El tiempo pasaba. De casi 40 personas, ya solo quedábamos 18 chicas… y yo.
La escuela, buscando llenar los salones, decidió juntar grupos.
—"¿Con cuál grupo?", nos preguntábamos todos. Y entonces… entró por la puerta ella.
Sí. Ella.
Mi corazón se aceleró. No podía borrar la sonrisa de mi rostro. Se veía tan linda, igual de nerviosa que yo, pero apenas me vio, me sonrió.
Sin pensarlo, se sentó a mi lado. Como si el destino nos estuviera diciendo: "No todo está perdido".
La saludé, le presenté a mis amigas, intentando incluirla, hacerla parte de mi pequeño mundo.
Pero algo cambió. O más bien, algo se quebró.
Las miradas de mis amigas… no eran las de siempre. No eran de alegría. Eran de juicio. De incomodidad. De rechazo.
Pasaron los días. Intentaba integrarla. Hablábamos, reíamos… pero yo notaba cómo el ambiente se volvía más tenso.
Y entonces, un día, me dijeron:
—"No nos agrada." —"Es muy pesada." —"No la queremos en el grupo." —"Decide… ella o nosotras."
Me congelé. El corazón ya no latía de emoción. Latía de tristeza. Como si se partiera en dos.
—"¿Por qué…?" —pensé. —"¿No se supone que somos amigos?" —"¿Los amigos no deberían aceptar a quienes tú aprecias?"
Me quedé en silencio. Mirándolas. Esperando que dijeran que era una broma. Pero no lo era. No había risas. Solo incomodidad.
Y entonces, como si el universo jugara conmigo, la vi.
Ella se acercaba, sonriendo, gritando mi nombre…
Y yo ahí, atrapado entre lo que quería y lo que tenía miedo de perder.
Amistad o amor. ¿Era realmente esa la decisión?
O quizá, el verdadero problema era que yo no sabía quién era. Ni lo que merecía.
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Editado: 30.08.2025