El eco de lo que fuimos

Capítulo 5 Demasiado Cerca

Arianna descubrió algo incómodo esa semana:

trabajar con Santiago era más agotador que odiarlo a distancia.

Las reuniones se multiplicaron. Los correos se volvieron constantes. Las decisiones, compartidas. Cada paso del proyecto los obligaba a coincidir, a escucharse, a leerse entre líneas. Y lo peor no eran las discusiones —en eso, Arianna se sentía en control—, sino el espacio.

El espacio físico.

La primera vez que ocurrió fue en la sala creativa. Una habitación amplia, paredes blancas, pizarras llenas de ideas. Arianna estaba escribiendo cuando Santiago se colocó a su lado para observar el esquema. No dijo nada. No la tocó. Solo estuvo ahí.

Demasiado cerca.

Arianna sintió el cambio en el aire antes de comprenderlo. El calor ajeno. El leve roce de su brazo contra el suyo. El perfume sobrio que reconoció al instante, aunque se negara a admitirlo.

—Si te mueves un poco más a la derecha, tapas la idea principal —dijo ella, sin mirarlo.

—Si me muevo, pierdo el detalle —respondió él, igual de seco.

Ninguno cedió.

El silencio se estiró entre ellos. Arianna sintió cómo su respiración se volvía más consciente, más controlada. Cada músculo en tensión.

—¿Siempre necesitas invadir el espacio para imponer tu punto? —preguntó ella.

Santiago giró apenas la cabeza. Lo suficiente para que sus miradas quedaran peligrosamente alineadas.

—¿Siempre necesitas fingir que no te afecta?

El golpe fue bajo.

Arianna se apartó de golpe, recuperando distancia como si se hubiera quemado.

—Concéntrate —dijo—. Esto es trabajo.

Pero ambos sabían que mentía.

El segundo roce no fue accidental.

Fue en el ascensor.

Subieron solos. Las puertas se cerraron con un sonido seco, definitivo. El espacio reducido hizo el resto. Santiago se colocó frente a ella. No había escapatoria sin parecer exagerada.

Arianna mantuvo la mirada al frente.

Santiago bajó la vista apenas.

Demasiado apenas.

Sus dedos rozaron los de ella cuando el ascensor dio un leve tirón. Un contacto mínimo, casi inexistente… pero suficiente.

Arianna retiró la mano de inmediato.

—No lo hagas —dijo en voz baja.

—No hice nada —respondió él, pero su tono no era inocente.

—Lo sabes —replicó ella, alzando la vista—. Sabes exactamente lo que haces.

Santiago sostuvo su mirada. El silencio se volvió espeso, cargado.

—Sí —admitió—. Y tú sabes que no te es indiferente.

Las puertas se abrieron antes de que Arianna pudiera responder. Salió primero, con el corazón latiendo demasiado rápido para su gusto.

Eso era lo que más la enfurecía:

no el contacto, sino la reacción.

La tensión se volvió constante. Una especie de pulso invisible que los empujaba a medirse todo el tiempo. Cada discusión terminaba con ellos más cerca de lo necesario. Cada acuerdo cerraba con miradas que duraban un segundo más de lo correcto.

Hasta que ocurrió lo inevitable.

Estaban revisando la propuesta final en la oficina de Arianna. Era tarde. La agencia estaba casi vacía. Afuera, la ciudad comenzaba a apagarse.

—Este enfoque es demasiado emocional —dijo Santiago, apoyando las manos en el respaldo de su silla.

—Es honesto —respondió ella—. Y eso incomoda porque no puedes controlarlo.

—No me gusta perder el control —dijo él.

—Lo sé —respondió Arianna, levantándose.

Demasiado rápido.

Demasiado cerca.

Quedaron frente a frente. Tan cerca que Arianna tuvo que inclinar ligeramente la cabeza para mirarlo. Tan cerca que pudo sentir su respiración. Tan cerca que su cuerpo reaccionó antes que su razón.

—Esto no puede seguir así —dijo ella, firme… aunque su voz traicionó una ligera grieta.

—¿Así cómo? —preguntó él.

Santiago levantó la mano. No para tocarla. No todavía. Solo para apoyarla en la pared, a un lado de su cabeza. Un gesto simple. Controlado.

Encerrándola.

—Así —susurró—. Donde dices que no sientes nada, pero tu cuerpo no está de acuerdo.

Arianna apretó los dientes.

—Aléjate —ordenó.

—¿De verdad quieres eso? —preguntó él, sin moverse.

Ella lo empujó suavemente con la palma abierta sobre el pecho. No fue un gesto violento. Fue una advertencia.

Pero el contacto fue suficiente.

Santiago inhaló hondo.

Arianna sintió el latido bajo su mano.

—No vuelvas a tocarme —dijo ella.

—Entonces no te pongas tan cerca —respondió él.

Se miraron.

El aire parecía arder entre ellos.

Por un segundo —uno solo— Arianna pensó que iba a perder. Que iba a cruzar una línea que llevaba años evitando. Que iba a recordarle a su cuerpo algo que su mente había intentado borrar.

Pero se apartó.

—Esto es una mala idea —dijo, recuperando distancia.

—Siempre lo fue —respondió Santiago.

Esa noche, Arianna llegó a casa con una certeza incómoda clavada en el pecho:

El problema ya no era el pasado.

Ni el secreto.

Ni el odio.

El problema era que el deseo seguía ahí, creciendo en cada roce, en cada discusión, en cada segundo que el destino insistía en ponerlos demasiado cerca.

Y cuanto más luchaban contra él…

más evidente se volvía.




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