El eco de lo que fuimos

Capitulo 1 Arianna

Arianna Duarte no creía en las segundas oportunidades.

No porque no fueran posibles, sino porque había aprendido —a fuerza de golpes silenciosos— que casi siempre llegaban tarde, mal formuladas y cargadas de excusas que nadie había pedido.

Por eso era publicista.

Porque en su mundo las ideas se pulían antes de salir al aire, los mensajes se medían, los errores se corregían a tiempo. Nada se dejaba al azar. Nada se improvisaba. Y, sobre todo, nada se sentía sin antes analizarse.

Arianna sabía vender historias.
Lo que no hacía era volver a creer en ellas.

A las siete y treinta de la mañana ya estaba sentada frente a su escritorio, con el cabello perfectamente recogido y una expresión que decía todo está bajo control, incluso cuando por dentro algo se tensaba sin motivo aparente. Su oficina olía a café recién hecho y a éxito contenido, ese que no se celebra demasiado para no tentar al destino.

Era buena en lo que hacía. Demasiado.

En la agencia la respetaban, pero también le tenían cierta cautela. Arianna no levantaba la voz, no hacía escenas, no necesitaba imponerse. Su autoridad estaba en la seguridad con la que hablaba, en la manera en que sostenía la mirada cuando alguien cuestionaba sus ideas.

—Esto no va a funcionar —dijo esa mañana, señalando la pantalla con el dedo—. No conecta. Está vacío.

—Es una campaña optimista —respondió uno de los creativos.

Arianna ladeó la cabeza, con una sonrisa tensa.

—El optimismo sin verdad es publicidad barata.

Nadie discutió.

No era arrogancia. Era intuición. Arianna sabía cuándo algo mentía, incluso si estaba bien escrito. Tal vez porque ella misma llevaba años conviviendo con una mentira perfectamente construida: la de que ya no le importaba.

Su vida era una secuencia ordenada de logros: buenos clientes, reconocimientos internos, estabilidad económica. Un apartamento propio, decorado con líneas limpias y colores neutros, como si las emociones fuertes no tuvieran permiso para quedarse demasiado tiempo.

No había fotos en las paredes.
No había recuerdos expuestos.
No había espacio para el pasado.

Y no era casualidad.

Porque el pasado, cuando se le daba confianza, tenía la mala costumbre de volver con los dientes afilados.

Arianna no hablaba de relaciones. Cuando alguien preguntaba, se limitaba a sonreír y cambiar de tema. Decía que estaba enfocada en su carrera, que no tenía tiempo, que era exigente. Todo eso era cierto… pero no era toda la verdad.

La verdad era que había amado una vez desde un lugar ingenuo, intenso y peligroso. Había confiado. Había apostado. Y había perdido de una forma que no dejaba marcas visibles, pero sí una herida constante, siempre lista para arder.

Desde entonces, el amor se había convertido en territorio enemigo.

No porque no lo deseara.
Sino porque sabía exactamente lo que costaba.

En los almuerzos con sus compañeros escuchaba historias de citas fallidas, de ex que volvían, de mensajes enviados de madrugada. Arianna intervenía lo justo, con comentarios irónicos, con una risa breve que no revelaba nada.

—¿Nunca te dan ganas de volver con alguien del pasado? —le preguntaron una vez.

Arianna ni siquiera lo pensó.

—No —respondió—. Lo que terminó, terminó por algo.

No dijo por quién.
No dijo cómo.
No dijo cuánto dolió.

Había aprendido a convertir el rencor en motor, el silencio en armadura y la indiferencia en estrategia. Eso la hacía eficiente. Intocable. Segura.

O eso creía.

Porque había días —como aquel— en los que algo se desacomodaba. Una sensación incómoda, como si el aire pesara más de lo normal. Como si una parte de ella supiera algo que su mente todavía se negaba a aceptar.

Arianna cerró una presentación y se quedó mirando su reflejo en el vidrio de la pantalla. Había dureza en sus ojos. Y también cansancio.

No era infeliz.
Pero tampoco estaba en paz.

Su familia era el único espacio donde bajaba un poco la guardia. Las cenas, las bromas, la voz de su hermano llenando los silencios. Con ellos se permitía ser menos perfecta, aunque nunca del todo honesta.

Había cosas que no se contaban.
Cosas que se enterraban para proteger a otros… y a uno mismo.

En esos espacios, Arianna sonreía más, pero también tensaba la mandíbula cada vez que escuchaba ciertos nombres, ciertas historias, ciertas risas que no debería importarle… y aun así lo hacían.

Nunca se permitió odiar a medias.
Si odiaba, lo hacía con la misma intensidad con la que alguna vez amó.

Y esa era su mayor contradicción.

Esa noche, mientras caminaba de regreso a casa, pensó —sin querer— que la vida tenía un extraño sentido del humor. Que a veces construía estabilidad solo para ver qué tan fuerte era cuando decidía romperla.

Arianna no sabía aún que su mundo ordenado estaba a punto de chocar con una presencia que jamás dejó de ser incómoda.
Que el pasado no solo regresaría…
sino que lo haría desde el lugar menos esperado.

Y cuando eso ocurriera, no habría campaña, estrategia ni control que pudiera salvarla de enfrentarse a su mayor enemigo:

la persona que todavía sabía exactamente cómo hacerla sentir.




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