El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 4 El incendio

El primer grito atravesó la casa como una cuchillada.

—¡Fuego!

Durante un segundo nadie se movió.

Yo tampoco.

Me quedé inmóvil en mitad del corredor, mirando cómo una columna de humo comenzaba a elevarse desde la planta baja.

El olor llegó después.

Madera quemada.

Tela.

Humo.

Y algo más.

Un olor extraño, penetrante, que no pertenecía a una chimenea encendida.

—¡Arabella!

La voz de Alexander me hizo reaccionar.

Sentí su mano alrededor de la mía.

—Tenemos que salir.

—¡Mi madre!

Miré hacia el lugar donde la había visto unos instantes antes.

La condesa de Hawthorne ya no estaba allí.

—¡Madre!

Corrí por el corredor.

Alexander intentó detenerme.

—¡Arabella, espere!

No lo escuché.

Bajé las escaleras mientras el humo se hacía cada vez más espeso.

Los criados corrían en todas direcciones.

Algunos intentaban abrir las ventanas.

Otros buscaban cubos de agua.

El mayordomo gritaba órdenes.

Una doncella lloraba junto a una puerta.

Todo había ocurrido en cuestión de segundos.

La residencia que pocas horas antes había sido un lugar de elegancia y tranquilidad se había convertido en un laberinto de humo y miedo.

—¡Madre!

La encontré en el vestíbulo.

Estaba junto a una de las puertas laterales.

Pero no estaba intentando escapar.

Estaba mirando fijamente el fuego.

Como si hubiera visto un fantasma.

—¡Madre!

Se volvió hacia mí.

—Arabella…

—¿Dónde está el fuego?

—La biblioteca.

Mi corazón se detuvo.

La biblioteca.

La habitación donde Alexander me había mostrado las cartas.

Donde habíamos hablado del incendio de Ravenshire.

Donde había visto por primera vez aquellos sobres sellados con cera roja.

—Tenemos que irnos.

Mi madre negó con la cabeza.

—No.

—¿Qué?

—Hay algo allí.

Alexander llegó detrás de mí.

—¿Qué cosa?

Mi madre lo miró.

Durante un instante pareció aterrada.

—Las cartas.

Alexander comprendió inmediatamente.

—¿Las dejó allí?

Mi madre no respondió.

Él me soltó la mano y corrió hacia la biblioteca.

—¡Alexander!

Intenté seguirlo.

Pero un criado se interpuso.

—¡Milady, no puede entrar!

—¡Mi prometido está allí!

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensar.

Mi prometido.

Todavía me resultaba extraño pronunciarlo.

Pero aquella noche no me importaba el escándalo.

—¡Déjeme pasar!

El criado negó con la cabeza.

Entonces escuchamos un estruendo.

Una de las ventanas de la biblioteca explotó.

Retrocedí.

Las llamas comenzaron a salir por la puerta.

—¡Alexander!

Sentí que el corazón se me desgarraba.

Intenté avanzar.

Dos criados me sujetaron.

—¡Suéltenme!

—¡Milady, es demasiado peligroso!

—¡Alexander está dentro!

Y entonces lo vi.

Una figura apareció entre el humo.

Alexander.

Caminaba hacia nosotros.

Tenía el cabello desordenado y una pequeña herida en la frente.

En una mano llevaba un objeto.

Un libro.

En la otra, varias cartas.

—¡Alexander!

Corrió hacia mí.

—¿Está herida?

—No.

Lo miré de arriba abajo.

—Usted sí.

—No es nada.

—Está sangrando.

—No importa.

—¡Claro que importa!

Por primera vez, nuestras voces se mezclaron en medio del caos.

Alexander me tomó del rostro.

—¿Está segura?

Asentí.

—Sí.

Sus dedos temblaban ligeramente.

Solo entonces comprendí que había estado verdaderamente preocupado.

Y yo también.

Mucho más de lo que quería admitir.

—Tenemos que salir —dijo.

Me tomó de la mano.

Esta vez no protesté.

Nos reunimos en el jardín.

La lluvia había vuelto a caer.

Los criados habían formado una cadena para transportar cubos de agua.

Las llamas iluminaban las ventanas de la residencia.

El fuego parecía bailar detrás de los cristales.

Mi corazón latía con violencia.

Clara estaba junto a mí.

—¿Está bien, milady?

—Sí.

La abracé.

—Pensé que te había pasado algo.

—Estoy bien.

Alexander permanecía frente a nosotros.

El libro que había sacado de la biblioteca estaba completamente chamuscado en uno de sus extremos.

Las cartas seguían intactas.

—¿Qué encontró? —pregunté.

Alexander miró hacia la casa.

—El fuego comenzó en el despacho.

—¿El despacho de mi padre?

—Sí.

Mi madre palideció.

—¿Quién entró allí?

—Eso es lo que debemos descubrir.

Mi padre llegó en ese momento.

Había salido del ala opuesta de la casa.

Su rostro estaba lívido.

—¿Qué ha ocurrido?

Nadie respondió.

Entonces vio a Alexander.

—¿Dónde estabas?

—En la biblioteca.

Mi padre se acercó.

—¿La biblioteca?

—Sí.

—¿Qué hacías allí?

Alexander lo miró fijamente.

—Buscando las cartas.

Mi padre se quedó inmóvil.

—¿Qué cartas?

—Las que usted sabía que existían.

Mi padre miró a mi madre.

Después a mí.

Su expresión cambió.

—Arabella…

—No.

Di un paso hacia él.

—Esta vez quiero respuestas.

—No es el momento.

—¿Cuándo será el momento?

—Cuando estemos a salvo.

—¡Nuestra casa está ardiendo!

Mi padre bajó la mirada.

—Precisamente.

—¿Qué sabe?

No respondió.

—¿Qué sabe del incendio de Ravenshire?

Silencio.

—¿Qué sabe de mi madre?

Mi madre cerró los ojos.

Mi padre dio un paso hacia mí.

—Hay cosas que hice para protegerte.

—¿De quién?

—De personas que no olvidarían jamás lo ocurrido.

—¿Qué ocurrió?

Mi padre miró a Alexander.




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