Durante varios segundos fui incapaz de comprender lo que estaba viendo.
La fotografía temblaba entre mis dedos.
Mi madre.
Edward.
Juntos.
En Londres.
Y la fecha escrita en el reverso correspondía exactamente a los meses en los que ella había jurado no saber dónde estaba.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
No era únicamente la mentira.
Era la certeza de que mi madre había elegido mentirme.
A mí.
A Alexander.
A toda la familia.
—No puede ser —susurré.
Alexander se acercó.
Observó la fotografía.
Su expresión se endureció.
—Es ella.
—Sí.
—¿Cuándo fue tomada?
Le mostré el reverso.
—Hace cuatro meses.
Alexander apretó la mandíbula.
—La misma época en que mi madre…
Se detuvo.
—¿Qué?
—En que mi madre recibió la carta.
Lo miré.
—¿Crees que estaban relacionados?
—Ahora estoy seguro.
Clara permanecía detrás de nosotros.
—Milady…
Me volví.
—¿Qué?
Señaló la fotografía.
—Mire la mano de su madre.
Observé con atención.
Mi madre llevaba algo alrededor de la muñeca.
Una pulsera de oro.
La reconocí.
La había visto cientos de veces.
Pero había algo más.
Una pequeña llave colgaba de ella.
—La llave —murmuré.
Alexander se inclinó.
—Es la misma que encontramos en Ravenshire.
—No.
—Mírala.
Lo hice.
Era idéntica.
Una pequeña llave antigua con una corona grabada.
Sentí un escalofrío.
—Entonces mi madre la tenía.
—Sí.
—Y no nos dijo nada.
Alexander me miró.
—Tenemos que encontrarla.
No tuvimos que buscar demasiado.
Escuchamos un carruaje detenerse frente a la casa.
Mi madre descendió.
Venía sola.
Llevaba un vestido azul oscuro y una capa negra sobre los hombros.
Parecía cansada.
Cuando entró al vestíbulo, nos encontró allí.
A los tres.
Y comprendió inmediatamente que habíamos descubierto algo.
Sus ojos se posaron sobre la fotografía.
Después sobre mí.
—Arabella…
Levanté la imagen.
—¿Cuándo fue tomada?
Mi madre cerró los ojos.
—No quería que lo supieras así.
—Eso no responde.
—Hace cuatro meses.
Sentí un nudo en la garganta.
—Me mentiste.
—Sí.
La sinceridad de su respuesta me dolió todavía más.
—¿Por qué?
Mi madre dejó la capa sobre una silla.
—Porque intentaba protegerte.
—Todos dicen eso.
Mi voz se quebró.
—Todos me mienten para protegerme.
Alexander dio un paso adelante.
—¿Dónde está Edward?
Mi madre lo miró.
—No lo sé.
—¡Otra mentira!
Alexander golpeó la mesa.
Mi madre se estremeció.
Yo levanté una mano.
—Alexander.
Él retrocedió.
Miré a mi madre.
—Estuviste con él.
—Sí.
—¿Dónde?
—En Londres.
—¿Por qué?
Mi madre bajó la mirada.
—Porque necesitaba ayuda.
—¿Edward necesitaba ayuda?
—Sí.
—¿De quién?
—De las mismas personas que ahora los están siguiendo.
—¿Quiénes?
Mi madre negó con la cabeza.
—No puedo decirlo.
—Sí puedes.
—No.
—¡Soy tu hija!
Las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas.
—Tengo derecho a saber la verdad.
Mi madre se acercó.
—Precisamente por ser mi hija quiero que permanezcas con vida.
Aquellas palabras me dejaron inmóvil.
—¿Qué significa?
Mi madre miró a Alexander.
—Significa que si Edward está realmente vivo, hay personas capaces de matarlo para recuperar aquello que le pertenece.
—¿La sucesión?
Mi madre negó.
—No.
—¿Entonces qué?
—Una prueba.
—¿Qué prueba?
Mi madre guardó silencio.
Alexander intervino:
—La caja.
Mi madre lo miró.
—¿Qué caja?
—La que estaba escondida en la habitación azul.
Mi madre palideció.
—La encontraron.
—Sí.
—¿Qué contenía?
—Documentos.
—¿Los leyeron?
—No todos.
Mi madre cerró los ojos.
—Entonces todavía hay tiempo.
—¿Tiempo para qué? —pregunté.
—Para impedir que descubran quién tiene el documento original.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Mi madre me miró.
—Tu padre.
Buscamos a mi padre.
No estaba en la casa.
Su despacho permanecía vacío.
Sobre el escritorio había documentos abiertos.
Alexander los revisó.
—¿Cuándo se marchó?
—No lo sé —respondí.
Clara encontró una taza de té todavía caliente.
—No hace mucho.
Alexander observó el suelo.
Había huellas.
—Salió por la puerta trasera.
—¿Solo?
—Parece.
Mi madre permanecía inmóvil.
—¿Sabes adónde fue?
Ella negó.
—No.
—Mamá…
—No lo sé, Arabella.
—¿Estás segura?
—Sí.
Alexander se acercó a ella.
—¿Por qué creo que sabe mucho más?
Mi madre lo miró.
—Porque es cierto.
—Entonces hable.
Mi madre respiró profundamente.
—Su padre no quiere que Edward sea encontrado.
Alexander frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque si Edward aparece, cambiará el futuro de Ravenshire.
—¿Cómo?
—Porque es el heredero legítimo.
Alexander quedó inmóvil.
—Eso ya lo sabía.
—No.
Mi madre negó lentamente.
—No sabe toda la historia.
Se acercó al escritorio.
Abrió un cajón secreto.
Sacó un documento.
—Edward no era simplemente el hijo mayor del antiguo duque.
Alexander tomó el papel.
—¿Qué es esto?
—Su reconocimiento legal.
—¿Reconocimiento?
—Firmado antes de su nacimiento.
Alexander leyó.
Su rostro cambió.
—Esto…
—Sí.
—Esto convierte a Edward en el heredero legítimo de Ravenshire.