Arianna no quería pensar.
Ese era el objetivo de esa noche.
No quería recordar miradas, roces, casi besos ni promesas viejas que todavía dolían. No quería ver la cara de Santiago apareciendo en su mente cada vez que cerraba los ojos.
Quería sentirse libre.
Quería sentirse deseada.
Quería olvidarlo, aunque fuera por unas horas.
—Esta noche no se habla de ex, ni de trabajo, ni de dramas —anunció Camila levantando su copa—. Hoy se baila.
—Y se coquetea —agregó Sofía guiñando un ojo.
—Y se vive —terminó Laura.
Arianna sonrió por primera vez en días.
El bar estaba lleno de luces cálidas, música fuerte y cuerpos moviéndose al ritmo del reguetón suave que vibraba en el aire. Era uno de esos lugares donde nadie juzgaba y todos parecían olvidar sus problemas por unas horas.
Arianna llevaba un vestido corto negro que marcaba su figura de forma elegante, nada exagerado, pero sí lo suficiente para sentirse segura, hermosa y poderosa.
Cuando empezó a bailar, al principio lo hizo con sus amigas, riendo, soltándose.
Hasta que lo notó.
Un hombre alto, sonrisa fácil, mirada directa.
Se acercó con respeto.
—¿Puedo invitarte a bailar?
Arianna dudó apenas un segundo.
Luego pensó en Santiago.
En sus silencios.
En su distancia.
En lo imposible que parecía todo.
—Claro —respondió.
Y salió a la pista.
El ritmo era lento, sensual.
Nada vulgar.
Solo cuerpos moviéndose cerca.
El hombre colocó las manos en su cintura con cuidado, guiándola suavemente.
Arianna se dejó llevar.
Cerró los ojos.
Movió las caderas al ritmo de la música.
Sintió miradas.
Se sintió viva.
Libre.
Por primera vez en mucho tiempo.
No sabía que, desde la entrada del bar…
Santiago la veía.
⸻
Él no había ido buscando eso.
Había salido con unos socios a tomar algo.
Casualidad.
O destino cruel.
El momento en que entró al lugar y la vio bailar fue como un golpe directo al pecho.
Arianna.
Hermosa.
Sensual.
Sonriendo de una forma que hacía tiempo no le regalaba a él.
Y ese tipo demasiado cerca.
Las manos en su cintura.
El cuerpo de ella moviéndose con una naturalidad peligrosa.
Santiago apretó la mandíbula.
No tenía derecho.
Lo sabía.
Pero tampoco podía apartar la mirada.
Cada movimiento de Arianna era una provocación involuntaria.
Cada risa era una herida.
El tipo se inclinó para decirle algo al oído.
Arianna rió.
Y eso fue demasiado.
El fuego subió por la sangre de Santiago como un incendio.
—Respira —se dijo—. No es tuya.
Pero el corazón no entendía razones.
La música cambió a un ritmo más lento, más cercano.
El hombre acercó más a Arianna.
Ella no se apartó.
Santiago perdió la batalla.
Cruzó el bar con pasos largos y decididos.
—Arianna.
Ella giró sorprendida.
Sus ojos se abrieron al verlo.
—¿Santiago?
—Necesito hablar contigo.
—Estoy ocupada —respondió ella, molesta—. ¿No ves?
El tipo levantó las manos.
—Tranquilo, bro.
Santiago ni lo miró.
Sus ojos estaban clavados en ella.
—Ahora.
—No —dijo Arianna—. No tienes derecho a interrumpirme.
—Sí lo tengo.
—No lo tienes —replicó ella—. Ya no.
Santiago respiraba fuerte.
—Suéltala —le dijo al hombre con voz baja y peligrosa.
—Ella no parece incómoda —respondió él.
Arianna cruzó los brazos.
—Exacto.
Eso fue el último empujón.
Santiago, sin pensarlo más, la tomó en brazos.
—¡Santiago! ¿Estás loco?
—Nos vamos.
—¡Bájame ahora mismo!
Las amigas de Arianna se levantaron alarmadas.
—¡Oye! —gritó Camila—. ¡Suéltala!
—Tranquilas —dijo Arianna—. Yo me encargo.
Santiago salió del bar con ella cargada mientras la música seguía sonando detrás como si nada.
En la calle la bajó de golpe.
—¿Qué demonios te pasa? —explotó Arianna—. ¡No tienes ningún derecho!
—¿Bailando así con ese tipo?
—¡Sí! —gritó ella—. Porque puedo. Porque estoy soltera. Porque no soy tuya.
—Nunca dejaste de ser mía.
—No digas eso —respondió herida—. No tienes ese derecho después de todo.
Santiago pasó las manos por su cabello, desesperado.
—Te estaba tocando.
—¿Y qué? —replicó—. ¿Te molesta? ¿Te arde? ¿Eso querías sentir cuando apareces en mi vida como si nada?
—Me vuelve loco —confesó—. Me mata verte con otro.
—Entonces no debiste perderme.
Silencio.
Uno cargado de todo lo no dicho.
—No me perdí —dijo él con voz rota—. Te sigo amando.
Arianna sintió que el pecho se le apretaba.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—¡La verdad llega tarde! —gritó—. Llegó cuando ya me cansé de esperar, de sufrir, de fingir que no dolía.
Santiago se acercó.
—Mírame cuando me digas que no sientes nada.
Ella levantó los ojos.
Brillaban.
—No puedo —susurró.
—Porque todavía me amas.
—Porque todavía me duele —corrigió.
Quedaron a centímetros.
Respiraciones agitadas.
Corazones desbocados.
—No soporté verte con él —admitió Santiago—. Pensé que te estaba perdiendo para siempre.
—Tal vez ya me perdiste —dijo ella.
Eso lo destruyó.
—No —respondió con fuerza—. No me resigno.
—No puedes seguir entrando y saliendo de mi vida cuando te da la gana.
—Nunca quise irme de la tuya.
—Pero lo hiciste.
Silencio otra vez.
—¿Te gustó? —preguntó él de pronto—. ¿Bailar con él?
Arianna dudó.
—Sí.
Santiago cerró los ojos con dolor.
—Pero no fue como contigo —agregó ella—. Nada es como contigo.
Él la miró con intensidad.
—Entonces deja de huir.
—Y tú deja de hacerme sufrir.
Sus cuerpos estaban tan cerca que se sentían.