Arianna juraba que no le importaba.
Eso se repetía cada mañana frente al espejo, mientras se arreglaba para ir a la agencia, mientras tomaba café apurada, mientras repasaba campañas y estrategias.
No me importa.
No me importa.
No me importa.
Pero desde hacía días, Valentina aparecía demasiado cerca de Santiago.
Demasiado cómoda.
Demasiado presente.
Y eso sí le importaba.
La vio apenas entró a la empresa.
Valentina estaba apoyada en el escritorio de Santiago, inclinándose un poco más de lo necesario, riendo con esa risa suave que parecía diseñada para llamar la atención.
Santiago sostenía una carpeta, escuchándola.
No la apartaba.
Eso dolió más de lo que Arianna quería admitir.
—Buenos días —saludó Arianna con voz firme.
Ambos voltearon.
—Ari —dijo Santiago, sorprendido—. Llegaste temprano.
—Trabajo —respondió ella—. No vengo a socializar.
Valentina sonrió amable.
—Hola, Arianna. Santiago me estaba explicando unos detalles del proyecto.
—Qué bien —respondió ella sin emoción—. Veo que tienes mucho tiempo.
Santiago frunció levemente el ceño.
—Estamos coordinando cosas importantes.
—Claro —dijo Arianna—. No querría interrumpir.
Pero no se movió.
Valentina captó la tensión al instante.
—No te preocupes —dijo con dulzura—. Ya me iba.
Antes de irse, apoyó su mano en el brazo de Santiago.
—Luego seguimos hablando.
Ese gesto fue como una bofetada invisible para Arianna.
Cuando Valentina se alejó, el silencio quedó pesado.
—¿Desde cuándo hablan tan… seguido? —preguntó Arianna.
—Es parte del trabajo.
—¿Así de cerca también es parte del trabajo?
Santiago la miró serio.
—¿Te molesta?
—No —mintió—. Solo me parece curioso.
—No tienes por qué ponerte celosa.
—No estoy celosa.
—Arianna…
—No pronuncies mi nombre así —lo interrumpió—. No tienes ese derecho.
Santiago apretó la mandíbula.
—No estás siendo justa.
—¿Justa? —rió sin humor—. Te paseas con ella frente a mí como si nada.
—Valentina es solo una colega.
—Entonces trata de que no parezca otra cosa.
Se miraron con tensión.
—¿Por qué te importa tanto? —preguntó él—. Pensé que querías seguir adelante.
—Eso intento —respondió—. Pero tú no ayudas.
—No te pertenece lo que haga.
—Lo sé —dijo ella—. Pero tampoco tienes que restregármelo en la cara.
Santiago respiró hondo.
—Esto no es sano.
—No —coincidió—. Pero es real.
Esa tarde, Valentina volvió a aparecer.
Esta vez con dos cafés.
—Pensé que necesitarías uno —le dijo a Santiago, entregándole un vaso.
—Gracias.
—¿Y para ti, Arianna? —preguntó sonriendo—. ¿Te gusta con azúcar?
Arianna se sorprendió.
—No, gracias.
—Qué lástima —respondió—. La próxima recordaré.
Santiago notó el gesto incómodo de Arianna.
—No hacía falta —dijo.
—Solo quería ser amable.
Pero Arianna veía claramente la jugada.
Y le ardía.
Valentina se quedó hablando unos minutos más, demasiado cerca, tocando su hombro al reír, inclinándose para mostrarle algo en su celular.
Arianna fingía trabajar.
Pero cada segundo era una tortura.
Hasta que no aguantó más.
—Santiago —dijo firme—. Necesito hablar contigo.
—Ahora estoy ocupado.
Eso fue el golpe final.
—Perfecto —respondió—. Sigue con lo tuyo.
Se levantó y salió de la sala.
Santiago la siguió segundos después.
—Arianna, espera.
Ella se giró bruscamente.
—¿Qué quieres?
—¿Por qué te vas así?
—Porque no pienso seguir siendo espectadora de tu coqueteo.
—No estoy coqueteando.
—No me trates como tonta.
—Te estás imaginando cosas.
—¿Ah, sí? —replicó—. Entonces dime por qué te deja cafés, te toca el brazo, se inclina como si fueran íntimos.
—Eso no significa nada.
—Pero te gusta.
Santiago se quedó en silencio.
Y ese silencio fue una respuesta.
—Lo sabía —susurró Arianna.
—No es eso —dijo él rápido—. Solo es fácil.
—¿Fácil? —rió con amargura—. Claro. Sin pasado. Sin heridas. Sin complicaciones.
—Arianna…
—Con ella no hay dolor, ¿verdad?
—No compares.
—Eso hiciste tú primero —respondió—. La dejaste entrar donde antes estabas tú conmigo.
Santiago se acercó.
—Tú me empujaste lejos.
—Porque me dolías.
—Y me sigues doliendo —confesó—. Pero no puedo seguir esperando que me perdones.
—Entonces no me castigues con otra frente a mis ojos.
—No quiero perderte.
—Pero tampoco luchas como antes.
Se miraron con furia y deseo mezclados.
—¿Te duele verla cerca de mí? —preguntó él.
—Sí —admitió—. Mucho.
—Entonces todavía sientes algo.
—Nunca dije que no.
Silencio.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Te gusta?
Santiago tardó en responder.
—No como tú.
Eso no la calmó.
—Pero sí te gusta.
—Tal vez.
Esa palabra la hirió.
—Entonces sigue con ella —dijo—. Haz tu vida.
—No es lo que quiero.
—Pero es lo que estás haciendo.
Se giró para irse.
Santiago la tomó del brazo.
—No te vayas así.
—Suéltame.
—Arianna…
—¡Suéltame, Santiago!
La soltó.
Pero no dejó de mirarla.
—Esto me está matando —dijo él—. Verte lejos.
—A mí me mata verte con ella.
—Entonces deja de huir.
—Y tú deja de reemplazarme.
Sus respiraciones chocaban.
—No te estoy reemplazando —susurró—. Solo estoy intentando sobrevivir sin ti.
Eso la desarmó.
—Yo tampoco sé cómo vivir sin ti —confesó—. Pero verte con otra me destruye.
Santiago cerró los ojos.
—No quiero a Valentina.
—Entonces demuéstralo.
—¿Cómo?
—No usándola como escudo.
Silencio otra vez.