El eco de lo que fuimos

Capítulo 7 Lo que arde en silencio

La casa de sus padres siempre había sido un refugio para Arianna.

O al menos lo había sido antes de que Santiago volviera a ocupar un espacio constante en su vida.

Esa noche, mientras se miraba en el espejo acomodándose el cabello por tercera vez, sintió ese nudo familiar en el estómago que aparecía cada vez que sabía que lo vería.

—Tranquila —se murmuró—. Es solo una cena.

Pero no lo era.

Nunca lo era cuando Santiago estaba cerca.

Eligió un vestido sencillo, azul oscuro, que caía suavemente sobre su cuerpo. No buscaba impresionar a nadie, pero aun así quería verse bien. No para él. Eso se dijo mil veces mientras bajaba las escaleras.

El aroma de la comida llenaba la casa: pollo horneado, arroz recién hecho, ensalada fresca. El sonido de risas llegaba desde el comedor.

Y entre esas voces… la suya.

La reconocería siempre.

Grave, cálida, demasiado familiar.

—Santi, mi hijo, siéntate aquí —decía su madre con cariño—. Hoy cociné tu plato favorito.

—Doña Elena, usted me va a malacostumbrar —respondió él riendo—. Después no querré comer en otro lado.

—Mientras yo esté viva, aquí tendrás comida —intervino la abuela desde su sillón—. A este muchacho lo vi crecer.

—Y portarse mal también —agregó Lucas entre risas.

—¡Oye! —protestó Santiago.

Arianna se detuvo un segundo antes de entrar.

Ese era el problema.

Santiago no era solo su ex.

Era parte de su familia.

Siempre lo había sido.

Respiró hondo y avanzó.

—Buenas noches —saludó.

Las conversaciones se detuvieron por un instante.

Santiago levantó la vista.

Y algo invisible vibró en el aire.

—Ari —dijo Lucas con naturalidad—. Justo hablábamos de ti.

—Cosas buenas, espero.

—Siempre —respondió su madre—. Ven, siéntate al lado de Santiago, que aquí hay espacio.

El universo tenía un sentido del humor cruel.

Arianna forzó una sonrisa.

—Estoy bien aquí, mami.

—No seas exagerada —dijo la abuela—. Antes se sentaban juntos siempre.

Silencio.

Uno pesado.

Lucas no notó nada.

Nadie notó nada.

Excepto ellos.

Santiago se levantó para correr la silla.

—No pasa nada —dijo suave—. Siéntate.

Arianna lo miró por un segundo largo.

Y se sentó.

Demasiado cerca.

Su brazo rozó el de él apenas.

Fue suficiente para que un escalofrío le recorriera la espalda.

La cena avanzó entre conversaciones comunes.

Lucas hablaba de su trabajo, su novia Mariana contaba anécdotas divertidas, su madre preguntaba por la agencia de publicidad donde Arianna trabajaba.

—Estamos llevando una campaña grande ahora —explicó Arianna—. Bastante exigente.

—¿Para qué empresa? —preguntó su padre.

Arianna dudó apenas un segundo.

—Para una de las empresas de Santiago.

La mesa quedó en silencio por un instante.

—¡Qué bien! —exclamó su madre—. Mira qué bonito, trabajando juntos.

Santiago carraspeó.

—Sí… ha sido una experiencia interesante.

Arianna apretó la servilleta bajo la mesa.

—Muy profesional —aclaró ella.

—Eso es lo importante —dijo la abuela—. El trabajo dignifica.

Santiago la miró de reojo.

—Arianna es muy buena en lo que hace.

Su voz sonó sincera.

Ella no lo miró.

—Gracias.

Pero su corazón latía demasiado rápido.

Durante la comida, cada gesto se sentía amplificado.

Cuando Santiago le pasaba el pan y sus dedos se rozaban.

Cuando sus rodillas chocaban bajo la mesa.

Cuando él se inclinaba para decir algo y su perfume la envolvía.

Nadie lo notaba.

Pero para Arianna cada contacto era un incendio pequeño.

—Santi, cuéntanos de tu empresa —pidió su padre—. Estamos orgullosos de ti.

Santiago sonrió.

—Estamos creciendo bastante. Por eso buscamos una agencia fuerte. Y la de Arianna es excelente.

—Nuestra niña siempre ha sido brillante —dijo su madre con orgullo.

Arianna sonrió, agradecida… y nerviosa.

Santiago la miraba con algo más que admiración.

Lo sabía.

Lo sentía.

Después de la cena, la familia se movió a la sala.

La abuela se sentó en su sillón favorito. Lucas y Mariana comenzaron a recoger algunos platos.

—Ari, ayúdanos un momento —pidió su madre desde la cocina.

Arianna se levantó.

Santiago hizo lo mismo.

—Yo ayudo también.

Quedaron solos en la cocina por unos segundos.

El silencio volvió a envolverlos.

—Esto es una mala idea —murmuró Arianna.

—¿La cena? —preguntó él.

—Tú aquí. Nosotros trabajando juntos. Todo esto.

—No lo planeé.

—Pero está pasando.

Santiago se acercó un poco.

—¿Te molesta?

—Me desarma —confesó en voz baja.

Él la observó con intensidad.

—A mí también.

Sus manos se rozaron al tomar un plato.

Esta vez ninguno se apartó.

—Santiago…

—Arianna…

El nombre de ella en su boca siempre sonaba distinto.

Más íntimo.

Más peligroso.

—No podemos —susurró ella.

—Nunca hemos podido mantener distancia —respondió él.

Sus miradas se clavaron.

El espacio entre ellos volvió a desaparecer.

—Aquí no —dijo Arianna, aunque no se movió.

—Entonces dime que no quieres que pase —susurró él.

Ella no pudo hablar.

Su respiración se aceleró.

Santiago levantó una mano, dudando, y rozó su mejilla con los nudillos.

Un gesto lento.

Cargado de historia.

Arianna cerró los ojos.

—Santi…

—Ariana, ven a buscar los vasos —gritó su madre desde la sala.

El momento se rompió.

Santiago bajó la mano de inmediato.

Arianna dio un paso atrás, alterada.

—Tenemos que parar —dijo ella.

—No sé si puedo —admitió él.

Ella no respondió.

Solo tomó los vasos y salió.

De regreso en la sala, todo parecía normal.




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