El eco de lo que fuimos

Capítulo 8 Como inicio

Arianna siempre había creído que los recuerdos no dolían.

Hasta que Santiago volvió.

Ahora aparecían sin permiso. En medio del trabajo, de las cenas familiares, de los silencios tensos. Bastaba una mirada, una palabra dicha con ese tono que solo él tenía, para que el pasado regresara con una claridad cruel.

Como ahora.

Estaba sentada en su cama, con el celular apagado a su lado, mirando el techo de su habitación infantil —la misma que sus padres nunca habían cambiado— mientras la casa dormía en silencio.

Y de pronto volvió a tener dieciocho años.

Volvió a ser la Arianna que no sabía lo que era perder.

Tenía dieciocho cuando empezó a darse cuenta de que Santiago ya no era solo el mejor amigo de su hermano.

Hasta entonces siempre había sido “Santi”, el muchacho que llegaba a la casa con Lucas, que se reía fuerte, que se robaba pan de la cocina y se despedía con abrazos cariñosos de su mamá.

Siempre había estado ahí.

Pero ese año algo cambió.

Tal vez fue porque Santiago había terminado la universidad y ya trabajaba. Tal vez porque su voz se había vuelto más grave. O porque sus hombros parecían más anchos, más firmes, más seguros.

O tal vez fue porque Arianna dejó de ser una niña.

Lo notó una tarde cualquiera, cuando regresaba del colegio y lo encontró sentado en el patio con Lucas, hablando de negocios y proyectos.

Santiago levantó la vista.

Y sonrió.

No como siempre.

Fue una sonrisa distinta.

Más lenta.

Más consciente.

—Hola, Ari —dijo.

Y su nombre en su boca sonó nuevo.

Arianna sintió algo moverse dentro de ella.

Desde ese día empezó a mirarlo diferente.

Y lo peor era que él también empezó a mirarla distinto.

Al principio eran miradas largas cuando creían que nadie observaba. Sonrisas pequeñas que solo se daban entre ellos. Conversaciones que se alargaban cuando Lucas se iba por un momento.

Nada evidente.

Todo secreto.

Una noche, mientras lavaban platos después de una cena familiar, Lucas salió a buscar algo al cuarto.

Y quedaron solos.

El silencio se volvió extraño.

—Has cambiado mucho —dijo Santiago de repente.

Arianna alzó la vista.

—¿Eso es bueno o malo?

—Muy bueno.

Sus miradas se sostuvieron más de lo normal.

—Santi… —murmuró ella nerviosa.

—Lo siento —dijo él rápido—. No debí decir eso.

—No… está bien.

Pero no lo estaba.

Porque desde ese momento algo invisible se rompió entre ellos.

O se creó.

Arianna empezó a esperarlo sin darse cuenta.

Esperaba escucharlo llegar con Lucas. Esperaba verlo entrar por la puerta. Esperaba que se sentara cerca.

Y Santiago siempre encontraba una forma de estar donde ella estaba.

Una tarde salieron al colmado de la esquina.

Lucas se había quedado hablando con un vecino.

Caminaron solos por primera vez.

—Esto se siente raro —dijo Arianna.

—¿Por qué?

—Nunca salimos tú y yo solos.

—Podríamos hacerlo más seguido.

Ella sonrió nerviosa.

—Si no nos descubren.

Santiago la miró con ternura.

—¿Te importa que lo sepan?

Arianna bajó la mirada.

—Mucho.

—A mí también.

Pero no por vergüenza.

Sino por Lucas.

Porque ambos sabían que aquello era terreno peligroso.

Y aun así… no se alejaban.

Una noche, sentados en la acera frente a la casa, Santiago le contó de sus sueños, de la empresa que quería crear, de lo mucho que temía fallar.

—Tú vas a lograr todo lo que quieras —le dijo Arianna.

—¿Tú crees?

—Yo lo sé.

Él la miró con algo profundo en los ojos.

—Por eso me gustas tanto.

El mundo se detuvo.

—¿Me… me gustas? —repitió ella.

Santiago asintió lentamente.

—Desde hace meses.

Arianna sintió que el corazón iba a salírsele del pecho.

—Tú también me gustas —confesó.

Santiago sonrió como si acabara de recibir la mejor noticia de su vida.

—Entonces estamos en problemas.

—¿Por qué?

—Porque no pienso dejar de sentir esto.

El primer roce ocurrió sin darse cuenta.

Sus dedos se tocaron al mismo tiempo.

Y ninguno se apartó.

El primer abrazo fue torpe.

Corto.

Pero lleno de electricidad.

Después vinieron las escapadas pequeñas.

Conversaciones a escondidas.

Mensajes nocturnos.

Risas contenidas.

Y una noche, bajo las estrellas, Santiago tomó su rostro con cuidado.

—Arianna…

—Sí.

—Quiero besarte… pero dime si no quieres.

Ella no dudó.

—Quiero.

El beso fue suave.

Lento.

Tímido.

Como si ambos temieran romper algo.

Pero fue perfecto.

Desde ese momento ya no hubo vuelta atrás.

Se veían cuando podían.

En el patio.

En la esquina.

En la cocina cuando todos dormían.

Santiago la trataba como algo precioso.

Le llevaba dulces escondidos.

Le escribía notas.

La escuchaba hablar de sus sueños de estudiar publicidad y cambiar el mundo con ideas.

—Voy a ser alguien importante —le decía ella.

—Ya lo eres —respondía él—. Para mí.

Arianna se sentía invencible con él.

Amada.

Elegida.

Segura.

Nunca hubo drama.

Solo ilusión.

Solo risas.

Solo amor creciendo en secreto.

Santiago la miraba como si fuera su hogar.

—Algún día —le decía— todo será distinto y no tendremos que escondernos.

—¿Prometes que no te irás?

—Te lo prometo.

Y Arianna le creyó.

Porque en ese entonces, Santiago parecía eterno.

El recuerdo se desvaneció lentamente.

Arianna parpadeó, volviendo al presente, con los ojos húmedos.

Habían sido tan felices.

Tan inocentes.

Tan reales.

No había dolor en ese inicio.

Solo amor puro.

Por eso ahora dolía tanto.

Porque no estaban peleando por algo nuevo.




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