Luz se despertó una mañana con una energía renovada y una sensación de esperanza vibrante. Los rayos del sol se filtraban a través de la ventana, iluminando su habitación y llenándola de una calidez reconfortante que hacía tiempo no experimentaba. Después de meses de crecimiento personal y nuevas vivencias, comenzó a reflexionar sobre su relación con Ernesto. La idea de construir una amistad con él la hizo sonreír; después de todo, se habían encontrado recientemente en el parque, donde sus hijos jugaron juntos, creando un ambiente alegre y sin tensiones. Con cada pensamiento positivo, Luz se dio cuenta de que podría ser maravilloso dejar atrás el pasado y abrirse a la posibilidad de una conexión más amigable con alguien que había sido tan importante en su vida.
Mientras preparaba el desayuno, su hija entró en la cocina, con la sonrisa más brillante.
—¡Buenos días, mamá! —dijo la pequeña, estirándose como si el sol le diera energía.
—¡Buenos días, amor! ¿Estás lista para nuestra aventura de hoy? —preguntó Luz, sintiendo la emoción en el aire.
—¡Sí! ¡Quiero ir al parque a volar cometas! —exclamó su hija, saltando de alegría.
Luz sonrió, recordando que había prometido llevarla al parque para disfrutar de un día al aire libre.
Al llegar al parque, Luz sintió cómo el aire fresco y el canto de los pájaros la llenaban de alegría y esperanza. Desplegaron la manta sobre la hierba y sacaron la cometa que habían preparado juntas la semana anterior, riendo y disfrutando del cálido sol. La felicidad de su hija iluminaba su mundo y la hacía olvidar las sombras del pasado… hasta que una voz conocida interrumpió ese momento perfecto.
—Luz… —dijo Ernesto, su voz tensa y cargada de emociones no expresadas.
Luz se congeló al verlo acercarse. Era como un fantasma del pasado que nunca había dejado de atormentarla, una presencia que le recordaba viejas cicatrices y momentos difíciles. Sin embargo, en su corazón guardaba la esperanza de que, después de todo lo vivido, habían logrado forjar una amistad.
—Ernesto… —respondió ella, tratando de mantener la fría compostura y la serenidad que había logrado cultivar en su vida reciente.
Él la miró con una mezcla de anhelo y dolor profundo. —He estado pensando en ti. No puedo evitarlo. Mi vida con la madre de mi hijo es un tormento diario. Nunca te he olvidado. Donde realmente era feliz y completo era a tu lado, —sus palabras eran un lamento, un grito ahogado que resonaba con su deseo de enmendar el pasado.
Pero en ese preciso instante, Karen apareció sin previo aviso como si le estuviera siguiendo los pasos a Ernesto, sus ojos llenos de furia y celos al ver a Ernesto hablando con Luz.
—¡Ernesto! ¿Qué haces aquí? —gritó, interrumpiendo la conversación, los celos brotando de su mirada.
Luz sintió que su corazón se aceleraba, la tensión en el aire era palpable. Karen miraba a Luz con desdén, como si fuera la única culpable de su desgracia.
—Tú no tienes idea de lo que es vivir con alguien que te abandonó, ¿verdad? —dijo Karen, desafiando a Luz, con un tono mordaz que hacía eco en el ambiente.
Ernesto intentó intervenir, buscando apaciguar la situación, pero Luz lo detuvo con un gesto de mano, sintiendo que no quería que la tensión aumentara más de lo necesario.
—No estoy aquí para pelear ni para tomar tu lugar, Karen —dijo con firmeza, su voz resonando con confianza y claridad—. Ernesto tomó su decisión una vez, y eso es lo que cuenta. Nadie puede cambiar lo que sucedió, y no estoy dispuesta a reavivar conflictos que ya pasaron
El aire se tornó aún más pesado, y aunque el sol brillaba sobre ellos, Luz solo podía sentir la nube de tensión que se había formado. Sintió que sus palabras eran un escudo, protegiéndola no solo a ella, sino también a su hija, que la observaba con curiosidad y algo de inquietud.
—Te sugiero que ambos tengan la conversación que necesitan sin mí, —continuó Luz, sus ojos fijos en Ernesto—. Pero quiero que sepas que he encontrado la paz, y que estoy lista para seguir adelante.
Karen pareció quedarse sin palabras, pero Ernesto la miró a los ojos. —No es así, Karen. Estoy aquí para aclarar que solo le he hecho daño a Luz y a mí mismo. Nunca debí dejarla ir.
Luz sintió una ola de resentimiento. —No me interesa ser tu rescate, Ernesto. Cerrare la puerta que abriste en su momento. Me dejaste sin mirar atrás, abandonándome porque elegiste a Karen. Respeto tu decisión, pero eso no cambia lo que me hiciste pasar —expresó, sintiendo más fuerza en cada palabra.
Karen, sintiéndose acorralada, avanzó hacia Luz. —Solo estás jugando con él. Puedes quedar como la buena, pero él siempre volverá a mí.
—No lo sé. La vida da muchas vueltas —respondió Luz, sintiéndose serena. —Lo que sé es que esta puerta está cerrada. Si la abrí en su momento, ya no es una opción para mí.
Con esa declaración, Luz tomó la mano de su hija. —Es mejor que nos vayamos, cariño —dijo, sintiendo que había tomado la decisión correcta. Caminó con su hija, dejando a Ernesto atrás.
Ernesto, visiblemente confundido, intentó seguirla. —Luz, por favor, dame otra oportunidad. No he dejado de pensar en ti, no me dejes sólo —dijo, pero ella sintió que su corazón se endurecía.
—No voy ceder ante tus arrepentimientos. Hiciste tu elección y ahora asúmela. La vida no se trata de regresar a lo que dejó marcas. He luchado y he crecido sin ti. Lo perdono, pero eso no significa que deba dejarte entrar en mi vida otra vez —concluyó Luz, su voz firme.
Ernesto abrió la boca para decir algo, pero las palabras se quedaban atoradas en su garganta. Luz, con su corazón latiendo con firmeza, dio un paso atrás, decidida a resguardar su espacio y su tranquilidad, dejando claro que no volvería a ser parte de un triángulo doloroso. La decisión ya estaba tomada, y sea cual fuera el desenlace de ese encuentro, sabía que ella y su hija podrían seguir brillando, sin importar las sombras del pasado.
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Editado: 30.03.2025