Londres, Inglaterra.
La noche había cubierto la ciudad con un manto de niebla plateada.
Desde las ventanas de los carruajes, las luces de los faroles parecían pequeñas estrellas atrapadas entre las sombras, mientras las ruedas golpeaban rítmicamente los adoquines húmedos de las calles. A lo lejos, las campanas de una iglesia anunciaban las once, y en las residencias de la aristocracia comenzaban a encenderse las últimas lámparas.
Pero aquella noche nadie parecía dispuesto a dormir.
En uno de los palacios más majestuosos de Londres, cientos de velas iluminaban los salones destinados al gran baile de la temporada.
Las paredes estaban revestidas de seda marfil y adornadas con enormes espejos dorados. Sobre las mesas de caoba descansaban arreglos de rosas blancas, lirios y delicadas ramas de lavanda. Las copas de cristal resplandecían bajo las arañas de cristal, y los músicos, instalados en una pequeña galería, interpretaban un vals que hacía suspirar a las damas y sonreír a los caballeros.
Era una noche perfecta.
Al menos eso parecía.
Porque bajo los abanicos de plumas, detrás de las sonrisas cuidadosamente ensayadas y entre los murmullos de los invitados, se escondían secretos capaces de destruir familias enteras.
En aquel mundo, una palabra mal pronunciada podía convertirse en un escándalo.
Una mirada demasiado prolongada podía despertar rumores.
Un beso podía condenar un apellido.
Y enamorarse de la persona equivocada podía convertirse en una tragedia.
Lady Arabella Hawthorne conocía perfectamente aquellas reglas.
Había crecido escuchando a su madre repetirlas.
—Una dama nunca debe mostrar demasiado interés por un caballero.
—Una dama jamás debe permanecer sola con un hombre.
—Una dama debe recordar que su apellido es más importante que sus sentimientos.
Arabella había asentido durante años.
Había aprendido a sonreír aunque estuviera triste, a bailar aunque le dolieran los pies y a aceptar cumplidos sin revelar jamás lo que verdaderamente pensaba.
Había aprendido, sobre todo, que en la alta sociedad inglesa el corazón era un lujo que pocas mujeres podían permitirse.
Aquella noche llevaba un vestido de seda color marfil, bordado con diminutas flores plateadas que parecían estrellas. El escote, delicadamente adornado con encaje, dejaba al descubierto la línea elegante de sus hombros. Su cabello castaño estaba recogido en un elaborado peinado, sujeto por pequeñas perlas.
Parecía exactamente lo que la sociedad esperaba de ella.
Una dama perfecta.
Educada.
Elegante.
Inalcanzable.
Pero nadie sabía que bajo aquella apariencia tranquila había un corazón cansado de obedecer.
Arabella permanecía junto a una de las altas ventanas del salón, observando la lluvia fina que comenzaba a caer sobre los jardines.
No quería estar allí.
No aquella noche.
No cuando sabía perfectamente por qué su madre había insistido tanto en que asistiera.
Su compromiso.
Aquella palabra llevaba semanas persiguiéndola.
Compromiso.
Matrimonio.
Deber.
Tres palabras que, pronunciadas por separado, podían parecer inocentes.
Juntas, podían convertirse en una sentencia.
—Lady Arabella.
La voz de su madre la hizo volver la cabeza.
La condesa de Hawthorne se acercó con una sonrisa impecable.
—No permanezcas junto a la ventana. Vas a arrugar el vestido.
Arabella obedeció inmediatamente.
—Perdón, madre.
Su madre la observó durante unos segundos antes de bajar la voz.
—Esta noche es importante.
—Lo sé.
—No, querida. Creo que todavía no comprendes cuánto.
Arabella sintió un nudo en el estómago.
—¿Por qué?
La condesa miró discretamente hacia el otro extremo del salón.
Arabella siguió su mirada.
Y entonces lo vio.
El Duque de Ravenshire.
Alexander Ravenshire.
Durante unos segundos, el ruido del salón pareció desaparecer.
No era la primera vez que lo veía.
Había coincidido con él en otras reuniones de la aristocracia, en cenas, recepciones y celebraciones de la corte.
Pero nunca había estado tan cerca.
Y nunca había tenido la oportunidad de observarlo realmente.
Era un hombre alto, de porte imponente, vestido con un impecable frac negro. Su camisa blanca estaba perfectamente ajustada y llevaba una corbata oscura anudada con una precisión casi intimidante.
No sonreía.
Nunca parecía hacerlo.
Su cabello oscuro contrastaba con la piel ligeramente bronceada y sus ojos, de un profundo tono gris, parecían capaces de atravesar cualquier máscara.
A su alrededor había varios caballeros conversando.
Dos marqueses.
Un conde.
Un barón.
Pero Alexander apenas participaba de la conversación.
Parecía estar esperando algo.
O a alguien.
Arabella apartó la mirada.
—No —murmuró.
Su madre arqueó una ceja.
—¿No qué?
—No me interesa.
—Todavía no te he dicho de quién hablaba.
Arabella sintió calor en las mejillas.
Su madre sonrió.
—Precisamente por eso.
—Madre…
—El Duque de Ravenshire ha solicitado formalmente hablar con tu padre.
Arabella se quedó inmóvil.
—¿Con mi padre?
—Sí.
—¿Por qué?
La condesa respiró profundamente.
—Porque desea casarse contigo.
El mundo pareció detenerse.
Arabella miró nuevamente hacia el otro extremo del salón.
Alexander estaba allí.
Observándola.
Sus miradas se encontraron.
Fue apenas un instante.
Pero bastó.
Arabella sintió un extraño estremecimiento recorrerle el cuerpo.
Él no sonrió.
Tampoco apartó los ojos.
Parecía estudiarla.
Como si intentara descubrir algo que nadie más había visto.
Arabella fue la primera en romper aquel contacto.