Luz acompañada por su hija y su mascota se encontró con Ernesto acompañado por la mujer y su hijo en un lunes por la tarde, el destino con su mano invisible, los volvió a unir en un momento de pura casualidad, y aunque se habían encontrado, sus caminos seguían siendo divergentes, sus miradas se cruzaron con una mezcla de tristeza y nostalgia que reflejaba la realidad de la situación. Luz se detuvo en seco en la acera, se dio la vuelta y miro hacia atrás, esperando ver a Ernesto, pero el siguió su camino sin ni siquiera mirar atrás.
El destino seguía tejiendo sus hilos, como si hubiera unido a Ernesto y a Luz con un hilo invisible que no podían romper. No importaba cuántas veces intentaran escapar o huir el uno del otro; siempre había algo que los llevaba de regreso al mismo punto. Luz se preguntaba, en su interior, qué podía hacer para liberarse de esta sensación abrumadora.
-No importa lo que intente para terminar con esto -pensó-. Siempre vuelvo donde estaba. Es momento de aceptar lo inevitable. Volver a desaparecer no cambiaría nada.
Ella quería soportarlo todo sola, pero el universo tenía otros planes. Aquella tarde, mientras caminaba con su hija y su mascota por las aceras de la ciudad, el destino, con su mano invisible, los volvió a unir en un encuentro inesperado. En la misma acera, se cruzaron con Ernesto, quien estaba acompañado por la mujer que había entrado en su vida y su pequeño hijo.
El aire se llenó de una extraña mezcla de emociones. Luz sintió que el tiempo se detenía. Las miradas se cruzaron, y en ese instante, se compartieron mil palabras no dichas; una mezcla de tristeza y nostalgia que reflejaba la realidad de la situación. Luz se detuvo en seco en la acera, un golpe de recuerdos la asaltó, evocando momentos felices y dolorosos que parecían entrelazarse en su memoria.
Dudó un momento, sintiendo el impulso de acercarse, de romper el silencio que los separaba. Pero, en cambio, se dio la vuelta y miró hacia atrás, esperando ver a Ernesto detenerse, encontrar en su mirada un reflejo de lo que habían compartido. Sin embargo, él siguió su camino, sin siquiera mirar atrás, como si el peso de la vida lo hubiera llevado tan lejos que ya no había espacio para el pasado.
Esa imagen la golpeó como una ola fría. La sensación de pérdida se intensificó, y Luz sintió que el hilo invisible que los unía se tensaba, casi a punto de romperse. En su corazón, una mezcla de tristeza y aceptación comenzaba a florecer. Era evidente que sus caminos seguían siendo divergentes, cada uno con su propia carga de decisiones y responsabilidades.
Mientras su hija con su mascota miraba juguetes en vidrieras, Luz se sintió atrapada entre dos mundos. Por un lado, estaba el amor por su hija, la vida que había construido, las risas y los momentos cotidianos que la llenaban de alegría. Pero, por otro lado, había un eco de lo que había sido su relación con Ernesto, un amor que, a pesar de las complicaciones, había dejado una huella profunda en su ser.
En ese instante, Luz comprendió que, aunque sus caminos eran diferentes, la conexión que compartieron siempre tendría un lugar en su corazón. No podía cambiar el pasado, pero podía decidir cómo avanzar. Aceptar lo inevitable no significaba resignarse, sino más bien encontrar la paz en su situación actual.
Con un suspiro profundo, Luz se giró, dejando atrás la imagen de Ernesto y su nueva vida. Se acercó a su hija, sonriendo mientras la veía con su mascota. Esa sonrisa, aunque un poco triste, era también un símbolo de su determinación de seguir adelante.
-Mamá, ¡mira a polly! -exclamó su hija, señalando a su perrita, que quería entrar en una heladería.
-Es increíble, cariño. Polly siempre sabe cómo hacerte sonreír, ¿verdad? -dijo Luz con una sonrisa, observando a su hija reír mientras acariciaba a su mascota.
-Sí, ¡es la mejor! -respondió la niña, riendo mientras acariciaba a la perrita. Luego miró a su madre con curiosidad-. ¿Por qué estás un poco triste, mamá?
Luz sintió una punzada en el corazón, pero se esforzó por mantener la calma.
-A veces, las cosas cambian, y no siempre es fácil. Pero eso está bien. Lo importante es que tenemos a Polly y a cada una de nuestras aventuras juntas.
Su hija frunció el ceño, pensativa.
-¿Aventuras como ir al parque o hacer pasteles?
-Exactamente -dijo Luz, sonriendo más genuinamente-. Cada día es una nueva aventura. Y siempre podemos crear más recuerdos juntas.
-¿Prometes que haremos un pastel este fin de semana? -preguntó la niña, sus ojos brillando con emoción.
-¡Prometido! -afirmó Luz, sintiendo que esa pequeña promesa le llenaba de energía. -Y tal vez hagamos una fiesta para celebrar nuestras aventuras.
-¡Sí! ¡Con globos y todo! -gritó su hija, saltando de alegría.
Mientras miraba la felicidad de su pequeña, Luz sintió que su tristeza se desvanecía poco a poco.
-Y aunque algunas cosas cambien, siempre estaré aquí para ti -añadió Luz, abrazando a su hija y sintiendo que ese era el verdadero propósito de su vida.
-Lo sé, mamá. Y siempre estaré aquí para ti también -respondió su hija, abrazándola fuerte.
Con cada paso que daba, Luz se comprometía a honrar su pasado mientras construía un futuro donde pudiera encontrar su propia felicidad. Con su hija a su lado, sabía que estaba lista para enfrentar lo que viniera, con amor y determinación.
El destino, aunque a veces cruel, también ofrecía oportunidades de crecimiento. Luz sabía que, aunque Ernesto seguiría siendo una parte de su historia, ella era la autora de su propio relato. Con el corazón lleno de nuevas resoluciones, comenzó a caminar por la acera, lista para abrazar lo que la vida le tenía preparado y dispuesta a tejer su propia historia.
Desde pequeña, Luz siempre fue buena en el juego de la paciencia y la resistencia. Había aprendido, a través de los años, que la vida es un constante fluir de cambios y oportunidades. Sin importar cuántas puertas se abrieran o se cerraran a su alrededor, estaba dispuesta a aceptar con amor su destino. En su interior, había cultivado una profunda sabiduría que le permitía ver más allá de la tristeza y el desengaño.
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Editado: 30.03.2025