El eco de lo que fuimos

Capítulo 6 A un paso

Arianna llevaba dos días convenciéndose de que podía manejarlo.

El roce.

Las miradas.

La cercanía peligrosa.

Se repetía que era solo tensión acumulada, que pasaría, que con el tiempo volverían a ser simples profesionales obligados a trabajar juntos.

Pero entonces apareció ella.

No llegó de forma dramática.

No irrumpió.

No hizo escenas.

Solo se sentó al lado de Santiago en una reunión.

Y sonrió.

Arianna lo notó de inmediato.

La mujer era elegante, segura, con esa belleza tranquila que no busca atención porque sabe que la recibe igual. Cabello oscuro perfectamente peinado, labios curvados en una sonrisa suave.

—Hola, Santiago —dijo ella, con familiaridad—. Pensé que llegaría tarde.

—Valentina —respondió él—. Justo estamos empezando.

Ese nombre se clavó en Arianna como una astilla.

Valentina.

No preguntó quién era.

No necesitaba hacerlo para entender.

Valentina se sentó demasiado cerca.

Santiago no se movió.

Y eso fue suficiente.

Arianna mantuvo el profesionalismo, pero por dentro algo se agitaba incómodo. Observó cómo Valentina le hablaba en voz baja en algunos momentos, cómo reía con facilidad, cómo buscaba su mirada.

Santiago era amable. Correcto. Pero no distante.

Y esa pequeña diferencia le dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Cuando la reunión terminó, Valentina se levantó con naturalidad.

—¿Almorzamos luego? —preguntó.

—Si tengo tiempo —respondió él.

No dijo que no.

Arianna apretó los dedos alrededor de su carpeta.

Ridículo, se dijo.

No tienes derecho a sentir nada.

Pero lo sentía.

Más tarde, mientras revisaban unas correcciones en una sala pequeña, el silencio pesaba distinto.

—¿Quién es ella? —preguntó Arianna sin mirarlo.

—Una socia de la empresa —respondió Santiago—. Nos conocemos hace un tiempo.

—Se nota.

Él levantó la vista.

—¿Te molesta?

—No me importa —mintió con fluidez—. Solo pregunto por el proyecto.

Santiago la observó con atención.

—Claro.

Pero había algo en su mirada que decía que no le creía.

El ambiente se tensó.

Arianna pasó una página con más fuerza de la necesaria.

—Deberías ir a almorzar con ella —dijo—. No quiero hacerte perder oportunidades.

—No sabía que ahora te preocupabas por mi vida personal.

—No me preocupo —respondió—. Solo no quiero interferir.

Santiago se acercó un paso.

—No estás interfiriendo en nada —dijo.

—Entonces hazlo —replicó ella—. Ve con ella.

—¿Por qué te importa tanto?

Arianna alzó la vista de golpe.

—No me importa.

—Mientes muy mal cuando estás celosa.

El golpe fue directo.

—No estoy celosa.

—Lo estás.

Quedaron frente a frente.

Demasiado cerca otra vez.

—No tienes derecho a analizarme —dijo ella en voz baja.

—Y tú no tienes derecho a fingir que no sientes nada —respondió él igual de bajo.

El aire se volvió espeso.

Santiago levantó lentamente la mano. Esta vez sí la tocó. Apenas. Sus dedos rozaron la muñeca de Arianna, subiendo con lentitud por su brazo.

Un contacto suave. Casi inocente. Pero cargado de todo lo que habían evitado.

Arianna contuvo el aliento.

—No hagas esto —susurró.

—Dime que no sientes nada —respondió él—. Y me detengo.

Ella no pudo.

Su respiración tembló.

Santiago se inclinó lentamente. Su frente rozó la de ella. Sus narices casi se tocaron.

Arianna cerró los ojos.

El mundo se redujo a ese espacio mínimo entre sus labios.

Un segundo más…

y ocurriría.

—¡Santi!

La voz de Valentina llegó desde el pasillo.

El hechizo se rompió.

Arianna se apartó de golpe, como si despertara de un sueño peligroso.

Santiago cerró los ojos un instante, frustrado.

—Te buscan —dijo Arianna, recuperando su tono profesional—. Deberías ir.

Valentina apareció en la puerta.

—Perdón, no quería interrumpir —sonrió—. Pero ya es tarde.

Arianna sostuvo su mirada.

Educada. Distante.

—No te preocupes —dijo—. Ya terminábamos.

Santiago miró a Arianna una última vez antes de salir.

Y en esa mirada había deseo, rabia… y algo más profundo que ambos se negaban a nombrar.

Cuando se quedó sola, Arianna apoyó las manos en la mesa, respirando hondo.

Habían estado a nada.

A un solo segundo de cruzar una línea imposible de borrar.

Y lo peor no era eso.

Lo peor era que una parte de ella había querido que pasara.

Desde ese momento, Valentina comenzó a aparecer más seguido.

Siempre amable.

Siempre sutil.

Siempre cerca de Santiago.

Nunca hacía nada inapropiado.

Y aun así, Arianna sentía cada presencia como un desafío silencioso.

Santiago no se alejaba.

Pero tampoco se acercaba más de lo necesario.

Como si luchara consigo mismo.

Como si la línea que casi cruzaron todavía ardiera entre ellos.

Y Arianna lo entendió con claridad:

No solo se deseaban.

Se estaban perdiendo de nuevo.

Y esta vez, el enemigo no era el pasado…

sino el presente, lleno de tentaciones, orgullo y decisiones que podían separarlos para siempre.




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