sabes acaso que están todos implicados en la misma tontería? No, ninguna tontería, ¿…en el mismo delito?

—Licenciado, ¿nos puede explicar qué está pasando? —dije con un gran nudo en la garganta por los nervios, pensando que Carlos había hecho una estupidez justo después de echarnos al agua… pensando en lo peor.

—Verán, —se puso de pie y caminó hasta la puerta para cerrarla— los padres de familia del estudiante Carlos Alva vinieron temprano muy furiosos, estaban irascibles e insoportables, tuvieron que calmarlos en la dirección porque estaban amenazando con meter a la cárcel a un grupo de estudiantes que trajeron apuntados en esta hoja —dijo señalando la hoja de cuaderno arrancada y con nuestros nombres escritos a mano, la misma que leyó un rato atrás.

—¿Cómo está Carlos? —pregunté de forma impulsiva.



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Editado: 02.07.2026

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