El Día Que Un Dios Nació

Amarte Es Perderte I

Capítulo 6

Custo Tempes y Angelia Lovisfal "Amarte Es Perderte"

"Escucha, querido viajero, el susurro del destino que teje la trama de nuestras vidas sin rostro ni nombre. Es un arquitecto hábil, moldeando nuestro destino con cada decisión y cada giro del universo. Aunque a veces creemos tener el timón en nuestras manos, nos encontramos navegando en aguas turbias, atrapados en las corrientes invisibles que nos llevan hacia destinos aún desconocidos.

En este vasto juego cósmico, el destino siempre emerge como el vencedor, entrelazando sus hilos invisibles a nuestro alrededor, guiándonos hacia un final predestinado que a menudo se nos escapa de las manos.

Pero, ¿sabes?, a veces el peligro no proviene de los enemigos que podemos ver, sino de aquellos que nos consideran una amenaza. Sus decisiones pueden alterar el curso de nuestras vidas con una facilidad pasmosa, recordándonos que no hay mayor temor para los poderosos que amar a alguien considerado débil. En las manos del destino, el amor se convierte en un arma de doble filo, capaz de ser nuestra salvación o nuestra perdición."

El universo podría describirse como un conjunto de hilos cómodamente entretejidos unos con otros, donde cada hilo soporta a infinidad de otros hilos pero a su vez es soportado por otros hilos.

Cada hilo es capaz de mantener la realidad como la conocemos, pero son sumamente débiles a algo: al poder. Cada ser posee una cantidad de poder que al usarla desgasta los hilos del universo.

Esto nunca ha sido un secreto para nadie, ni siquiera para el destino; quizás el único miedo del destino fuese que alguna de sus creaciones se le fuese de las manos, si es que eso es posible, y destruyese su pulcro campo de juego.

Todo ser de gran inteligencia vivía con aquel terror, más tras la creación de los enviados, más tras conocer al joven Virtute y percatarse del aburrimiento del Destino.

Así se formó lo que hoy en día se les explica a los niños como "la alianza del tiempo", lo único que se cree irrefutable de estas historias. Después de todo, las historias sobre los anteriores y posteriores enviados han sido contrarrestadas y cuestionadas durante años, tratándolas de siempre mitología infantil, pero Custo Tempes nunca fue así.

Custo Tempes siempre estuvo presente y capaz de confirmar o negar su propia historia.

La alianza del tiempo fue un hecho histórico, un hecho tan inesperado que ni siquiera el destino pudo evitarla o quizás simplemente lo permitió.

¿De quién más se podría tratar sino del gran Saturno para un hecho tan ingenioso? Pero esa historia no es la que contaremos hoy; nuestro interés se remonta a algunos años después, o mejor dicho, antes.

Cuando una canasta de mimbre llegó a la puerta del generoso Virindia Homiterra, el primer hombre, el guía del futuro. Una canasta donde se encontraba el gran Custo Tempes.

Un bebé que intrigó tanto a Virindia Homiterra como a su hija adoptiva Pythonissan Magia, una joven castaña de unos hermosos ojos rosas con una aureola blanca. La joven cuyos ojos veían más de lo normal y cuyos poderes eran capaces de auténticos milagros se sorprendió frente a los peculiares ojos del niño.

Tanto a Virindia como a Pythonissan les extrañó que el niño no hablase, ya que ambos recordaban saber hablar desde su creación, pero era incapaz; era callado casi siempre, pero inquieto, siempre moviéndose de un lado a otro en total silencio.

Por eso mismo fue grande su sorpresa cuando, un par de años más tarde, cuando el niño apenas murmuraba algunas frases cuando era necesario, el estridente llanto del niño cortó la tranquilidad natural del bosque en el que habitaban. Tanto Virindia como su hija corrieron velozmente hacia el pequeño para encontrarse con que una pequeña niña de cabello dorado y ojos azules se ahogaba en el lago; Virindia no dudó antes de lanzarse para salvarla.

Una vez a salvo, ambos depararon en las pulcras y hermosas alas blancas de la niña. Eran las alas más hermosas que hubiesen visto; Pythonissan incluso afirmó que eran mucho más bonitas y suaves que las de los pegasos.

La pequeña era Angelia Lovisfal, la hija de Júpiter nacida de la luz que reflejaba sobre el lago.

A pesar de la diferencia de tiempo en el que fueron creados ambos niños, tanto Custo como Angelia aparentaban la misma edad, por lo que nunca conocieron realmente la vida uno sin el otro.

Se convirtieron rápidamente en compinches, socios en la vida; ambos compartían tiempo, familia, hogar, tenían gustos similares e incluso dormían en el mismo cuarto en la misma cama marinera fabricada por quien era el padre de ambos desde que tenían memoria: Virindia. Él se las había fabricado tras rendirse en intentar que durmiesen en dormitorios separados; pero también había fracasado en evitar que durmiesen en la misma cama.

Los niños pasaban la noche contando historias de lo más alocadas y ridículas. Angelia era capaz de generar luz solo con sus manos y ambos intentaban hacer formas con sus manos para acompañar sus historias.

Custo se había empecinado en que era el mayor de ambos, a pesar de que tenían aproximadamente la misma edad, pero a la pequeña Angelia nunca le había molestado.

Custo siempre había tenido un punto de vista, algo que decir, algo en lo que diferir. Angelia evitaba la mayoría de los conflictos desde temprana edad, aunque Custo jamás le hubiese dicho que no a Angelia y Angelia nunca hubiese discutido con Custo.

Ambos se complementaban como el agua y el fuego, algo que quería pero no se podía.

Cuatro años más tarde, cuando ambos tenían aproximadamente seis años, una gran tormenta azotaba las afueras de la cabaña que llamaban hogar.

El pequeño niño miraba con adoración los ojos celestes de la niña.

–Algún día serás mi esposa –prometió tontamente.

–¿Qué es una esposa? –preguntó la pequeña Angelia.



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En el texto hay: dioses, aventura, dioses y mitología

Editado: 02.07.2026

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