El Duque Que Nunca DebiÓ Amarme

CAPÍTULO 8 La habitación diecisiete

La llave pesaba en mi mano mucho más de lo que debería haber pesado un objeto tan pequeño.

La observé bajo la luz de las lámparas del salón, intentando comprender cómo algo tan insignificante podía contener el poder de alterar mi vida entera.

E. H.

Edward Hawthorne.

El hermano perdido de Alexander.

El hombre al que todos habían dado por muerto.

El niño que había desaparecido de Ravenshire hacía dieciocho años.

Y ahora estaba en Londres.

Esperándonos.

O eso decía aquel desconocido.

—No podemos ir —murmuré.

Alexander me miró.

—¿Por qué?

—Porque podría ser una trampa.

—Lo es.

Parpadeé.

—¿Y aun así quieres ir?

—Sí.

—Eso no tiene sentido.

—Quizá no.

Guardó silencio unos segundos.

—Pero si Edward está realmente en el Hotel Blackwood, no voy a esperar otra oportunidad.

Miré hacia el salón.

La música continuaba.

Las parejas bailaban.

Los nobles conversaban.

La aristocracia seguía representando su eterna obra de elegancia y apariencias.

Nadie parecía saber que, en algún lugar de Londres, un hombre que había sido considerado muerto durante dieciocho años esperaba encontrarse con nosotros.

—Medianoche —dije.

Alexander asintió.

—Medianoche.

—Faltan dos horas.

—Entonces tenemos dos horas para descubrir quién nos entregó esta llave.

Lo miré.

—¿Y si fue Edward?

—Entonces sabremos que está vivo.

—¿Y si no?

—Entonces tendremos que descubrir quién quiere hacernos creer que lo está.

Tomé aire.

—Hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

—La marquesa dijo que no debíamos buscarlo.

—Sí.

—Y después alguien nos dio una llave para encontrarlo.

—Sí.

—Entonces quizá la marquesa no quería impedir que lo encontráramos.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Quizá quería que fuéramos al hotel.

Su expresión cambió.

—¿Crees que está detrás de esto?

—Creo que todo lo que ocurre alrededor de nosotros parece conducir hacia el mismo lugar.

Alexander miró la llave.

—Blackwood.

—Sí.

—Entonces iremos.

—¿Juntos?

Me observó.

—Siempre.

La palabra me provocó una sensación extraña.

Demasiado íntima.

Demasiado peligrosa.

Bajé la mirada.

—No deberías decir cosas así.

—¿Por qué?

—Porque empiezan a parecer promesas.

Alexander sonrió.

—Quizá algunas promesas no necesitan ser pronunciadas.

Abandonamos la recepción antes de lo previsto.

Mi padre protestó.

Mi madre también.

Pero Alexander fue categórico.

—Arabella regresará conmigo.

Mi padre lo miró con dureza.

—No es apropiado.

—Nada de lo que está ocurriendo es apropiado.

Mi padre dio un paso hacia él.

—Su Gracia, usted no comprende…

—Comprendo perfectamente.

Alexander bajó la voz.

—Y sé que usted sabe mucho más de lo que está dispuesto a admitir.

Mi padre no respondió.

Yo observé a mi madre.

Ella parecía aterrada.

No por nosotros.

Por algo que había escuchado.

—Madre.

Me acerqué.

—¿Qué ocurre?

Ella negó con la cabeza.

—Nada.

—No me mientas.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No vayas al Hotel Blackwood.

Sentí un escalofrío.

—¿Lo conoces?

Mi madre guardó silencio.

—Madre.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque allí…

Se detuvo.

—¿Qué?

—Allí fue tomada la fotografía de Edward.

Sentí que el corazón se me detenía.

Miré a Alexander.

—Entonces él realmente estuvo allí.

Mi madre asintió.

—Hace cuatro meses.

—¿Lo viste?

—No.

—¿Quién lo vio?

Mi madre bajó la mirada.

—La persona que tomó la fotografía.

—¿Quién?

No respondió.

Alexander intervino.

—¿La marquesa?

Mi madre negó lentamente.

—No.

—Entonces, ¿quién?

Mi madre nos miró.

—Un hombre llamado Henry Blackwood.

El nombre me resultaba desconocido.

—¿Quién es?

—El propietario del hotel.

—¿Y qué relación tenía con Edward?

—No lo sé.

—Madre…

Ella tomó mi mano.

—Arabella, si vas allí, no confíes en nadie.

—¿Ni siquiera en Alexander?

Mi madre miró al duque.

—Especialmente no si empiezan a hablarte de tu familia.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Mi madre soltó mi mano.

—Que algunas verdades no fueron hechas para ser descubiertas.

Se marchó.

La observé alejarse.

—Cada vez que tu madre habla —dijo Alexander—, tengo más preguntas.

—Yo también.

El carruaje nos esperaba fuera.

La noche estaba fría.

Una niebla ligera comenzaba a cubrir las calles.

Subimos.

Alexander se sentó frente a mí.

Durante varios minutos ninguno habló.

Las ruedas golpeaban los adoquines.

Las luces de Londres pasaban rápidamente frente a las ventanas.

—¿Estás asustada? —preguntó.

—Sí.

—Yo también.

—No pareces asustado.

—He aprendido a ocultarlo.

—¿Desde niño?

—Desde aquella noche.

No supe qué decir.

Alexander miró hacia la ventana.

—A veces pienso que el niño que era murió junto con Edward.

—No digas eso.

—Es la verdad.

—No.

—¿Por qué?

—Porque sigues aquí.

Me miró.

—Y quizá tú eres la razón.

Sentí calor en las mejillas.

—No deberías…

—Lo sé.

Sonrió.

—Pero no puedo evitarlo.

El silencio se volvió extraño.

Me descubrí observándolo.

La línea de su mandíbula.

La expresión cansada de sus ojos.

La pequeña cicatriz junto a su sien.

La forma en que sus manos descansaban sobre sus rodillas.

Me pregunté cómo sería tocarlo.

El pensamiento me avergonzó.




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