El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 3 La habitación de los secretos

Nunca había visto a Alexander Ravenshire tan alterado.

La lluvia caía con fuerza sobre los escalones de la entrada, y el viento agitaba las ramas de los árboles como si quisiera arrancarlas de raíz. Yo seguía sosteniendo la cinta negra entre mis dedos.

La pequeña corona bordada parecía observarme.

Una insignia.

Una advertencia.

Una respuesta que todavía no sabía interpretar.

—¿Está seguro de que Clara corre peligro? —pregunté.

Alexander no apartó la mirada del camino por el que había desaparecido el carruaje.

—No estoy seguro de nada.

—Hace un momento dijo que podía morir.

—Porque quien está detrás de esto ya ha demostrado que no tiene reparos en amenazar a quienes se acercan demasiado a la verdad.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué verdad?

Alexander volvió la mirada hacia mí.

—Eso es precisamente lo que debemos descubrir.

—¿Y cómo?

—Empezando por saber qué vio Clara.

—Ella no me dijo nada.

—Quizá no tuvo tiempo.

Aquellas palabras me hicieron comprender la gravedad de la situación.

Clara sabía algo.

O alguien quería que yo creyera que lo sabía.

Miré nuevamente hacia el camino.

El carruaje ya había desaparecido por completo.

—Tenemos que encontrarla.

—Sí.

—Entonces hagámoslo.

Alexander me observó.

—No.

Fruncí el ceño.

—¿No?

—Usted no irá.

—¿Por qué?

—Porque no voy a permitir que se exponga.

—No puede decidir eso.

—Puedo intentarlo.

—¡No soy una niña!

Mi voz resonó bajo el pórtico.

Alexander se acercó.

—Precisamente porque no lo es, debería comprender el peligro.

—Y precisamente porque soy una mujer adulta, puedo decidir si quiero correrlo.

Nos miramos durante varios segundos.

Finalmente, Alexander suspiró.

—Es imposible discutir con usted.

—Eso me han dicho.

Una sonrisa fugaz apareció en sus labios.

Pero desapareció enseguida.

—Regrese a su habitación.

—No.

—Arabella…

—No hasta que me diga toda la verdad.

Sus ojos se oscurecieron.

—Todavía no puedo.

—Entonces no puedo confiar en usted.

Alexander cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, había algo diferente en ellos.

Resignación.

—Está bien.

Sentí que mi corazón se aceleraba.

—¿Qué va a decirme?

—No aquí.

Miró hacia la casa.

—Hay demasiados oídos.

Regresamos al interior.

La residencia estaba casi en silencio.

Los invitados del baile se habían marchado y únicamente quedaban algunos sirvientes recogiendo copas, retirando flores y apagando las lámparas de los salones.

El contraste era extraño.

Pocas horas antes, aquel lugar había estado lleno de música, risas y vestidos de seda.

Ahora parecía una casa abandonada.

Caminé junto a Alexander por un corredor lateral.

—¿Adónde vamos?

—A la biblioteca.

—¿Por qué?

—Porque es la única habitación de esta casa en la que podemos hablar sin que nos interrumpan.

—¿Está seguro?

—No.

—Excelente.

Me miró de reojo.

—Su sarcasmo comienza a preocuparme.

—Su secretismo también.

Llegamos a la biblioteca.

Alexander abrió la puerta.

Entramos.

La habitación olía a madera antigua, cuero y humo de chimenea. Las estanterías cubrían tres de las paredes desde el suelo hasta el techo.

Había mapas, libros de historia, documentos familiares y numerosos volúmenes encuadernados en piel.

Alexander cerró la puerta.

Después echó el pestillo.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—No debería estar aquí con usted.

—Lo sé.

—Si alguien nos encuentra…

—Lo sé.

—Entonces…

—Pero esta noche ya no importa lo que la sociedad considere apropiado.

Aquella respuesta me dejó sin palabras.

Alexander caminó hasta el escritorio.

Sacó una llave de su bolsillo.

Abrió un pequeño compartimento oculto en uno de los cajones.

De allí extrajo varias cartas.

Las colocó sobre la mesa.

—Estas son las que he recibido durante los últimos tres meses.

Me acerqué.

Había seis sobres.

Todos sellados con cera roja.

—¿Nunca las mostró a nadie?

—No.

—¿Ni a su abogado?

—No.

—¿Ni a alguien de su familia?

—No confío en nadie lo suficiente.

Lo miré.

—Eso debe ser una vida muy solitaria.

Alexander bajó la mirada.

—Lo es.

Aquella confesión me sorprendió.

No parecía el tipo de hombre que admitiera sentirse solo.

Tomé uno de los sobres.

—¿Puedo?

—Sí.

Lo abrí.

Dentro había una hoja doblada.

La letra era elegante.

La misma que había visto en mi carta.

Leí.

«El pasado siempre encuentra el modo de regresar.»

Abrí otro.

«No te cases con la hija de los Hawthorne.»

El tercero:

«Ella no conoce la verdad.»

El cuarto:

«La sangre de su familia está ligada a la nuestra.»

El quinto:

«El matrimonio abrirá una puerta que lleva demasiado tiempo cerrada.»

El sexto:

«Cuando ella descubra lo que ocurrió aquella noche, ninguno de los dos podrá escapar.»

Levanté lentamente la mirada.

—¿Qué noche?

Alexander no respondió.

—Alexander.

—No lo sé.

—Sí lo sabe.

—Sé que ocurrió algo hace muchos años.

—¿Dónde?

—En Ravenshire Manor.

—¿Qué ocurrió?

—Un incendio.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuándo?

—Hace dieciocho años.

—¿Quién murió?

Alexander apartó la mirada.

—Mi hermano.

No supe qué decir.

Había algo en su expresión que me hizo arrepentirme de haber preguntado.

—Lo siento.

—Era pequeño.




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