El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 1 El anuncio

Nunca olvidaré la noche en que mi madre me anunció que iba a casarme con el Duque de Ravenshire.

No porque fuera una noche especialmente hermosa.

Tampoco porque hubiera ocurrido algo extraordinario durante el baile.

La recordaré porque fue la noche en que comprendí, de una manera dolorosamente clara, que mi vida nunca había pertenecido realmente a mí.

Hasta entonces había creído que, aunque naciera dentro de una familia aristocrática, aunque llevara vestidos que costaban más que el salario anual de algunas familias y aunque mi apellido estuviera escrito en las invitaciones de las celebraciones más importantes de Londres, todavía conservaba cierta libertad.

Qué ingenua había sido.

Aquella noche descubrí que una dama podía tener joyas, criados, carruajes, una habitación llena de vestidos y una biblioteca privada, y aun así encontrarse completamente prisionera.

El palacio resplandecía.

Desde el carruaje había podido contemplarlo antes de entrar: centenares de ventanas iluminadas, carruajes alineados frente a la entrada principal y lacayos vestidos con libreas impecables recibiendo a los invitados bajo enormes paraguas negros.

La lluvia había comenzado poco antes del anochecer y había dejado los jardines cubiertos de pequeñas gotas que reflejaban la luz de las lámparas.

Recuerdo haber pensado que todo parecía demasiado perfecto.

Quizá porque ya intuía que las cosas hermosas suelen esconder algo.

Cuando descendí del carruaje, uno de los lacayos extendió una mano enguantada para ayudarme.

—Con cuidado, milady.

Le ofrecí la mano.

—Gracias.

Subí los escalones mientras mi madre avanzaba delante de mí.

La condesa de Hawthorne nunca tropezaba.

Nunca se apresuraba.

Nunca parecía nerviosa.

Incluso aquella noche, cuando yo sentía que el corazón se me escapaba del pecho, ella avanzaba con la serenidad de quien conoce exactamente el resultado de cada movimiento.

Entramos al palacio.

El calor me envolvió inmediatamente.

Había flores por todas partes.

Rosas blancas.

Lirios.

Orquídeas.

Las velas multiplicaban sus reflejos en los enormes espejos dorados y las lámparas de cristal.

Las damas llevaban vestidos de seda, satén y terciopelo. Algunas lucían collares de diamantes tan grandes que me pregunté cómo podían sostenerlos alrededor del cuello. Los caballeros conversaban en pequeños grupos, sosteniendo copas de champán mientras observaban discretamente a las mujeres que atravesaban el salón.

Todo era elegancia.

Todo era apariencia.

Y yo sabía que detrás de aquella perfección se escondían cientos de historias.

Amantes.

Deudas.

Rencores.

Matrimonios infelices.

Hijos ilegítimos.

Promesas rotas.

Cartas que jamás debían ser descubiertas.

La aristocracia tenía una manera particular de esconder sus pecados.

Los cubría de seda.

Los perfumaba con rosas.

Y después los exhibía orgullosamente bajo las luces de un gran salón.

—Arabella.

La voz de mi madre me devolvió al presente.

—Sí, madre.

—Sonríe.

Obedecí.

Era una de las primeras cosas que había aprendido.

Sonríe cuando estés incómoda.

Sonríe cuando tengas miedo.

Sonríe cuando alguien te insulte.

Sonríe cuando quieran decidir tu futuro.

Una dama nunca debía permitir que sus emociones fueran visibles.

Miré a mi alrededor.

Reconocí a varios conocidos.

Lady Margaret Collins conversaba con dos marquesas cerca de la escalera.

Lord Sebastian Harrington estaba rodeado por un grupo de jóvenes caballeros.

El marqués de Kensington acababa de llegar acompañado de su esposa.

Y entonces lo vi.

Alexander Ravenshire.

El Duque de Ravenshire.

No sé por qué lo observé durante tanto tiempo.

Quizá porque había escuchado hablar de él desde que era niña.

Su nombre aparecía constantemente en las conversaciones de mi padre.

El duque había heredado una fortuna considerable, varias propiedades y uno de los títulos más antiguos de Inglaterra.

También tenía fama de ser reservado.

Orgulloso.

Impenetrable.

Algunas damas aseguraban que era incapaz de amar.

Otras decían que había rechazado a más de una mujer de las familias más importantes de Inglaterra.

Yo nunca había prestado demasiada atención a aquellos rumores.

Hasta esa noche.

Estaba junto a una de las columnas del salón, conversando con Lord Sebastian.

Llevaba un frac negro impecable y una corbata blanca.

No necesitaba joyas para llamar la atención.

Su presencia era suficiente.

Tenía esa clase de autoridad que no se aprende.

La clase que hace que las personas bajen ligeramente la voz cuando uno entra en una habitación.

Y entonces ocurrió.

Levantó la mirada.

Nuestros ojos se encontraron.

Sentí algo extraño.

No fue amor.

Ni siquiera podría llamarlo atracción.

Fue más bien una sensación de reconocimiento.

Como si, por alguna razón absurda, hubiera visto aquellos ojos antes.

Alexander sostuvo mi mirada durante unos segundos.

Yo aparté la mía.

—¿Lo conoces? —preguntó mi madre.

—¿A quién?

—No juegues conmigo, Arabella.

Miré hacia ella.

—Al duque.

—Por supuesto que lo conozco de vista.

Mi madre sonrió.

—Esta noche tendrás ocasión de conocerlo mejor.

Algo en su tono me hizo sentir incómoda.

—¿Qué significa eso?

—Lo descubrirás después.

No insistí.

Debería haberlo hecho.

Tal vez mi vida habría sido diferente.

Pero en aquel momento una dama se acercó a saludarnos y la conversación terminó.

Durante la siguiente hora fui presentada a varias personas.

Sonreí.

Hice reverencias.

Acepté cumplidos.

Bailé una pieza con un vizconde cuyo nombre olvidé apenas terminó la música.




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