No podía apartar los ojos de aquella fotografía.
Dos niños.
Dos rostros casi idénticos.
Dos pares de ojos que parecían observarme desde un pasado al que yo jamás había pertenecido.
Y, sin embargo, una de aquellas miradas me resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Levanté lentamente la fotografía hacia la luz de la lámpara.
Alexander permanecía a mi lado.
No había pronunciado una sola palabra desde que la había visto.
Su rostro había perdido el color.
—Alexander…
No respondió.
—¿Ese eres tú?
Él asintió.
—¿Y el otro?
Sus labios se separaron, pero durante varios segundos no salió ningún sonido.
Finalmente respondió:
—Edward.
Pronunció el nombre como si le doliera.
Como si durante dieciocho años hubiera intentado olvidarlo.
—Tu hermano.
—Sí.
—Creías que estaba muerto.
—Todos lo creían.
—Pero la fotografía dice que sobrevivió.
Alexander tomó la imagen de mis manos.
La observó detenidamente.
—Esta fotografía fue tomada antes del incendio.
—¿Cómo lo sabes?
—Reconozco el lugar.
—¿Dónde?
—Ravenshire Manor.
Señaló el fondo.
Detrás de los dos niños podía distinguirse una parte de la fachada de la antigua residencia.
—¿Cuántos años tenían?
—Yo, dieciséis. Edward, seis.
—¿Y quién tomó la fotografía?
Alexander negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿No la habías visto nunca?
—Nunca.
—Entonces alguien la conservó durante dieciocho años.
—Sí.
—Y alguien decidió enviármela ahora.
Alexander me miró.
—No a ti.
—¿Qué?
—A nosotros.
Sentí un escalofrío.
Tenía razón.
La fotografía había sido colocada deliberadamente en nuestra casa.
Alguien quería que la encontráramos.
Alguien quería que supiéramos que Edward podía estar vivo.
Pero si aquello era cierto…
¿Dónde había estado durante dieciocho años?
Y, sobre todo…
¿quién había ocultado su existencia?
Mi padre continuaba en el despacho.
No había intentado seguirnos.
Cuando regresamos, permanecía sentado detrás del escritorio con las manos entrelazadas.
Mi madre estaba junto a la ventana.
Ninguno parecía sorprendido al ver la fotografía.
Eso me hizo sentir aún más miedo.
La coloqué sobre la mesa.
—Quiero la verdad.
Mi padre cerró los ojos.
—Arabella…
—No vuelva a decirme que no es el momento.
Mi voz temblaba.
—Ya no aceptaré esa respuesta.
Mi madre se volvió hacia mí.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Hay verdades que pueden destruir una familia.
—La mentira ya está destruyendo la nuestra.
Nadie respondió.
Alexander se acercó al escritorio.
—¿Edward está vivo?
Mi padre levantó la mirada.
—No lo sé.
Alexander golpeó suavemente la mesa con la mano.
—¡Lo sabía!
Mi madre se estremeció.
—Alexander…
—Durante dieciocho años me dijeron que mi hermano había muerto.
—Porque eso creíamos.
—¿Usted lo vio?
Mi padre permaneció inmóvil.
—¿Lo vio morir?
—No.
Alexander respiró profundamente.
—Entonces nunca tuvo certeza.
Mi padre bajó la cabeza.
—Nadie la tuvo.
Me acerqué a mi madre.
—¿Tú lo viste?
Ella me miró.
—No.
—Entonces, ¿por qué llevabas su medallón?
Su rostro se descompuso.
—Porque me lo entregaron.
—¿Quién?
—Una persona que quería que protegiera a Edward.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Lo conocías?
Mi madre tardó demasiado en responder.
—Sí.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Quién lo escondió?
Mi madre comenzó a llorar.
—No fui yo.
—Pero ayudaste.
—Sí.
La palabra cayó como una piedra.
Alexander se apartó del escritorio.
—¿Ayudó a esconder a mi hermano?
Mi madre asintió.
—Sí.
El silencio que siguió fue insoportable.
—¿Por qué? —pregunté.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—Porque aquella noche alguien quería matarlo.
Alexander se quedó inmóvil.
—¿Quién?
Mi madre negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Miente.
—No.
—Entonces dígame quién.
—Nunca vi su rostro.
—¿Y cómo sabe que quería matarlo?
Mi madre cerró los ojos.
—Porque lo escuché.
—¿Qué escuchó?
—Una conversación.
—¿Entre quiénes?
Mi madre volvió a mirarme.
—Entre tu padre y otra persona.
Miré a mi padre.
—¿Quién?
Él no respondió.
Mi madre lo hizo por él.
—La marquesa de Ashford.
Alexander palideció.
—¿Ella?
—Sí.
—¿Qué quería?
—Que Edward desapareciera.
Aquella noche, el nombre de la marquesa adquirió un significado completamente diferente.
Hasta entonces había pensado en ella como una mujer celosa.
Una antigua amante.
Una aristócrata orgullosa que no soportaba verme cerca de Alexander.
Pero ahora comprendía que quizá había algo mucho más oscuro detrás de su obsesión.
—¿Por qué quería hacerle daño a un niño? —pregunté.
Mi madre negó con la cabeza.
—No era simplemente un niño.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Edward era el heredero.
—Yo también lo era.
—No.
Mi madre respiró profundamente.
—Tú eras el hijo mayor. Pero Edward poseía algo que podía cambiar la sucesión.
Alexander la observó.
—¿Qué?
Mi madre guardó silencio.
—¿Qué tenía? —insistió.
Mi padre se levantó.
—Basta.
Me volví hacia él.
—No.
—Arabella.
—No voy a detenerme.
Mi voz se quebró.
—Toda mi vida he vivido creyendo que mi familia era honorable. Que mi padre era un hombre justo. Que mi madre era una mujer incapaz de mentirme.