El Día Que Un Dios Nació

Gement Vitae El Limbo De Los Desdichados

Capítulo 4

Gement Vitae "El Limbo De Los Desdichados"

"Mi pequeña paloma avariciosa, siempre todos mis pajaritos vuelven al nido deseando lo que no tendrán. Dejad de sollozar por el mundo pidiendo ser alguien más y valorad que eres único. Te he dado un gran trabajo que, con el tiempo, te colmará de dicha o de desgracia, dependiendo de tus pasos, es decir, de mis escritos. No lo arruines, no me decepciones o te decepcionaré."

– El Destino.

¿A dónde vamos cuando morimos? ¿Acaso cuando llega el final de nuestra historia todo se termina y nos convertimos únicamente en polvo de estrella? ¿Será acaso que sin importar cuánto te esfuerces siempre terminas siendo comida para gusanos? Todas esas personas que pasan su vida intentando ser inmortales o recordados, aunque una cosa suele ser sinónimo de la otra. Todos esos seres prácticamente inmortales que perderían su vida por una pelea de ego, por una guerra de intereses o simplemente por una riña. Podrías luchar contra la muerte como un soldado en la guerra más despiadada que puedas imaginar, como lo haría un Smyth, o podrías rendirte a sus brazos como quien se reencuentra con su amante, como todos esos pacientes en estado terminal que dejan de luchar y se entregan a su destino.

Morir.

Morir era lo natural. Todos moriremos, todos mueren. Cada historia que comienza debe terminar en algún momento. Todos esos capítulos, todos esos libros, todos esos protagonistas. Tantas lágrimas y lucha para el mismo final: ser polvo. Comprender finalmente que siempre fuimos así de insignificantes. Ningún acto tiene sentido, o por el contrario, cada acto tiene el poder de cambiar absolutamente todo. Si ese auto no se hubiese detenido, si no hubieses tropezado, tomado esa calle, o si no estuvieras en el momento equivocado, en el lugar equivocado, con la persona equivocada... ese es el mayor riesgo de vivir.

Cada acción era una oportunidad acechante de conocer a la muerte, pero no hacer absolutamente nada por miedo significaba estar muerto en vida.

Gement nunca había estado vivo ni muerto, no sabía lo que significaba ser un bebé o un niño, crecer o cortarse el cabello y las uñas. No sabía lo que era el hambre o el dolor, o cómo se sentía la lluvia o el sol. Aun así, esa noche, cuando el primer rayo del sol se cruzaba con su amada luna, era el mayor romance de la galaxia, era el romance más prohibido de la historia. Entre las conversaciones de los cuerpos celestes, siempre era este uno de los temas favoritos.

No era un secreto para nadie que el sol amaba a la luna tanto como es posible. No había palabras o espacio suficiente en el universo para contener tanto amor como el sol sentía por la luna. Y la luna no era ajena a este sentimiento, es más, si la gente se sorprendía del amor del sol hacia la luna era porque jamás habían prestado atención a la luna. La forma en la que no necesitaba nada más que reflejar la luz de su amado, cómo sufría cada segundo de su existencia al estar alejada del sol.

Se cuenta que no siempre estuvieron condenados a tener un amor imposible, sino que era tanto su amor que el destino estaba celoso. Él jamás podría crear una historia tan auténtica. El sol y la luna eran lo único sobre lo que el destino no tenía control, y eso le provocaba rabia genuina. Quizás no podría separarlos desde adentro, pero sí desde afuera, y así los separó.

La luna lloraba todas las noches, inundando el mundo en una oscuridad absoluta, y el sol iluminaba todo a su paso con la esperanza de que su amada pudiera ver, aunque sea, uno de sus rayos antes de tener que esperar otro día, otra eternidad.

Esa noche era diferente al resto. El sol y la luna habían estado maquinando durante tanto tiempo, moviéndose lentamente hasta que, por fin, a espaldas del destino, habían logrado reunirse. El sol fue eclipsado completamente por la luna. Todos sus rayos, todo su ser, todo de él le pertenecía a ella. Entonces, ¿por qué estaba obligado a brillar para otros si el motivo de su luz era ella?

Venus era el planeta del amor, y al observar con ojos anhelantes el tan esperado reencuentro, decidió que era su momento. Así fue como, del primer rayo del sol tras el eclipse, nació Gement.

No se parecía a ningún otro niño antes visto. Todos los demás hijos de los planetas eran pequeños y frágiles niños que habían dependido de otros para sobrevivir, pero Gement era diferente. Era un hombre adulto y su cuerpo poseía una vestimenta extraña para su época, y todo en él era casi transparente con tonalidades verdosas. Aun así, se apreciaba el tono claro de su cabello y sus ojos. Tenía una barba poblada y el ceño fruncido, como si hubiese nacido de mal humor. No era especialmente alto ni bajo, pero sus pies se elevaban del suelo, por lo que realmente no era notorio.

El hombre observó el cielo para percatarse de que el eclipse acababa de terminar. Se sintió un poco apenado, pero por suerte para él, ese suceso volvería a ocurrir. Tras esa ocasión, miró atentamente su alrededor: todo era selva y animales extraños y adorables.

Un grupo de ardillas peleaba distraídamente por un fruto, sin percatarse de la silenciosa e intangible presencia del hombre, hasta que éste acercó su mano a una de las criaturas para encontrarse a sí mismo atravesando el pequeño y peludo cuerpo. La pequeña ardilla se quedó quieta, aterrorizada al sentir el frío atravesando su cuerpo, pero nada sucedió. Era completamente incapaz de tocarla; era como una brisa que helaba los huesos.

Gement miró atentamente su mano y al animal. No eran iguales, se notaba a simple vista. No solo en lo físico: había algo más, un peso o una fuerza que no podía definir, pero estaba ahí, y al concentrarse en mover esa fuerza hacia la criatura, se encontró tomando el control del cuerpo de la pequeña ardilla. Era un gran avance. Ahora podía tocar todo lo que lo rodeaba, podía correr y trepar, pero no había nada más. No tenía el tamaño ni las capacidades de un hombre normal y eso era frustrante, y por mucho que esas pequeñas patas peludas le proporcionasen tacto, no era su tacto. Era solo parte del pequeño cerebro de la ardilla. No se sentía propio, no se sentía él.



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En el texto hay: dioses, aventura, dioses y mitología

Editado: 02.07.2026

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