El Despertar de las Reliquias

Capitulo 1: La tormenta que eligió

La tormenta empezó antes de que el cielo se diera cuenta.
No hubo relámpagos al principio.
Ni viento.
Ni siquiera ese silencio extraño que suele anticipar algo grande.
Solo… electricidad.
Una vibración leve en el aire. Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.
Tomás lo sintió antes que nadie.
Estaba sentado en el fondo del aula, con la cabeza apoyada contra la ventana, viendo cómo las nubes se acumulaban sobre la ciudad. Grises. Pesadas. Demasiado bajas.
—¿Otra vez en las nubes, Vega? —dijo la profesora sin mirarlo.
Algunas risas apagadas.
Tomás no respondió. Nunca lo hacía.
No era que no quisiera. Era que… no sabía cómo explicar lo que le pasaba.
Desde chico, las tormentas lo seguían.
No de forma poética. Literal.
Cuando estaba nervioso, las luces parpadeaban.
Cuando se enojaba, los enchufes chisporroteaban.
Una vez, a los diez años, explotó un transformador a tres cuadras de su casa justo después de que gritara.
Desde entonces, su madre le repetía lo mismo:
“Controlate.”
Como si fuera tan fácil.
Un trueno sacudió el edificio.
Esta vez sí.
Fuerte. Cercano.
Los vidrios vibraron. Algunos chicos gritaron.
La profesora se detuvo.
—Bueno… —dijo, incómoda—. Parece que se viene una tormenta. Cierren las ventanas.
Tomás no se movió.
Algo no estaba bien.
No era una tormenta común.
Lo sentía en la piel. Como agujas invisibles recorriéndole los brazos.
La electricidad… lo estaba buscando.
Un segundo trueno estalló, mucho más cerca. Las luces se apagaron.
Oscuridad.
Un murmullo recorrió el aula.
—Tranquilos —dijo la profesora, intentando mantener la calma—. Debe ser un corte.
Pero Tomás ya no estaba escuchando.
Porque en el reflejo de la ventana… había algo más.
Una silueta.
No dentro del aula.
Afuera.
En el patio.
De pie bajo la lluvia que recién comenzaba a caer.
Alta. Inmóvil.
Observándolo.
Tomás se incorporó lentamente.
Parpadeó.
La figura seguía ahí.
Y entonces… levantó la mano.
El mundo se partió.
Un relámpago descendió del cielo como una lanza.
No cayó al azar.
No golpeó un árbol.
No impactó el suelo.
Fue directo hacia él.
Tomás no tuvo tiempo de pensar.
Solo de sentir.
El impacto.
La luz lo envolvió.
El ruido fue ensordecedor.
Y después…
Silencio.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en el suelo.
El aula era un caos.
Mesas volcadas. Vidrios rotos. Alguien llorando.
—¡¿Qué pasó?! —gritó una voz.
—¡Se cayó un rayo!
—¡A él le cayó encima!
Tomás se incorporó, aturdido.
No le dolía nada.
Eso era lo más extraño.
Debería estar… muerto.
Carbonizado.
Pero no.
Estaba intacto.
Y no solo eso.
Sentía algo dentro de él.
Algo enorme.
Como si su pecho fuera demasiado pequeño para contenerlo.
La electricidad no lo había destruido.
Lo había… llenado.
—Tomás…
Levantó la mirada.
Martina estaba frente a él.
Su única amiga.
Pálida. Asustada.
—Tus ojos… —susurró.
—¿Qué tienen?
—Brillan.
Tomás frunció el ceño.
—No digas boludeces.
Pero en ese momento, una chispa saltó de su mano.
Literalmente.
Un arco eléctrico recorrió sus dedos y se descargó contra el suelo con un chasquido seco.
Ambos retrocedieron.
—¿Viste eso? —dijo Martina.
Tomás no respondió.
Porque lo había sentido.
No fue un accidente.
Fue… intención.
Y eso era lo peor.
Las luces volvieron de golpe.
Un zumbido eléctrico recorrió el edificio.
Todos se sobresaltaron.
Menos él.
Porque ahora entendía.
De alguna forma.
Él era la tormenta.

La directora llegó minutos después, acompañada por dos hombres que nadie había visto antes.
Eso fue lo segundo extraño del día.
No eran policías.
No eran médicos.
Eran… otra cosa.
Altos. Vestidos de negro.
Demasiado tranquilos para alguien que entra a un aula donde acaba de caer un rayo.
Uno de ellos lo miró directamente.
—¿Tomás Vega?
No fue una pregunta.
Tomás dudó.
—Sí…
El hombre asintió, como si confirmara algo que ya sabía.
—Venís con nosotros.
—¿Qué? —intervino la directora—. No pueden llevarse a un alumno así nomás.
El segundo hombre sacó algo del bolsillo.
No era una credencial común.
Tenía símbolos extraños. Antiguos.
La directora cambió de expresión al instante.
Confusión primero.
Después… miedo.
—Entiendo —dijo, en voz baja.
Tomás sintió un escalofrío.
—¿A dónde voy? —preguntó.
El primer hombre se acercó.
Lo suficientemente cerca como para que nadie más escuchara.
—A un lugar donde las tormentas tienen sentido.

No le dieron tiempo para despedirse.
Ni para pensar.
Ni para entender.
Solo caminar.
Salir del colegio.
Subir a un auto negro.
Las puertas se cerraron con un sonido seco.
El mundo quedó atrás.
Durante varios minutos, nadie habló.
Tomás miraba por la ventana, viendo cómo la ciudad se desdibujaba bajo la lluvia.
Pero algo había cambiado.
No era la misma lluvia.
Ahora podía sentir cada gota.
Cada carga eléctrica en el aire.
Cada vibración.
Era como si el mundo hubiera bajado el volumen para todos… menos para él.
—¿Qué me hicieron? —preguntó al fin.
El hombre del asiento delantero no se dio vuelta.
—No te hicimos nada.
—Entonces, ¿qué pasó?
Silencio.
El auto tomó una curva cerrada.
—Te encontró —dijo finalmente.
Tomás frunció el ceño.
—¿Quién?
El hombre giró apenas la cabeza.
Y por primera vez, sonrió.
—No quién.
Qué.

El auto se detuvo frente a un portón enorme.
De hierro.
Antiguo.
Cubierto de símbolos que parecían moverse si los mirabas demasiado tiempo.
Más allá… no se veía nada.
Solo niebla.
—Bajá —dijo el conductor.
Tomás dudó.
Pero bajó.
El aire era distinto ahí.
Más denso.
Más… vivo.
—¿Dónde estamos?
El hombre se acercó al portón.
Apoyó la mano.
Los símbolos brillaron.
Y las puertas se abrieron solas.
Lentamente.
Con un sonido profundo, como si la tierra misma se moviera.
Lo que había del otro lado…
No tenía sentido.
No en el mundo que conocía.
Un valle oculto.
Edificios que parecían antiguos y modernos al mismo tiempo.
Torres. Cúpulas. Entrenamientos a lo lejos.
Y personas.
Adolescentes.
Pero ninguno… normal.
Una chica lanzó una flecha que dejó un rastro de luz en el aire.
Un chico levantó la mano y el suelo tembló.
Otro caminaba mientras sombras se movían a su alrededor.
Tomás dio un paso atrás.
—No… esto no es real.
—Lo es —dijo el hombre—. Más real que todo lo que conocías.
—¿Qué es este lugar?
El hombre lo miró.
Directo a los ojos.
—Es donde vienen los elegidos.
Tomás sintió un nudo en el estómago.
—¿Elegidos para qué?
Una pausa.
Una leve sonrisa.
—Para sobrevivir.

Mientras avanzaban, las miradas se clavaban en él.
Algunos curiosos.
Otros… tensos.
Como si supieran algo que él no.
—¿Por qué me miran así?
—Porque lo sienten.
—¿Qué cosa?
El hombre no respondió.
Se detuvieron frente a un edificio central.
Una estructura enorme, con columnas y símbolos tallados.
Antiguos.
Poderosos.
—Entrá —dijo.
Tomás tragó saliva.
Y cruzó la puerta.

El interior era aún más extraño.
Una mezcla de museo, templo y base militar.
Armas colgadas en las paredes.
Pero no armas normales.
Reliquias.
Vivas.
Podía sentirlo.
Como un zumbido en el aire.
Como si cada objeto tuviera… conciencia.
Y entonces lo vio.
Al fondo de la sala.
Suspendido en el aire.
Girando lentamente.
Un fragmento de luz.
No.
No era luz.
Era algo más denso.
Más violento.
Como un relámpago contenido.
—No… —susurró Tomás.
Sintió que algo dentro de él respondía.
Como un eco.
Como si esa cosa lo llamara.
—No te acerques —dijo una voz.
Tomás se detuvo.
Una mujer estaba de pie junto al objeto.
Mirándolo con intensidad.
—Todavía no.
—¿Qué es eso? —preguntó Tomás.
La mujer no respondió de inmediato.
Se acercó lentamente.
—Decime —insistió.
Ella lo observó unos segundos.
Evaluándolo.
Midiéndolo.
—Es lo que te eligió.
El corazón de Tomás empezó a latir más rápido.
—¿Qué… me eligió?
La mujer señaló la energía flotante.
—Eso.
Una pausa.
—El Rayo.
El aire vibró.
Como si la palabra tuviera peso.
Como si el mundo la reconociera.
Tomás sintió que el pecho le ardía.
—No entiendo…
La mujer se acercó un poco más.
—Claro que no.
—Entonces explicame.
Silencio.
La mujer respiró hondo.
—Hace miles de años, los dioses crearon armas.
No para la guerra.
Para el orden.
—¿Orden?
—Equilibrio.
Tomás miró el rayo flotante.
Hipnotizado.
—Y ahora…
—Ahora esas armas están despertando.
—¿Por qué?
La mujer lo miró.
Y por primera vez… dudó.
—Eso es lo que tenemos que averiguar.
Tomás dio un paso adelante.
El rayo reaccionó.
Se agitó.
Como si estuviera vivo.
—¿Puedo…?
—No —dijo ella.
Pero ya era tarde.
La electricidad recorrió el aire.
El rayo descendió.
No rápido.
No violento.
Casi… con intención.
Hasta quedar frente a él.
Flotando.
Esperando.
Tomás extendió la mano.
El mundo se detuvo.
Cuando sus dedos tocaron la luz—
La tormenta volvió.
Pero esta vez…
desde adentro.



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En el texto hay: fantasia, mitos, dioses

Editado: 21.03.2026

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