El eco de lo que fuimos

Capitulo 2 Rencuentros Peligrosos

El primer impacto nunca se olvida.

Arianna estaba de pie junto a la ventana del salón, observando cómo los últimos rayos del sol caían sobre el jardín de su familia. Las flores parecían doradas, casi perfectas, y por un instante deseó poder conservar esa imagen intacta, sin que nadie la arruinara. Nadie, especialmente él.

Porque él estaba ahí.

Santiago.

No lo había visto desde hacía años. Desde aquel adiós que había dejado una cicatriz invisible en su pecho. Desde aquel día en que el mundo le pareció más frío, vacío y traicionero de lo que jamás imaginó.

Y ahora estaba frente a ella, sonriendo con esa seguridad que siempre la irritaba y que, sin embargo, todavía la hacía sentir… algo que no debía.

—Hola —dijo su hermano, ajeno a la electricidad que se estaba formando entre ellos.
—Hola —respondió Arianna, con la voz medida, neutra.
—Les presento a Santiago —dijo Lucas—, mi mejor amigo de toda la vida.
Arianna tragó saliva con cuidado. Sonrió por educación. No iba a dar el gusto de que su voz temblara.
Santiago le tendió la mano, y ella, contra su voluntad, sintió que una corriente recorría su brazo al tocarlo.

—Arianna —dijo él, sin perder la sonrisa—. Ha pasado mucho tiempo.

Mucho tiempo, pensó ella, y no respondió. Solo asintió.
Porque responder significaría abrir una puerta que había cerrado con llave hace años.

—¿Vienes a cenar con nosotros? —preguntó Lucas—. Hay comida, y mamá insistió en preparar tu plato favorito.
—Claro —mintió Arianna con una sonrisa breve—. Gracias.

Santiago se sentó frente a ella en la mesa familiar, y el mundo pareció comprimirse hasta que solo existían ellos dos, respirando en espacios medidos, controlados, pero peligrosamente cercanos.

Ella intentó concentrarse en la ensalada, en los sabores, en cualquier cosa que no fueran sus recuerdos.

Recuerdos de risas compartidas. De discusiones absurdas que terminaban en abrazos. De promesas que parecían eternas, pero que se rompieron en un instante.

Él le lanzaba miradas calculadas.
No hostiles, no del todo. Solo cargadas.
Como si quisiera decirle: Aún me perteneces, aunque no lo admitas.

Arianna se obligó a mirar al frente, a no ceder.

—¿Cómo has estado? —preguntó Lucas con inocencia.
—Bien —respondió ella—. Ocupada en el trabajo.
—¿Todavía en publicidad? —sonrió Lucas—. Siempre imaginé que terminarías como directora de una agencia, o algo así.

—Casi —replicó Arianna—. Pero me conformo con hacer que mis ideas funcionen.

Santiago no intervino. Solo observaba, con esa mezcla de calma y tensión que la hacía dudar de sí misma.

Y entonces ocurrió.

Una frase inocente, de Lucas, sobre el pasado:

—Recuerdo cuando eras más pequeña y siempre leías todo en voz alta frente a la familia… Siempre querías contar historias, Ari. Como si pudieras controlar lo que pasaba a tu alrededor.

Arianna tragó saliva.
Porque control… eso era exactamente lo que había aprendido a necesitar después de perderlo a él.

Santiago levantó apenas una ceja. Un gesto pequeño, casi imperceptible. Pero ella lo vio.
Y sintió la misma chispa irritante que la había acompañado durante años.

La cena continuó con risas, comentarios sobre trabajo, viajes, noticias familiares. Todo era normal, excepto que la normalidad estaba contaminada por su presencia.

Cada roce accidental al pasar la mantequilla.
Cada sonrisa que él dirigía a alguien más, y que ella sentía como un reto.
Cada silencio que, de alguna manera, decía más que cualquier palabra.

Después de la cena, mientras Lucas ayudaba a su madre en la cocina, Arianna y Santiago se quedaron solos en el salón.
Ella estaba apoyada en el respaldo del sofá, cruzando los brazos, fingiendo que no le importaba.

—Te ves igual —dijo él, finalmente rompiendo el silencio.
—¿Igual a qué? —respondió ella, con un hilo de ironía.
—Igual… que antes.

Arianna sintió que el aire se comprimía alrededor de ella.
—Antes era diferente —dijo, fría—. No soy la misma ahora.

—Y yo tampoco —replicó Santiago, con voz baja—. Pero algunos recuerdos… parecen imposibles de cambiar.

Sus palabras cayeron como piedras.
Arianna quería girarse, irse, exigirle que no jugara con eso.
Pero también quería quedarse, escuchar, ver si todavía era real lo que sentía… o solo un eco doloroso del pasado.

—No estamos aquí para hablar del pasado —dijo finalmente, más para sí misma que para él.
—No siempre se puede controlar lo que vuelve —dijo Santiago, y su tono era un desafío tanto como una confesión.

Arianna mordió su labio.
Porque eso era exactamente lo que temía: que él regresara. Que el pasado la atrapara. Que la hiciera sentir cosas que creía haber dejado atrás para siempre.

Cuando Lucas volvió, el hechizo se rompió. Sonrieron, hablaron de trivialidades, pero algo había cambiado.
Algo invisible y poderoso: la tensión entre ellos ya no podía ignorarse.

Arianna se fue a dormir esa noche con el corazón latiendo más rápido de lo normal.
Y una certeza incómoda: su mundo perfectamente estructurado acababa de ser invadido por alguien que había prometido no volver.

Alguien que había sido su todo.
Y que ahora se sentaba como un enemigo silencioso, con la capacidad de destruir su paz con solo una mirada.

El pasado no se había ido.
Solo estaba esperando el momento exacto para reclamar lo que aún le pertenecía.




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