El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 7 La sangre de los Hawthorne

No recuerdo cuánto tiempo permanecí bajo la lluvia.

Recuerdo el frío.

Recuerdo el sonido de las gotas golpeando las hojas de los árboles.

Recuerdo la mano de Alexander cerrándose alrededor de la mía.

Pero, sobre todo, recuerdo las palabras de mi padre.

Edward era hijo de una mujer Hawthorne.

Mi abuela.

Aquella frase se había instalado en mi cabeza como una campana que no dejaba de sonar.

Mi padre permanecía frente a nosotros.

Parecía agotado.

Mi madre estaba unos pasos detrás de él, llorando en silencio.

Alexander me miraba.

Yo no podía apartar los ojos de mi padre.

—Explíquelo.

Mi voz apenas salió.

—Arabella…

—No.

Di un paso hacia él.

—Esta vez no voy a permitir que termine una frase con mi nombre y después me pida paciencia.

Mi padre bajó la mirada.

—Tu abuela tuvo una relación antes de casarse con tu abuelo.

Sentí un escalofrío.

—¿Con quién?

Mi padre tardó en responder.

—Con el antiguo Duque de Ravenshire.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Mi abuelo?

Mi padre asintió.

—Sí.

—Entonces Edward…

—Es tu tío —dije.

Las palabras salieron de mi boca antes que las de mi padre.

Nadie respondió.

Miré a Alexander.

—Tu hermano es mi tío.

Alexander cerró los ojos.

La comprensión apareció lentamente en su rostro.

—Eso significa que…

—No tenemos ninguna relación de sangre —dijo mi padre rápidamente.

Lo miré.

—¿Qué?

—Edward es hijo de tu abuela y del antiguo duque. Tú eres descendiente de tu abuelo Hawthorne. La sangre de Edward es Ravenshire y Hawthorne por parte materna, pero eso no significa que tú y Alexander compartan parentesco.

Sentí que podía respirar nuevamente.

No sabía por qué aquella aclaración me producía tanto alivio.

Quizá porque, en algún lugar de mi corazón, había empezado a comprender que Alexander se estaba convirtiendo en alguien demasiado importante para mí.

Y la idea de que aquel sentimiento pudiera estar prohibido por algo todavía más profundo que nuestras familias me había aterrorizado.

Alexander abrió los ojos.

—¿Por qué nadie me dijo esto?

Mi padre respondió:

—Porque tu padre jamás quiso reconocer a Edward.

—¿Por qué?

—Porque nació fuera del matrimonio.

Alexander apretó la mandíbula.

—Era un niño.

—Lo sé.

—Mi hermano.

—Sí.

—¿Y mi padre lo abandonó?

Mi padre no respondió.

Su silencio fue suficiente.

Alexander se volvió.

Caminó unos pasos hacia el jardín.

Yo lo seguí.

—Alexander.

No se detuvo.

—Alexander.

Finalmente se volvió.

Sus ojos estaban llenos de una tristeza que jamás había visto en ellos.

—Toda mi vida pensé que mi hermano había muerto.

—Lo sé.

—Lo enterré en mi memoria.

—Lo sé.

—Y ahora descubro que estuvo vivo todo este tiempo.

Me acerqué.

—Tal vez todavía lo esté.

Alexander me miró.

—Eso es lo único que me importa.

Regresamos al interior.

Mi padre cerró todas las puertas del salón.

Mi madre pidió que ningún criado se acercara.

Solo permanecimos cinco personas:

Mi padre.

Mi madre.

Alexander.

Clara.

Y yo.

La marquesa de Ashford se había marchado.

No sabía si aquello era una buena noticia.

Con ella nunca podía estar segura.

Nos sentamos alrededor de una mesa.

Mi padre colocó varios documentos delante de nosotros.

—Esto nunca debió salir de la familia.

—Pero salió —respondió Alexander.

—Sí.

—Entonces quiero saberlo todo.

Mi padre abrió un pequeño paquete.

Dentro había cartas antiguas.

Algunas estaban amarillentas.

Otras tenían los bordes quemados.

—Estas pertenecían a tu abuela.

Las miré.

—¿Por qué las conservaste?

—Porque eran las únicas pruebas de la existencia de Edward.

Alexander tomó una.

La abrió.

Leyó en silencio.

Después me la entregó.

Era una carta dirigida al antiguo duque de Ravenshire.

La letra era delicada.

La fecha correspondía a varios meses antes del nacimiento de Edward.

Leí.

Mi abuela hablaba de una relación secreta.

De un amor que jamás podría hacerse público.

De un niño que iba a nacer.

Y de una promesa.

Una frase llamó especialmente mi atención:

«Si algún día mi hijo necesita protección, los Hawthorne lo protegerán aunque para ello debamos sacrificar nuestro propio nombre.»

Levanté la mirada.

—¿Mi abuela sabía que podía ocurrir algo?

Mi padre asintió.

—Sí.

—¿Sabía que Edward corría peligro?

—Lo sospechaba.

—¿Por qué?

Mi padre respiró profundamente.

—Porque la sucesión de Ravenshire no estaba tan clara como todos creían.

Alexander tomó otra carta.

—¿Qué significa eso?

Mi padre respondió:

—Había personas que querían impedir que Edward fuera reconocido.

—¿Quiénes?

—La familia Ravenshire tenía enemigos.

—Eso ya lo sabemos.

—Pero algunos estaban dentro de la propia familia.

El silencio se hizo más pesado.

—¿Quién? —preguntó Alexander.

Mi padre negó con la cabeza.

—No tenemos pruebas.

—Dígame los nombres.

—No.

—¡Dígame los nombres!

Mi madre intervino.

—Alexander, por favor.

Él la miró.

—Durante dieciocho años ustedes supieron que mi hermano estaba vivo.

—No durante dieciocho años.

—¿Cuánto?

Mi madre bajó la mirada.

—No lo supimos durante mucho tiempo.

—¿Cuándo volvieron a saber de él?

—Hace tres meses.

Alexander quedó inmóvil.

—La carta.

Mi madre asintió.

—Sí.

—¿Dónde está ahora?

—La destruí.

Alexander golpeó la mesa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.