El reloj marcaba casi la medianoche.
La ciudad parecía dormir, pero el bar donde Santiago y Lucas habían terminado aquella noche estaba lejos de hacerlo. Luces cálidas, música suave de fondo y el murmullo de conversaciones le daban al lugar un aire de refugio. Santiago sostenía un vaso de whisky, observando cómo el hielo giraba dentro como un pequeño mundo propio, mientras el sabor amargo se mezclaba con la memoria que no podía sacudir.
—Hermano… —empezó Lucas, reclinándose en su silla, riendo suavemente—. ¿Por qué tomas tanto? Apenas llegaste y ya vas por el segundo.
—No es por eso —dijo Santiago, sin apartar la mirada del vaso—. Es… otra cosa.
Lucas lo miró con curiosidad, apoyando el codo en la mesa.
—Dime. Siempre me cuentas todo.
—No sé si puedo —susurró Santiago, con voz tensa—. Pero necesito… necesito soltarlo.
Lucas arqueó una ceja, intrigado.
—Vamos, Santi. No me mientas.
Santiago tragó saliva. El alcohol le daba valor y al mismo tiempo lo hacía sentir expuesto. Respiró hondo.
—Antes de irme al extranjero… —comenzó, con la voz casi quebrándose—, me enamoré de alguien.
Lucas sonrió, curioso y alentador.
—¿Y?
—Y… la perdí —dijo Santiago, con un hilo de voz. El hielo en su vaso tintineó al golpear el cristal—. Por… idiota, por inmaduro, por pensar que podía controlarlo todo y terminar perdiéndola antes siquiera de saber cuánto valía.
Lucas lo observó fijamente. Su hermano menor, que siempre parecía fuerte, decidido, tenía ahora la mirada húmeda, los hombros tensos.
—¿Quién era? —preguntó Lucas con cuidado, como si tocar ese nombre fuera abrir un cristal frágil—.
Santiago negó con la cabeza, casi con miedo de pronunciarlo.
—No puedo decirte quién… —murmuró—. Pero era alguien importante. La persona que me hizo sentir que… que la vida podía ser más que planes y responsabilidades. Que había algo real fuera de los negocios, de la rutina, del mundo que creía dominar.
Lucas tragó saliva, entendiendo la magnitud de lo que su hermano le estaba revelando.
—¿Por qué no peleaste por ella? —preguntó, suave, casi temiendo la respuesta.
—Porque fui un idiota —admitió Santiago—. Porque pensé que podía controlarlo todo, que el tiempo me daría otra oportunidad… y no fue así. La dejé ir por miedo, por orgullo, por estupideces. Y cuando volví a darme cuenta de lo que sentía… ya no estaba ahí. Ya no podía.
El silencio cayó pesado sobre ellos, interrumpido solo por la música de fondo y el murmullo de la gente a su alrededor. Santiago se llevó una mano al rostro, cubriéndose los ojos, como si quisiera detener el torrente de emociones que lo asfixiaba.
—Santi… —dijo Lucas con suavidad, colocando una mano sobre la de su hermano—. No es tu culpa del todo. Todos cometemos errores.
—No entiendes —dijo Santiago, retirando la mano y mirando al vacío—. No entiendes cómo es amar a alguien tanto que duele cada respiración. Cada segundo que pasa sin ella es como si el aire se hiciera más pesado. Como si me estuviera hundiendo y no hubiera forma de salvarme.
Lucas sintió un escalofrío recorrer su espalda. Nunca había visto a Santiago así. Nunca tan vulnerable.
—Pero… ¿la amas todavía? —preguntó, con cuidado.
Santiago asintió lentamente, sin levantar los ojos.
—Sí —dijo, apenas un susurro—. Y cada día que pasa siento que la estoy perdiendo más. Que nunca me perdonará… y que tal vez… nunca pueda recuperar lo que tuve.
—Santi… —Lucas comenzó, pero su voz se cortó. No sabía qué decir, cómo consolar a alguien que parecía al borde de derrumbarse—. ¿Y de quién hablas?
Santiago cerró los ojos. Su cuerpo entero temblaba un poco, no solo por el alcohol. Por la culpa. Por el miedo. Por la nostalgia que lo estaba devorando.
—No puedo decirlo —susurró—. No quiero arruinar nada. No quiero que nadie se entere. No quiero… que Lucas sepa. Porque la perdería de otro modo. Porque… si él supiera… arruinaría todo. Nuestra amistad. Su confianza. Todo lo que somos como familia.
Lucas entendió al instante. Algo dentro de él se tensó, pero no presionó más. No necesitaba nombres para sentir la profundidad del tormento de su hermano.
—Santi… —dijo, suavizando la voz—. Solo escucha esto: si todavía la amas, si todavía la quieres… no es demasiado tarde para pelear por ella. Aunque no puedas decirle nada a nadie. Aunque tengas miedo de perder todo lo demás.
Santiago negó, con un hilo de desesperación.
—No es tan simple —dijo—. No puedo arriesgarlo todo. La amistad con Lucas… la familia… Todo se derrumbaría si supieran lo que siento. Pero al mismo tiempo… cada día sin ella me consume. Y no puedo dormir, ni comer, ni concentrarme, porque la veo en cada esquina de mi mente.
Lucas lo miró con intensidad. Sabía que no había forma de convencer a Santiago de que fuera racional. No ahora. No con el corazón roto de ese modo.
—Hermano… —dijo finalmente—. Solo… sé honesto contigo mismo. Con tu corazón. No importa lo que digan los demás.
Santiago respiró hondo, intentando calmar el fuego que le ardía por dentro. Se levantó, tambaleándose ligeramente.
—Es fácil decirlo —susurró—. Pero vivirlo… es otra cosa. Cada vez que la veo… —trató de encontrar palabras— —cada vez que la veo, me recuerda lo que dejé ir. Lo que no supe valorar. Lo que nunca debería haber dejado escapar.
Lucas guardó silencio. Sabía que no podía obligarlo a decir más, a abrir la verdad completa. Sabía que había cosas que Santiago llevaba enterradas demasiado profundo, y que cualquier intento de sacarlas podía romperlo aún más.
—Santi… —dijo de nuevo—. Si alguna vez decides hablar… o hacer algo… estoy aquí. Siempre.
Santiago asintió, con la cabeza gacha. No podía mirarlo a los ojos. No podía confesarle que la persona de la que hablaba era Arianna, que había sido su primer amor verdadero, su secreto más grande, y que cada día lejos de ella era una tortura. No podía decirlo porque si Lucas lo supiera… nada volvería a ser igual.