El eco de una promesa conducía sus pasos aquel día.
Había pasado mucho tiempo desde que Kutran había estado en este lugar, quizás 3 años, la verdad ya no estaba seguro, solo sabía que habían sido muchas lunas de soledad, muchos soles que no le entregaron calor, o quizás eso era una vida completamente aparte. Eso ya no importaba, por fin estaba aquí, aunque muchas cosas se veían diferentes a como las recordaba, hasta que el olor de ese puerto amado llego hasta él, ese olor a sal que emanaba del mar, le recordó como se sentía la paz. Era el olor de su infancia, el aroma de su hogar, al que por fin había logrado volver.
Cada paso que daba era un nuevo recuerdo inundando su mente, Kutran recordaba todo de este bendito puerto, los rincones por los que corrió jugando cuando era un niño, cada gota de agua que corría por ese mar le recordaba su padre, sobre todo la época en que pasó semanas enseñándole a nadar. En aquella época era un muchacho cobarde y le aterraba estar tan al fondo que no pudiese respirar, pero en ese entonces la alegría de su padre siempre fue más fuerte que cualquier miedo que Kutran pudiese sentir, así que un día solo se dejó llevar y nadó. Aunque la verdad nada es eterno, y la alegría de su padre un día terminó convertida en él amarrándose piedras a las muñecas y saltando a ese mar que un día fue su amigo. Desde ese día no volvió a nadar, porque solo acercarse a las olas significaba un nudo en el pecho que le cortaba la respiración.
En ocasiones se decía que quizás había sido lo mejor, así ese hombre tan bueno y amable no tuvo que ver como la guerra comenzó a avanzar y arrasó con todo a su paso. Al principio nadie pensó que nada de esto afectaría a aquel pequeño pueblo, era un lugar pequeño, sin mucha gente, solo unos pocos que se preocupan de la pesca del día y de niños que anhelaban aprender a nadar. Poco a poco comenzaron a atracar los buques de guerra en el pequeño puerto, un punto estratégico, decían, ese fue el inicio de toda la desgracia, primero solo era tener que soportar a esos marineros altaneros que esperaban que les rindieran pleitesía, pero eso no fue lo peor.
Un día, sin aviso, fueron el blanco de una explosión, Kutran nunca olvidaría ese día, fue un ruido seco, llevó sus manos a sus oídos, y comenzó a escuchar como si se encontrara abajo del agua, las ventanas de su pequeña casa explotaron en cientos, en miles de pedazos, su madre corrió a abrazarlo, llevaba a su pequeña hermana en brazos, y se escondieron atrás de un viejo sillón, pasaron ahí la noche, inmóviles, sin hacer ningún ruido, al menos si otra bomba venía, que los encontrar juntos. Poco a poco lograron salir a pesar del miedo.
En ese entonces Kutran tenía cerca de 16 años, comenzó a buscar pequeños trabajos para ayudar a su madre, el alimento cada vez era más caro, y su hermana era muy pequeña. Había hecho su primera y silenciosa promesa; nada le faltaría nunca a esa pequeña, que él le entregaría las mismas lecciones que su padre le enseñó, que si un día el pan faltaba en su mesa él haría hasta lo imposible porque su pequeña hermanita no conociera el hambre ni el sufrimiento. Porque él le había dado su nombre; Antu, porque ella sería la luz que iluminara sus días. Pero la guerra no perdona a nadie, ni, aunque tu nombre signifique esperanza, ya casi no llegaba abastecimiento de comida al pueblo, solo a los valientes soldados que se adueñaron de su puerto. Ya no era cuestión de que no alcanzara, simplemente no había, al menos no para ellos; pobres miserables.
Un día, tomó su decisión; sería un soldado, iría a la guerra y ya no tendrían hambre. Cuando se lo mencionó a su madre no recibió las felicitaciones que esperaba, todo lo contrario, solo lo miró fijamente y le dijo:
– No hay nada peor que ver un miserable intentando matar a otro miserable… – suspiró – Por algo que ninguno tiene idea de cómo inició, prefiero morir con la piel pegada a los huesos a que pierdas tu dignidad por un pedazo de pan.
No insistió después de eso, pero ya estaba desesperado, él no permitiría que murieran de hambre, como ratas. Una noche sin que nadie lo escuchara, se escabulló, y solo se marchó. Estaba dispuesto a soportar que lo odiara, pero él tenía que hacer algo, esa noche hizo su segunda promesa, hizo una oración por el descanso de su padre y le prometió que cuidaría al amor de su vida, cualquiera sea el precio. Realmente esperaba volver a abrazarlas, así que por el momento solo dejó una nota que decía:
Volveré, te lo prometo
Así que, sin más llegó a enlistarse, sorprendentemente no se le daba tan mal la vida de un soldado, pero la realidad de la guerra no da tiempo para adaptarse, una noche, pasó la primera tragedia; estaba lloviendo, realmente no recordaba mucho, solo que todo había comenzado demasiado rápido, el sonido de la primera bala rompió el silencio de la noche, desde ahí solo recordaba sangre, se movía como una máquina siguiendo instrucciones, pero sin pensar en lo que hacía realmente. Una granada cayó muy cerca de ellos, fue un ruido que retumbó en cada rincón, vio como muchos de sus compañeros salieron disparados a los aires, lo normal era correr en dirección contraria a la explosión, pero Kutran no lo hizo. Su instinto lo hizo ir hacía la explosión, porque vio que algunos de sus compañeros quedaron tendidos y atrapados, pero vivos, eso era suficiente para correr el riesgo. Fue el único que volvió y logró rescatar a 4 de ellos. Por primera vez fue un héroe y ese día se ganó el respeto de su pelotón.
Aquella noche fue la primera vez que se animó a escribirle una carta a su madre, en ella le decía que siempre tuvo razón y que en jamás hubiese elegido esto por su cuenta, pero que si había algo que recordaba muy bien de su padre era lo mucho que la amaba, como siempre encontraba la forma, a pesar de la pobreza, de hacerle regalos o detalles que le sacara una sonrisa, él solía decir que su madre era la estrella más brillante de la noche, esa que te salva de perderte en la oscuridad. Si de algo estaba seguro Kutran, es que su padre no tenía nada pendiente en este mundo, pero le aterraba dejar sola al amor de su alma. Esa era la principal razón por la que Kutran, tomó la decisión que lo llevó a este camino. No envió la carta, pero sintió alivio.