El disparo todavía resonaba en mi cabeza cuando comprendí que Edward había caído.
Durante un instante, el mundo entero pareció detenerse.
No escuché los gritos que surgieron detrás de mí.
No escuché el crujido de la madera bajo los zapatos de los hombres que corrían por el pasillo.
No escuché siquiera mi propia respiración.
Solo vi a aquel hombre tendido en el suelo.
El hombre que se parecía a Alexander.
El hombre que había aparecido ante mí diciendo que era su hermano.
El hombre que acababa de revelar que el verdadero culpable del incendio no estaba muerto, ni había desaparecido, ni pertenecía únicamente a un pasado remoto.
Estaba dentro de aquella casa.
Y ahora alguien acababa de dispararle.
—¡Edward!
No sé cómo llegué hasta él.
Me arrodillé sobre la alfombra, sin preocuparme por mi vestido ni por el borde de encaje que quedó atrapado bajo mis rodillas.
La oscuridad era casi absoluta.
Solo entraba una débil franja de luz desde el corredor, donde alguien había abierto una puerta.
Extendí las manos y encontré su cuerpo.
—Edward… —susurré.
No respondió.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho con tanta fuerza que sentí que iba a quebrarme las costillas.
—¡Enciendan las lámparas!
La voz de Alexander atravesó la habitación.
Nunca había escuchado tanta furia contenida en una sola orden.
Alguien corrió hacia el escritorio.
Un fósforo se encendió.
Después otro.
Y finalmente las lámparas de gas volvieron a iluminar la habitación.
Entonces vi la sangre.
Había una mancha oscura extendiéndose sobre el chaleco de Edward.
Me quedé inmóvil.
—Dios mío…
Mis dedos comenzaron a temblar.
—No —dijo Alexander detrás de mí.
Su voz fue firme.
—No lo toques.
Me volví.
Alexander estaba en la puerta.
Su rostro había perdido todo rastro de color.
Sus ojos grises estaban clavados en el hombre que yacía frente a mí.
Durante un segundo pensé que iba a desplomarse.
Porque, aunque Alexander había pasado años creyendo que su hermano estaba muerto, ahora lo tenía delante.
Vivo.
Herido.
Sangrando.
—¡Traigan al médico! —ordenó.
Bennett apareció inmediatamente detrás de él.
—Sí, milord.
—¡Y cierren todas las puertas de la casa!
—Pero, Su Gracia…
—¡Todas!
El mayordomo inclinó la cabeza.
—Sí, Su Gracia.
Dos criados salieron corriendo.
Alexander avanzó hacia nosotros.
Se arrodilló.
Y por primera vez vi algo en su rostro que jamás había visto antes.
Miedo.
No el miedo que sentía un hombre cuando estaba en peligro.
Era algo mucho más profundo.
El miedo de perder a alguien que acababa de recuperar.
—Edward…
Pronunció su nombre como si fuera una oración.
Entonces el herido abrió los ojos.
Muy lentamente.
Sus pupilas encontraron las de Alexander.
Y sonrió.
Una sonrisa débil.
Casi imperceptible.
—Hermano…
Alexander cerró los ojos durante un instante.
—No hables.
—Siempre… fuiste demasiado autoritario.
Aquella frase habría parecido absurda en cualquier otro momento.
Pero Alexander dejó escapar una especie de risa rota.
—Y tú siempre fuiste demasiado insolente.
Edward tosió.
La sangre apareció en la comisura de sus labios.
—Eso… también lo recuerdas.
Alexander bajó la mirada hacia la herida.
—No sé cuánto recuerdas tú.
Edward volvió los ojos hacia mí.
Sentí un escalofrío.
—Arabella…
Me acerqué.
—Estoy aquí.
—No confíes…
Su voz se apagó.
—¿En quién?
Sus ojos se cerraron.
—Edward.
Lo sacudí suavemente.
—Edward, mírame.
No respondió.
—¡Edward!
Alexander me tomó por los hombros.
—Arabella, basta.
—¡Está muriendo!
—No.
Su voz fue firme.
—No va a morir.
Pero no sabía si se lo decía a mí o a sí mismo.
El médico llegó quince minutos después.
Fueron los quince minutos más largos de mi vida.
Hawthorne Manor había dejado de parecer una casa.
Se había convertido en una fortaleza.
Las puertas estaban cerradas.
Los criados habían recibido instrucciones de no abandonar sus habitaciones.
Bennett había enviado hombres a vigilar los jardines.
Y Alexander no se había apartado de la puerta de la habitación donde Edward estaba siendo atendido.
Yo permanecía en el corredor.
Con las manos todavía manchadas de sangre.
La sangre de un hombre que hasta unas horas antes creía muerto desde hacía dieciocho años.
Miré mis dedos.
No podía dejar de pensar en sus palabras.
El hombre que encendió el fuego no fue nuestro padre.
Fue alguien que todavía está dentro de esta casa.
¿Quién?
Mi madre.
Mi padre.
Clara.
Algún criado.
¿Bennett?
La idea me produjo un escalofrío.
No.
No podía ser.
Bennett había servido a la familia durante décadas.
Había llorado al hablar de los muertos.
Había protegido los secretos de Ravenshire.
Pero los secretos podían convertir a cualquiera en sospechoso.
Incluso a quienes parecían más leales.
La puerta se abrió.
El médico salió.
Todos nos levantamos.
Alexander fue el primero en hablar.
—¿Vivirá?
El médico se quitó lentamente los anteojos.
—La bala no alcanzó el corazón.
Sentí que el aire regresaba a mis pulmones.
—Pero…
La palabra de Alexander cayó como una piedra.
—Pero ¿qué?
—La bala quedó alojada cerca del hombro. Ha perdido bastante sangre. Necesito extraerla, pero el peligro no ha pasado.
Alexander asintió.
—Haga lo necesario.
El médico lo miró.
—Necesitaré privacidad.