Arianna estaba revisando un brief cuando escuchó su nombre desde la puerta de la sala de reuniones.
—Ari, ¿tienes un minuto?
No levantó la vista de inmediato. Reconocía ese tono. El que anunciaba problemas envueltos en formalidades.
—Si es rápido —respondió, marcando una anotación en rojo.
Su jefa entró con una carpeta en la mano y una expresión extrañamente satisfecha.
—Tenemos un nuevo cliente. Grande.
Eso sí captó su atención.
Arianna alzó la mirada.
—¿Qué tan grande?
—Empresa en expansión. Rebranding completo. Campaña nacional.
Arianna enderezó la espalda. Eso era lo suyo. Retos grandes, estrategias complejas, decisiones que no admitían errores.
—¿Nombre? —preguntó.
Su jefa sonrió, como si saboreara el momento.
—Grupo Herrera.
El mundo no se detuvo.
No hubo un golpe audible.
Pero algo dentro de Arianna se tensó con violencia.
—¿Perdón? —dijo, despacio.
—Grupo Herrera —repitió—. Firmaron esta mañana. Y… —hizo una pausa breve— el director del proyecto viene hoy a conocer al equipo.
Arianna ya no escuchaba con claridad.
Grupo Herrera.
La empresa de Santiago.
El destino tenía un humor particularmente cruel.
—¿Hay algún problema? —preguntó su jefa, notando su silencio.
Arianna respiró hondo.
Control. Siempre control.
—Ninguno —respondió—. ¿Cuándo es la reunión?
—En una hora.
Asintió.
Sonrió.
Volvió a bajar la mirada al brief.
Por fuera, era profesionalismo puro.
Por dentro, una guerra declarada.
⸻
Santiago no creía en las casualidades.
Creía en las decisiones mal tomadas, en los errores que regresaban con nombre y apellido, en las consecuencias que uno tarde o temprano debía enfrentar.
Y Arianna Duarte era todas esas cosas reunidas en una sola persona.
Cuando entró a la sala de reuniones y la vio sentada al fondo, con una carpeta en las manos y el rostro inexpresivo, supo que estaba perdido.
No porque no pudiera manejar una negociación.
Sino porque nunca había aprendido a manejarla a ella.
—Buenos días —saludó, con voz firme.
Ella no lo miró.
—Buenos días —respondieron los demás.
La presentación comenzó. Datos, objetivos, proyecciones. Santiago hablaba con seguridad, como siempre. Era bueno en lo que hacía. Convincente. Estratégico.
Pero cada frase parecía rebotar contra el silencio de Arianna.
Hasta que ella habló.
—Aquí hay una contradicción —dijo, sin rodeos, señalando la pantalla—. Dicen que quieren posicionarse como una marca cercana, pero el discurso es frío, corporativo. No conecta.
Algunos giraron a mirarla.
Santiago también.
Sus miradas chocaron.
—Es una empresa seria —replicó él—. No podemos perder autoridad por buscar cercanía.
Arianna sonrió apenas.
Esa sonrisa que no era amable.
—La autoridad sin humanidad no vende —respondió—. Impone. Y hoy nadie quiere que le impongan nada.
El ambiente se tensó.
—Con todo respeto —añadió él—, no vinimos a cambiar lo que somos.
—Entonces no vengan a pedir que les cambien la percepción —replicó ella, directa—. Porque eso es exactamente lo que están haciendo.
Silencio.
Santiago sostuvo su mirada.
No había rastro de la mujer que había amado.
Ni del hombre que había sido.
Solo dos profesionales defendiéndose como enemigos.
—Me dijeron que usted lideraría el proyecto —dijo él, con calma peligrosa.
—Así es —respondió Arianna—. Y si vamos a trabajar juntos, prefiero ser clara desde el inicio.
—Adelante.
—No me interesa caerle bien. Me interesa que la campaña funcione. Si eso incomoda, este no es el equipo adecuado para ustedes.
Nadie respiró.
Santiago sintió una mezcla incómoda de admiración y rabia.
—Perfecto —dijo—. Porque yo tampoco vine a hacer amigos.
Ella inclinó la cabeza.
—Excelente. Estamos de acuerdo en algo.
La reunión terminó poco después. Técnicamente, había sido un éxito. Emocionalmente, una bomba a punto de explotar.
⸻
—¿Podemos hablar? —dijo Santiago cuando la sala quedó vacía.
—No —respondió Arianna, recogiendo sus cosas.
—Arianna.
Ese nombre, dicho así, sin filtros, sin público.
Ella se giró lentamente.
—Aquí soy Arianna Duarte, la publicista —dijo—. Guarda confianza para otro espacio.
—No juegues a esto conmigo —replicó él, bajando la voz—. Sabes que esto es una mala idea.
—No —respondió ella—. Esto es una pésima idea. Pero no soy yo quien la propuso.
—Podías haberte excusado.
—Y parecer poco profesional —sonrió con frialdad—. Eso no va conmigo.
Santiago se acercó un paso.
Ella no retrocedió.
—Esto va a salir mal —dijo él.
—Salió mal hace años —respondió ella—. Esto solo es trabajo.
—No para mí.
—Ese ya no es mi problema.
El silencio entre ellos ardía.
—No puedes tratarme como si no hubiera significado nada —dijo Santiago, con dureza contenida.
Los ojos de Arianna brillaron.
De rabia. No de tristeza.
—No te trato así —respondió—. Te trato como alguien que eligió irse sin mirar atrás.
El golpe fue certero.
—No sabes todo —dijo él.
—Lo sé suficiente —replicó ella—. Y no estamos aquí para resolver el pasado.
—Pero el pasado está sentado entre nosotros —dijo Santiago—. En cada decisión. En cada mirada.
Arianna respiró hondo.
—Entonces aprende a convivir con él —dijo—. Como yo lo hice.
Se giró y salió de la sala, dejándolo solo con una verdad incómoda:
Ella no había sanado.
Había aprendido a resistir.
⸻
Esa noche, Arianna trabajó hasta tarde.
No por la campaña.
Sino para no pensar.
Pero cada concepto, cada palabra, cada idea, parecía chocar contra la misma imagen: Santiago observándola con esa mezcla de desafío y dolor.