El eco de lo que fuimos

Capítulo 9 Santiago

Santiago siempre había creído que el tiempo curaba todo.

Que los años borraban las emociones.

Que la distancia apagaba lo que una vez dolió.

Pero cada vez que veía a Arianna entendía lo equivocado que estaba.

No había pasado nada.

Seguía ahí.

Entero.

Vivo.

Y peor aún… parecía más lejos que nunca.

La observaba ahora desde su oficina, a través del vidrio que separaba la sala de reuniones del pasillo. Arianna hablaba con uno de los diseñadores, concentrada, segura, hermosa en esa forma serena que siempre había tenido.

Profesional.

Distante.

Ajena a él.

Y eso era lo que más le dolía.

Antes, aunque se escondieran, siempre había una complicidad invisible entre ellos.

Ahora solo había silencios tensos.

Y miradas que se evitaban.

—La estás mirando otra vez.

Santiago se sobresaltó.

Valentina estaba apoyada en la puerta, con una media sonrisa.

—No te metas —respondió sin dureza.

—No hace falta —dijo ella—. Es evidente.

Santiago suspiró.

—No es lo que piensas.

—Claro que lo es. —Se acercó—. Esa mujer te importa demasiado.

Demasiado era poco.

Valentina se quedó observándolo un momento.

—¿Te hizo daño?

Santiago no respondió.

Porque no sabía cómo explicar que el daño no había sido simple.

Había sido perder lo mejor que había tenido.

—Santi —dijo ella con suavidad—. No puedes vivir anclado al pasado.

Él pensó en Arianna a los dieciocho años, sonriéndole como si el mundo fuera perfecto.

—El pasado no me suelta —murmuró.

Valentina entendió.

O al menos creyó entender.

—Quizás necesitas dejar ir.

Santiago asintió sin convicción.

Porque dejar ir a Arianna era como arrancarse una parte del alma.

Más tarde, en la reunión con la agencia, Arianna expuso la nueva propuesta publicitaria.

Su voz era firme.

Segura.

Profesional.

Pero Santiago notó el leve temblor cuando sus miradas se cruzaron.

Todavía le afectaba.

Eso le daba esperanza.

Y al mismo tiempo… miedo.

—Es una campaña sólida —dijo uno de los socios.

—Arianna ha hecho un excelente trabajo —agregó Santiago.

Ella lo miró apenas.

—Es mi trabajo —respondió.

No agradeció.

No sonrió.

Eso dolió más de lo que quería admitir.

Antes ella se iluminaba cuando él la elogiaba.

Ahora levantaba muros.

Y él sabía por qué.

Después de la reunión, Santiago la alcanzó en el pasillo.

—Arianna, espera.

Ella se detuvo, sin girarse de inmediato.

—¿Sí?

—La propuesta fue increíble.

—Gracias.

—Lo digo en serio.

—Lo sé.

Silencio.

Uno pesado.

—¿Por qué me miras como si fuera un extraño? —preguntó él al fin.

Arianna respiró hondo antes de girarse.

—Porque es más fácil así.

—¿Más fácil que qué?

—Que recordar.

Sus ojos se clavaron en los de él.

—Que sentir.

Santiago sintió el golpe directo en el pecho.

—Yo no he dejado de sentir —confesó en voz baja.

—Ese es tu problema, Santiago —respondió ella—. Yo estoy intentando seguir adelante.

—¿Con quién? —se le escapó.

Ella frunció el ceño.

—Eso no es asunto tuyo.

—Me importa.

—No debería.

Santiago dio un paso más cerca.

—Todo de ti me importa.

Arianna retrocedió apenas.

—No hagas esto.

—Dime que ya no sientes nada —pidió él—. Y me iré.

Ella abrió la boca.

La cerró.

No pudo decirlo.

Y ese silencio le dio esperanza.

Pero también lo asustó.

Porque si aún sentían… entonces el dolor podía ser mayor.

—Esto es un error —dijo Arianna finalmente—. Trabajar juntos. Vernos. Todo.

—No fue mi intención herirte.

—Pero lo hiciste.

Y no dijo más.

Se fue.

Santiago se quedó ahí, con el pecho apretado.

Cada día la veía más lejos.

Cada día parecía más imposible que lo perdonara.

Esa noche fue a casa de Lucas.

Como siempre.

Pero ahora todo se sentía distinto.

Lucas hablaba emocionado sobre planes futuros, sobre la empresa, sobre su relación con Mariana.

—Bro, gracias por confiar en Ari —dijo Lucas—. Sé que contigo la agencia está en buenas manos.

Santiago sonrió con esfuerzo.

—Ella es brillante.

—Y tú siempre la cuidaste —agregó Lucas sin sospechar nada—. Eres como un hermano para ella.

Hermano.

La palabra le pesó.

Si supiera la verdad…

Santiago tragó saliva.

—Lucas… ¿alguna vez te has preguntado si las personas pueden enamorarse de quien no deberían?

Lucas rió.

—Eso siempre pasa en las novelas.

—¿Y en la vida real?

—En la vida real se complica todo —respondió—. Y casi siempre alguien sale herido.

Santiago apretó los puños.

—¿Crees que se puede perdonar algo así?

Lucas lo miró serio.

—Depende de qué tan profundo fue el daño.

Santiago pensó en Arianna.

En su sonrisa del pasado.

En su mirada fría del presente.

—Creo que hay heridas que tardan años —continuó Lucas—. Pero si hay amor de verdad… a veces se sanan.

Santiago asintió lentamente.

Amor había.

Siempre había habido.

Pero también había miedo.

Miedo de perder a Arianna para siempre.

Y miedo, aún más grande, de perder a Lucas cuando la verdad saliera a la luz.

Porque si Lucas descubría que su mejor amigo había sido el amor secreto de su hermana…

No sabía si esa amistad sobreviviría.

Más tarde, solo en su apartamento, Santiago se dejó caer en el sofá.

Miró su celular.

Tenía el número de Arianna abierto.

Escribirle o no escribirle.

Siempre esa batalla.

Quería decirle que la amaba.

Que nunca había dejado de hacerlo.

Que estaba arrepentido de todo lo que la había hecho sufrir.

Pero sabía que las palabras ya no bastaban.




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