El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 6 El nombre oculto

Durante varios segundos no pude apartar la mirada de aquella fotografía.

Edward Hawthorne.

El nombre parecía burlarse de mí.

Lo repetí mentalmente una y otra vez, buscando alguna explicación razonable.

No la encontraba.

El hombre de la fotografía tenía el rostro de Alexander.

Los mismos ojos grises.

La misma mandíbula.

El mismo cabello oscuro.

Incluso aquella expresión seria y ligeramente melancólica que yo ya había aprendido a reconocer en el rostro del duque.

No podía ser una coincidencia.

Y, sin embargo, había algo todavía más perturbador.

El apellido.

Hawthorne.

Mi apellido.

—No puede ser —murmuré.

Alexander permanecía frente a mí.

Parecía haber envejecido diez años en cuestión de minutos.

—Es él.

—¿Estás seguro?

—No existe ninguna duda.

—Pero se llama Edward Hawthorne.

—Sí.

—¿Cómo?

Alexander negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

Bennett, el mayordomo, permanecía junto a la puerta.

Había escuchado todo.

—Su Gracia…

Alexander se volvió.

—¿Qué?

—Quizá debería ver esto.

Bennett señaló una pequeña caja de madera que estaba escondida detrás de una de las cortinas.

Alexander la tomó.

—¿Qué es?

—La encontré después del incendio.

—¿Por qué nunca me la entregó?

Bennett bajó la mirada.

—Porque recibí órdenes.

—¿De quién?

El anciano permaneció en silencio.

—Bennett.

—De su padre.

Alexander apretó la mandíbula.

—Ábrala.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque juré no hacerlo.

Alexander dio un paso hacia él.

—Mi padre está muerto.

—Lo sé.

—Entonces su juramento ya no tiene sentido.

Bennett sacó una pequeña llave.

Abrió la caja.

Dentro había varias cosas.

Un pañuelo infantil.

Un medallón.

Una cinta azul.

Y un pequeño documento doblado.

Alexander lo tomó.

Lo abrió.

Sus ojos recorrieron las líneas.

Después me miró.

—Es un certificado.

—¿De qué?

—De nacimiento.

—¿De Edward?

Asintió.

Me acerqué.

—Déjame verlo.

Alexander me lo entregó.

Leí el nombre.

Edward Alexander Ravenshire.

Debajo aparecían los nombres de sus padres.

Y una fecha.

La misma fecha que conocía por los relatos familiares.

—Entonces era realmente él.

—Sí.

—¿Por qué aparece como Edward Hawthorne en la fotografía?

Alexander volvió a mirar la imagen.

—Porque alguien cambió su identidad.

—¿Quién?

Bennett habló.

—Su madre.

Alexander se volvió hacia él.

—¿Qué?

—La duquesa.

—Mi madre murió.

—Lo sé.

—¿Ella cambió el nombre de Edward?

Bennett asintió.

—Después del incendio.

Sentí un escalofrío.

—Entonces ella sabía que había sobrevivido.

—Sí.

Alexander respiró profundamente.

—¿Y mi padre?

—También lo sabía.

—¿Y usted?

Bennett bajó la cabeza.

—Sí.

Alexander cerró los ojos.

—Todos lo sabían.

Nadie respondió.

Yo tampoco.

Porque acababa de comprender que durante dieciocho años una parte entera de la familia Ravenshire había permanecido oculta.

Y quizá mi familia había ayudado a ocultarla.

Salimos de la habitación azul.

El corredor parecía todavía más oscuro que antes.

Alexander llevaba la caja bajo el brazo.

Yo sostenía la fotografía.

Bennett caminaba detrás de nosotros.

—Quiero saberlo todo —dijo Alexander.

—Entonces debemos hablar con mi madre.

—Sí.

—Pero ella no nos dirá la verdad fácilmente.

Alexander me miró.

—Entonces tendremos que hacerle las preguntas correctas.

Bajamos las escaleras.

Ravenshire Manor parecía diferente ahora.

Los retratos familiares que antes me habían parecido hermosos empezaban a parecerme inquietantes.

Observé uno de ellos.

El antiguo duque de Ravenshire.

Su esposa.

Dos niños.

Alexander.

Edward.

Me acerqué.

Había algo en el cuadro que no había notado antes.

Una pequeña diferencia.

Edward llevaba una cadena alrededor del cuello.

Un medallón.

El mismo que Alexander había encontrado en la habitación azul.

—Mira.

Alexander se acercó.

—¿Qué?

Señalé el cuadro.

—El medallón.

Alexander observó el retrato.

—Es el mismo.

—Entonces pertenecía a Edward.

—Eso parece.

Bennett se acercó.

—No, milady.

—¿No?

—El medallón pertenecía a su madre.

Alexander frunció el ceño.

—¿Por qué lo llevaba Edward?

Bennett no respondió.

—Bennett.

El anciano suspiró.

—Porque su madre se lo entregó la noche del incendio.

Sentí un escalofrío.

—¿Para qué?

—Para que quien lo encontrara supiera quién era.

Alexander lo miró fijamente.

—¿Y por qué necesitaba que alguien lo reconociera?

Bennett bajó la voz.

—Porque después del incendio nadie podía saber que había sobrevivido.

Llegamos al gran salón.

Me acerqué a una ventana.

La lluvia había regresado.

Los árboles se movían violentamente.

Alexander se quedó de pie junto a la chimenea.

—Si Edward sobrevivió, ¿por qué nunca regresó?

—Quizá no sabía quién era —respondí.

—¿Cómo podría no saberlo?

—Era un niño.

—Tenía seis años.

—Precisamente.

Alexander permaneció callado.

—Alguien pudo haberle dicho que era un Hawthorne.

—¿Por qué?

—Para protegerlo.

—¿De quién?

—De quien intentaba matarlo.

Alexander levantó la mirada.

—La marquesa.

Asentí.

—Quizá.

—No.

—¿Qué?

—No fue ella.

Me sorprendió su seguridad.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?




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