Durante varios segundos no fui capaz de respirar.
La frase de Alexander seguía repitiéndose dentro de mi cabeza.
Si nos casamos, alguien morirá.
No sabía qué me aterraba más: aquellas palabras o la serenidad con la que él las había pronunciado.
La lluvia golpeaba los cristales de mi habitación con insistencia. Las velas proyectaban sombras temblorosas sobre las paredes, y el fuego de la chimenea comenzaba a extinguirse lentamente.
Alexander permanecía frente a mí.
Empapado.
Serio.
Inquietantemente hermoso.
Y, por primera vez desde que lo había conocido, parecía verdaderamente asustado.
—Entre —susurré.
Cerré la puerta detrás de él.
No sabía si estaba cometiendo una imprudencia.
Una dama jamás debía recibir a un hombre a solas en sus aposentos.
Mucho menos a un hombre con quien acababan de anunciar un posible compromiso.
Pero aquella noche las reglas de la sociedad me parecían absurdas.
Había algo más importante.
La carta.
—Enséñemela —dije.
Alexander sacó nuevamente el sobre de su bolsillo.
Me lo entregó.
El papel estaba húmedo por la lluvia.
Reconocí inmediatamente el sello de cera roja.
Era idéntico al de mi carta.
—¿Dónde la encontró?
—En mi despacho.
—¿Quién pudo entrar?
—Muy pocas personas tienen acceso.
—¿Su mayordomo?
Alexander me miró.
—¿Por qué pregunta por él?
—Porque alguien tuvo que dejarla.
—No sospecho de él.
—¿Y de quién sospecha?
Alexander guardó silencio.
Aquello me inquietó más que cualquier respuesta.
—Su Gracia.
—Alexander.
Fue la primera vez que pronuncié su nombre.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Pareció sorprendido.
—No debería llamarme así.
—Esta noche ya han ocurrido demasiadas cosas que no deberían haber ocurrido.
Una sombra de sonrisa apareció en su rostro.
Desapareció casi inmediatamente.
—Tiene razón.
Me acerqué a la chimenea.
—Dígame qué está ocurriendo.
—No puedo.
Me volví.
—¿No puede o no quiere?
—Ambas cosas.
—Entonces, ¿cómo pretende que confíe en usted?
Alexander dejó escapar lentamente el aire.
—No pretendo que confíe en mí todavía.
—Pero quiere que me case con usted.
—Quiero evitar que se case conmigo por las razones equivocadas.
Aquella respuesta me desconcertó.
—No entiendo.
Alexander caminó hasta una de las ventanas.
—Hace años que mi familia mantiene enemigos.
—¿Enemigos?
—Personas que creen que nuestro título debería pertenecerles.
—¿Por una herencia?
—Entre otras cosas.
Me acerqué.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Se volvió hacia mí.
—Todavía no lo sé.
—Eso no me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
—Es usted insoportable.
Por primera vez sonrió.
Una sonrisa breve, casi imperceptible.
—Eso me han dicho.
—Probablemente con razón.
Me sorprendí a mí misma al sonreír.
Durante un instante olvidé la carta.
Olvidé el peligro.
Olvidé que aquel hombre era un extraño.
Hasta que Alexander bajó la mirada hacia mis manos.
—¿Dónde está su carta?
Señalé la mesa.
Él se acercó.
La tomó cuidadosamente.
La leyó.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre?
—Esta letra…
Se quedó callado.
—¿La reconoce?
—No estoy seguro.
—¿La ha visto antes?
—Sí.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde?
Alexander levantó la mirada.
—En una carta que recibí hace tres años.
—¿De quién?
—De mi madre.
Fruncí el ceño.
—Pero su madre…
—Murió hace cinco años.
Sentí un frío repentino.
—Entonces eso es imposible.
—Exactamente.
No dormí aquella noche.
Después de que Alexander se marchara, permanecí sentada frente al fuego, con la carta entre las manos.
No podía dejar de pensar en sus palabras.
Una carta escrita con la misma letra que la de su madre.
Una amenaza.
Un matrimonio.
Una muerte.
Todo parecía formar parte de un rompecabezas que alguien había comenzado a construir mucho antes de que yo conociera al duque.
A las tres de la madrugada seguía despierta.
A las cuatro, finalmente me acosté.
Pero apenas cerré los ojos escuché pasos en el pasillo.
Me incorporé.
Alguien se detuvo frente a mi puerta.
Contuve la respiración.
Los pasos continuaron.
Me levanté y me acerqué lentamente.
Abrí apenas unos centímetros.
El corredor estaba vacío.
Solo había una vela encendida sobre una pequeña mesa.
Y junto a ella…
una rosa roja.
La tomé.
Tenía una pequeña cinta negra alrededor del tallo.
No había nota.
No había nombre.
Pero comprendí inmediatamente que no era un regalo.
Era una advertencia.
A la mañana siguiente desperté cuando la luz gris del amanecer entró por las cortinas.
Mi doncella, Clara, estaba preparando mi vestido.
—Buenos días, milady.
—¿Qué hora es?
—Las nueve.
Me senté.
—¿Ha ocurrido algo?
Clara me miró.
—¿Algo, milady?
—En el corredor.
—No.
Dudó.
—Aunque…
—¿Qué?
—Encontré una rosa en el pasillo.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde?
—Justo frente a su habitación.
—¿La viste?
—Sí.
—¿Quién la dejó?
—No lo sé.
Me levanté.
—¿Dónde está?
Clara abrió mucho los ojos.
—La tiré.
—¿La tiraste?
—Pensé que alguien se había equivocado de habitación.
No pude evitar una sonrisa nerviosa.
—Quizá fue mejor así.
Clara comenzó a cepillar mi cabello.
—Milady…
—¿Sí?
—Anoche llegó alguien.
La miré a través del espejo.
—¿Quién?
—No lo sé.