El Día Que Un Dios Nació

La Creación

Capítulo 8

La Creación

Nada fue lo mismo desde que Angelia se fue.

No hubo explosiones ni cielos rajados. Tampoco palabras finales, ni puertas cerrándose con dramatismo. Solo su ausencia. Absoluta. Sorda. Imposible de ignorar, imposible de nombrar.

El mundo siguió. El sol salió como siempre. El tiempo, ajeno, mantuvo su paso. Pero el mundo... el mundo ya no era el mismo. Algo profundo se había quebrado, algo que no podía verse, pero que todos respiraban al entrar.

La sensación era tan real como invisible. Como si un fantasma pesado y sin rostro se hubiese instalado en cada rincón, asfixiando el aire, secando las voces. No era el tipo de ausencia que duele por nostalgia. Era un hueco distinto. Uno que no se cura con recuerdos ni se limpia con lágrimas.

Nadie hablaba de ella. No con su nombre, al menos.

Incluso Mortema y Gement, los menos cercanos a Angelia, se volvieron extraños. No eran particularmente ruidosos antes, pero ahora apenas cruzaban palabra con cualquiera diferente al viento. Evitaban a todos. Gement, a su vez, era evitado por todos como si su existencia amenazara con desenterrar algo que todos querían olvidar.

La Tierra entera se volvió un eco.

Y Custo... Custo se había vuelto una imagen vacía, una figura hueca cuya misión ya no parecía tener propósito, porque el único lazo que aún lo mantenía atado a esta línea de existencia ya no estaba.

Y donde no hay amor, ni esperanza, ni posibilidad, tampoco hay alma. Su alma se había marchado con Angelia.

Él tenía la capacidad de escapar. Y lo hizo. Algunos creían que buscaba una solución, que en algún lugar del tiempo encontraría una versión del mundo donde fingir que nada de eso hubiese ocurrido. Otros, en cambio, pensaban que se estaba escondiendo.

De cualquier forma, ya no estaba.

A veces, se percibía una sombra en el borde del día, una vibración en los objetos, como si hubiese pasado por allí hace unos segundos. Pero no era más que una grieta, un error. Custo ya no pertenecía a ese presente.

Virindia lo había notado antes que todos. Observaba cómo, poco a poco, los enviados se descomponían, cada uno a su manera. Los que había criado, y también los que no, comenzaban a apagarse.

La destrucción no era violenta. Era más parecida al olvido.

Cada uno cargaba el dolor con distinta máscara. Algunos lo transformaban en frialdad, otros en trabajo constante, otros simplemente se disolvían en el fondo de la tierra como polvo acumulado.

Virindia, sin embargo, no se permitía ese lujo.

Su mente —brillante, exhausta, profundamente entrenada— buscaba desesperadamente sentido en lo ocurrido. Se repetía, una y otra vez, que los creadores tenían motivos. Que el destino no actuaba sin propósito. Que Angelia... que lo que le había ocurrido... formaba parte de un plan más grande.

Pero el pensamiento volvía. Persistente. Cortante.

¿Y si no fue un error?

¿Y si fue una advertencia?

Custo era el único que se había atrevido a desafiar los límites. El único que había creído poder elegir. ¿No sería esto, entonces, una respuesta? ¿Un castigo?

Una voz interior —una que no quería oír, pero que crecía como hiedra negra— le decía que sí. Que el destino había actuado no por justicia, sino por control. Que le estaba gritando a Custo: "Todo lo que amas me pertenece".

Y Virindia no podía dejar de pensar en ello.

No dormía.

No comía.

La culpa se mezclaba con la duda, y ambas lo desgarraban en silencio.

Había dedicado años a educar a Custo, a empujarlo hacia la fe, a hablarle de honor y propósito. ¿Y si se había equivocado? ¿Y si, por intentar hacer de él un siervo del destino, lo había dejado desarmado ante lo inevitable?

Las preguntas lo devoraban por dentro. Y mientras tanto, los demás seguían distanciándose. Nadie hablaba de Angelia. Nadie hablaba de nada.

La casa, que alguna vez había sido un hogar, era ahora un cuerpo sin sangre. Un mausoleo de recuerdos difusos.

Virindia lo sabía: si no hacía algo pronto, si no reunía a los enviados antes de que la última chispa de conexión muriera entre ellos, sería demasiado tarde para cumplir su misión. Custo estaba fuera de tiempo. Angelia, lejos del conocimiento de todos ellos... Y los demás... simplemente, fuera de sí.

Debía actuar. Aunque el mundo se estuviera pudriendo alrededor suyo. Aunque las miradas fueran cuchillas. Aunque el destino pareciera un verdugo vestido de profeta.

Reunirlos sería casi imposible. Pero no quedaba otra opción.

El tiempo, como siempre, no perdonaba a los que dudaban. Y Virindia ya había dudado demasiado.

Había estado sentado frente al papel durante horas, días, el tiempo se volvía confuso. La tinta se secaba en la punta de la pluma cada vez que intentaba comenzar. Nada salía. Nada verdadero, al menos.

Escribir una carta que los trajera de vuelta parecía una tarea condenada desde el inicio. ¿Qué palabras podían convencerlos de regresar a un sitio que ya no era un refugio, sino una ruina? ¿Qué promesas podía ofrecerles un hombre que no era capaz de sostenerse a sí mismo?

Virindia apenas dormía. El insomnio había empezado como una consecuencia. Ahora era un castigo.

Cada noche volvía a esa cabaña que solo existía en su mente. Caminaba por los pasillos. Escuchaba risas que ya no existían. Se detenía frente a las puertas cerradas, temiendo que, si las abría, vería no a sus hijos... sino sus sombras.

Pero al despertar veía la triste realidad, las risas eran solo recuerdos y las sombras eran reales.

El pasado colgaba de los techos como telarañas. Y él, atrapado en medio, intentaba recordar por qué alguna vez creyó que podía protegerlos a todos.

No supo en qué momento exacto empezó a escribir. Solo sintió que sus manos se movían. Que la tinta fluía. Que, por fin, algo se liberaba.

Pero no era la carta que había intentado escribir. No era la invitación razonada, ni el discurso justo. Era otra cosa. Un desahogo. Una súplica. Dirigida a Pythonissan.



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En el texto hay: dioses, aventura, dioses y mitología

Editado: 02.07.2026

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