Luz se encontraba en una etapa de transformación. Cada día traía consigo nuevas oportunidades para redescubrirse a sí misma. Con la llegada de la primavera, los días se alargaban y el sol brillaba con más fuerza, llenando su vida de una energía renovada. Cada mañana, al abrir los ojos, Luz se recordaba a sí misma que estaba en un viaje hacia la sanación y el amor propio.
Una tarde, mientras preparaba la cena, su hija la interrumpió con su risa contagiosa.
—¡Mamá, mira lo que dibujé! —gritó su pequeña, corriendo hacia la cocina con un dibujo en la mano.
Luz se volvió hacia ella, sonriendo. —¿Qué es, cariño?
La niña levantó el dibujo, revelando una colorida representación de su familia, con Luz, su hija y su mascota, Polly.
—¡Es nosotros! —exclamó, sus ojos brillando de alegría.
Luz sintió una oleada de amor. —Es hermoso, amor. Me encanta cómo dibujaste a Polly. ¡Es igualita! —dijo, acariciando la cabeza de la perrita, que se había acercado a la acción.
Mientras cenaban, Luz reflexionó sobre lo rápido que había pasado el tiempo. Había sido un año desde que su vida dio un giro inesperado, y aunque había momentos de tristeza, también había muchos de felicidad.
—Mamá, ¿podemos hacer un pastel este fin de semana? —preguntó su hija, interrumpiendo sus pensamientos.
—Claro, cariño. ¿Qué te gustaría hacer? —respondió Luz, sintiendo que la idea de hornear juntas sería un buen momento para fortalecer su vínculo.
—¡Un pastel de chocolate! —gritó la niña, saltando de su silla.
Al siguiente día, Luz decidió asistir a un taller de escritura creativa en un centro comunitario. Era una oportunidad para conectar con otras personas y compartir sus experiencias a través de la palabra escrita. Cuando llegó, el ambiente era acogedor y el aroma del café recién hecho llenaba el aire.
Al entrar al salón, saludó a los otros participantes. Una mujer de cabello rizado y una sonrisa amplia se le acercó.
—Hola, soy Valeria. ¿Es tu primera vez aquí? —preguntó, extendiendo una mano.
—Sí, soy Luz. Estoy emocionada por empezar —respondió Luz, sintiendo que la amabilidad de Valeria le daba la bienvenida.
Durante el taller, Luz se sintió liberada al escribir sobre sus emociones y experiencias. Se dio cuenta de que el acto de poner sus pensamientos en papel le ayudaba a procesar lo que había vivido. Cuando llegó el momento de compartir, su turno se acercó.
—Escribí sobre el amor y la pérdida —dijo, nerviosa pero decidida.
Leyó en voz alta:
—“A veces, el amor puede dejar cicatrices profundas. He aprendido que, aunque el dolor es real, también hay espacio para la sanación y la esperanza. Mi corazón ha sido roto, pero en cada pedazo hay una lección valiosa que me ayuda a seguir adelante.”
Al finalizar, recibió aplausos y sonrisas de los demás participantes. Valeria se acercó nuevamente.
—Eso fue hermoso, Luz. Tienes una forma muy especial de expresar tus sentimientos —dijo, entusiasmada.
Luz sonrió, sintiendo que había encontrado un nuevo espacio para crecer.
Con cada encuentro en el taller, Luz reflexionaba más sobre su relación con Ernesto. Aunque había dolor y nostalgia, también había amor y crecimiento. Se dio cuenta de que, a pesar de las circunstancias, había aprendido a valorarse y a reconocer su propio poder.
Un día, mientras iba del compras , se encontró con Valeria nuevamente.
—¿Qué te parece si escribimos juntas algún día? —sugirió Valeria, mientras disfrutaban del clima primaveral.
—Me encantaría —respondió Luz—. Es una forma de explorar nuestras historias y apoyarnos mutuamente.
Días después, mientras revisaba su correo electrónico, Luz encontró un mensaje de Ernesto. Su corazón latió con fuerza al verlo, una mezcla de ansiedad y curiosidad la invadió.
”Hola Luz, espero que estés bien. He estado pensando en ti y en lo que compartimos. Me gustaría saber cómo has estado. ¿Podemos hablar?”
Luz se quedó quieta, reflexionando sobre el mensaje. Había pasado tiempo desde que se habían visto, y aunque había sanado, la idea de volver a conectar con Ernesto la llenaba de incertidumbre.
Finalmente, decidió responder.
”Hola Ernesto, me alegra saber de ti. He estado bien, enfocándome en mi hija y en mí misma. Estoy abierta a hablar.”
Poco después, acordaron reunirse en la pequeña cafetería donde solían ir. Luz llegó primero, con el corazón latiendo rápidamente. Al entrar, el aroma del café y los recuerdos la envolvieron.
Cuando Ernesto llegó, sus miradas se cruzaron, y por un instante, el tiempo pareció detenerse. Había un aire de nostalgia, pero también de esperanza.
—Luz —dijo Ernesto, con una sonrisa tímida—. Es bueno verte.
—Igualmente, Ernesto —respondió ella, sintiendo una mezcla de emociones.
Se sentaron y comenzaron a hablar sobre sus vidas, compartiendo historias sobre sus hijos y sus nuevos proyectos. A medida que la conversación fluía, Luz se dio cuenta de cuánto había crecido y cómo el tiempo había suavizado las heridas.
—A veces siento que el destino nos ha llevado por caminos separados por una razón —dijo Luz—. Pero también creo que podemos aprender de nuestras experiencias y seguir adelante.
Ernesto asintió, comprendiendo la profundidad de sus palabras.
A medida que avanzaba la conversación, Luz sintió que había una oportunidad no solo para sanar, sino también para construir una nueva relación basada en la amistad y el respeto mutuo.
—Quizás podamos ser amigos —sugirió Luz, con una sonrisa—. Aprender a apoyarnos en este nuevo capítulo de nuestras vidas.
Ernesto sonrió, sintiendo que esa era una propuesta valiosa.
—Me encantaría, Luz. Me gustaría que nuestros caminos se cruzaran de nuevo, pero de una manera diferente.
A partir de ese encuentro, Luz y Ernesto comenzaron a intercambiar mensajes con más frecuencia. Se compartían anécdotas sobre sus hijos y sus días, y cada conversación fortalecía el vínculo que habían creado.
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Editado: 30.03.2025