El Diario De Rem

Entrada 33 – "Verdades desnudas"

Después de eso, todo cambió.

No fue un discurso. No fue una charla motivacional. Fue simplemente… la verdad.

Estábamos todos sentados en el suelo, agotados después de ensayar. El olor a sudor se mezclaba con el eco de la música que aún vibraba en las paredes. Botellas de agua vacías, respiraciones pesadas… y una extraña energía: confianza. Pausa.

Mina habló primero.

—Yo estaba en un grupo de K-pop antes de esto…

Todos volteamos a verla.

—Triunfamos. Pero nunca me aceptaron. Siempre era la “mitad japonesa”. La rara. La que no hablaba tan fluido. La que bailaba “diferente”.

—Un día, justo antes de entrar al ensayo… me llegó una notificación. Una noticia. Me habían sacado del grupo. Sin avisarme. Sin decirme nada. Me enteré por internet que ya no pertenecía a ellos.

Bajó la mirada. Sus dedos apretaban la botella vacía hasta arrugarla. Nadie interrumpió.

Después fue Nura. La más ruda, la que parecía no temer a nada.

—Yo también fui expulsada… de varios grupos. Me decían que me veía demasiado masculina. Que no era femenina, que mis bailes eran bruscos. Que mi ropa no era la de una idol, que mi cabello era muy corto.

—Siempre fui la rara. Así que dejé de intentar encajar… y decidí bailar para mí misma.

Vanya habló entonces, en voz baja pero firme.

—Mi familia casi me desconoce cuando intenté mezclar baile tradicional con K-pop. Lo vieron como una burla. Un insulto a nuestras raíces. Pero yo… solo quería mostrar que también puedo ser moderna sin dejar de amar de dónde vengo.

—Así que decidí seguir mi camino sola. Y terminé aquí.

Finalmente, Anya. La más fría. La más directa.

—Fui bailarina de ballet desde niña. Mis padres lo eran también. Era parte del linaje familiar. Disciplina. Perfección. Rigidez.

—El ballet no me preguntaba si me gustaba. Era una orden. Hasta que conocí el K-pop. Cuando lo intenté, mis padres dijeron que era una vergüenza. Así que me fui. Y sí… a veces soy brusca. Tal vez te parezca que soy dura. Pero no es contra ti… es lo que me enseñaron.

Yo me quedé callada. Tenía los ojos húmedos. Sentía que mi pecho ardía, no de tristeza… sino de contener algo durante tantos años.

Los miré a todos.

—Yo…

Yo nací hombre.

El silencio que siguió no fue de incomodidad. Fue un silencio tibio, como una manta que abriga.

Me temblaban las manos. Pero no desvié la mirada.

—Desde pequeña me sentí diferente. Siempre me identifiqué como mujer. Crecí sola. Sin amigos. Mi padre era estricto. Mi madre, lo único que me hacía sentir viva. Y cuando le conté la verdad, me apoyó… pero mi padre me corrió de casa.

Perdí todo. Pero… salí adelante. Hoy estoy aquí. Sigo de pie.

Las lágrimas me nublaban la vista. Mi voz temblaba. Pero no lloré.

Y entonces… uno por uno… se acercaron y me abrazaron.

Primero Mina. Luego Demba. Después Kaiyon y Akira. Vanya. Nura. Anya.

Ese abrazo… no era por lástima. No era por cortesía.

Era reconocimiento.

En ese instante lo entendí:

Todos estábamos rotos.

Y juntos… éramos una obra de arte.




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