Ese día decidí intentarlo.
Por primera vez en mucho tiempo, me levanté de la cama con un propósito. Puse la canción, imité los movimientos. Eran lentos, torpes… mi cuerpo pesado no me dejaba bailar como soñaba. Pero, ¿sabes algo? Me gustó. Quise hacerlo de nuevo. Y otra vez. Y ahí entendí que, si de verdad quería bailar, tenía que cambiar. No por los demás. No por encajar. Por mí.
Fue una decisión difícil. Pero como siempre decía mi padre: "Aquí es donde la vida se pone complicada." Y sí… aquí empezó todo.
Todos los días bailaba. Poquito. Lo que podía. Veía rutinas, intentaba ejercicios. Cambié mi forma de comer —como podía, con lo que encontraba en internet—. No fue mágico, ni rápido, ni bonito. Fue doloroso, lento y solitario. Pero paso a paso… día a día… comencé a volver a ser yo.
Aún recuerdo ese momento. El día que, después de tanto tiempo, decidí enfrentarme de nuevo al espejo de mi madre. Ya no era para llorar. Ya no era para odiarme. Era para verme con nuevos ojos.
Caminé despacio al cuarto de mi padre. Abrí la puerta, sentí ese mismo olor a perfume fuerte, militar. Me paré frente al espejo… y me vi.
No era perfecta. No era delgada. Pero era fuerte. Y era valiente. Y por primera vez en años, me abracé a mí misma.
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Editado: 28.08.2025