Arianna no durmió bien esa noche.
No porque estuviera cansada, sino porque su mente se negó a obedecerle. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía: la forma en que Santiago ocupaba el espacio con naturalidad, como si nunca se hubiera ido; el tono de su voz, demasiado familiar; la manera en que la miró, como si el tiempo no hubiera hecho estragos entre ellos.
Lo odiaba por eso.
Por aparecer sin pedir permiso.
Por remover lo que ella había enterrado con tanto cuidado.
Por hacerla sentir vulnerable en un lugar donde siempre había sido fuerte.
A la mañana siguiente, se preparó como si fuera a una batalla.
Ropa sobria. Maquillaje discreto. Cabello recogido con precisión.
Nada debía delatar el caos interno.
El desayuno familiar transcurrió con normalidad. Risas, planes, comentarios triviales. Santiago estaba ahí, sentado frente a su hermano, hablando de trabajo, de proyectos, de cosas que no importaban. Arianna apenas intervenía. Se limitaba a escuchar, a responder lo justo.
Nadie notó cómo evitaban mirarse directamente.
Nadie percibió la tensión que se activaba cada vez que coincidían en el mismo espacio.
Porque nadie sabía.
Ese era el acuerdo silencioso que habían sellado años atrás:
su historia nunca existió para el resto del mundo.
Y aunque nunca lo hablaron explícitamente, ambos seguían respetándolo.
Después del desayuno, Lucas anunció que saldría un rato. Santiago se ofreció a acompañarlo. Arianna sintió alivio… hasta que su hermano añadió:
—Ari, ¿te quedas? Volvemos luego.
Asintió, fingiendo indiferencia.
Pero el destino tenía un humor cruel.
Santiago regresó solo.
—Lucas tuvo que irse antes —dijo desde la puerta—. Me pidió que esperara aquí.
Arianna levantó la mirada con lentitud.
Ahí estaba él. Otra vez.
Invadiendo su espacio. Su calma. Su mentira.
—No tienes que quedarte —respondió ella, seca.
—Sí tengo —dijo él, cerrando la puerta—. No voy a huir cada vez que estemos en la misma habitación.
Eso la hizo girarse por completo.
—No me pongas en ese papel —replicó—. No soy yo la que volvió como si nada.
El silencio se tensó entre ellos.
Santiago dio unos pasos, sin acercarse demasiado. Respetando una distancia que, aun así, se sentía peligrosa.
—Nunca fue “como si nada”, Arianna.
Ella soltó una risa breve, incrédula.
—¿Ah no? Porque desde donde yo lo veo, sigues encajando perfectamente aquí. Con mi familia. Con mi hermano. Como si nunca hubieras sido… —se detuvo—. Como si nunca hubiera pasado nada.
—Pasó —dijo él, firme—. Y tú lo sabes.
Sus palabras no eran un ataque.
Eran una verdad.
Eso era lo peor.
—No tienes derecho —continuó ella— a aparecer y revolver todo. Mi vida está en orden.
—¿De verdad? —preguntó Santiago, sin ironía—. ¿O solo la tienes bien organizada?
Arianna sintió el golpe.
Porque él siempre había sabido leerla demasiado bien.
—No intentes psicoanalizarme —espetó—. No te corresponde.
—Nunca me correspondió nada contigo —respondió él—. Y aun así, aquí estamos.
Se miraron.
Largo. Intenso. Cargado de todo lo que nunca dijeron.
Arianna fue la primera en apartar la vista.
—Esto no puede repetirse —dijo—. Ni conversaciones, ni momentos incómodos, ni… nada. Para todos, somos solo lo que siempre fuimos: tú, el mejor amigo de mi hermano. Yo, su hermana.
—¿Y para nosotros? —preguntó él, en voz baja.
Ella apretó los labios.
—Para nosotros no hay “nosotros”.
Santiago asintió lentamente, como si aceptara una condena.
—Bien —dijo—. Entonces mantengamos la mentira.
La palabra le dolió más de lo esperado.
Mentira.
Porque eso era lo que habían hecho durante años: fingir que su historia no existió. Fingir que no se conocían en los silencios, en las miradas, en las reacciones instintivas.
Fingir que no había pasado nada… cuando lo había sido todo.
Esa tarde, Arianna salió a caminar. Necesitaba aire. Necesitaba distancia. Necesitaba recordar quién era antes de que él volviera a desordenarlo todo.
Pensó en su trabajo. En sus logros. En la mujer en la que se había convertido.
Fuerte. Independiente. Intocable.
Y aun así, bastaba una presencia para hacerla dudar.
Eso la enfurecía.
No con él.
Con ella misma.
Esa noche, mientras la casa volvía a llenarse de voces y risas, Arianna se unió al grupo con una sonrisa impecable. Santiago también. Nadie sospechó nada. Nadie notó que cada gesto era calculado, cada palabra medida.
Solo ellos sabían.
Sabían lo que había pasado.
Sabían lo que habían perdido.
Sabían lo peligroso que era volver a estar tan cerca.
Y mientras el resto celebraba una normalidad que nunca estuvo en riesgo, Arianna comprendió algo con una claridad dolorosa:
El verdadero problema no era que nadie supiera su historia.
El problema era que ella y Santiago todavía la recordaban demasiado bien.
Y en ese recuerdo, el odio y el deseo comenzaban a confundirse.