Valentina no era tonta.
Nunca lo había sido.
Desde el primer día que Santiago mencionó a Arianna —aunque no por nombre— entendió que había una historia grande ahí. Algo inconcluso. Algo que aún dolía. Pero también entendió otra cosa: las historias rotas dejan espacios vacíos. Y los espacios vacíos se pueden llenar.
Solo hacía falta paciencia.
Y decisión.
Durante días observó.
Las miradas que se buscaban.
Las discusiones cargadas de emoción.
El silencio incómodo después de cada encuentro.
Y la verdad era clara: se amaban.
Pero estaban rotos.
Y la gente rota comete errores.
Valentina pensaba ser ese error.
O tal vez… la nueva oportunidad.
Santiago estaba solo en su oficina esa tarde, revisando documentos sin realmente leerlos. Su mente estaba en Arianna, como siempre.
En cómo lo miraba con rabia y deseo al mismo tiempo.
En cómo le dolía verla sufrir por su culpa.
En cómo cada vez parecía más lejos.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—¿Puedo pasar?
Valentina.
—Claro —respondió, dejándose caer en la silla.
Ella entró con paso tranquilo, seguro.
Llevaba un vestido sencillo, pero elegante, y el cabello suelto. No exageraba. Nunca lo hacía. Sabía que lo sutil atraía más.
—Te ves cansado —comentó.
—Lo estoy.
—¿Por Arianna?
Santiago levantó la mirada de golpe.
—¿Es tan obvio?
Valentina sonrió con suavidad.
—Para cualquiera que observe.
Se acercó despacio y se sentó frente a él.
—Santiago… —dijo con voz tranquila—. ¿Por qué sigues haciéndote daño?
—No lo entenderías.
—Tal vez sí.
Silencio.
—Estás atrapado en algo que ya no existe como antes —continuó—. Y mientras luchas por un pasado roto, te pierdes de lo que podría ser distinto.
—No es tan fácil —murmuró él.
—Nunca lo es —respondió—. Pero quedarse en el dolor tampoco es vivir.
Santiago suspiró.
—La amo.
Valentina sintió el golpe, pero no lo mostró.
—Lo sé.
—Entonces no deberías estar aquí diciéndome esto.
—Estoy aquí porque tú también mereces ser feliz —dijo firme—. Aunque no sea con ella.
Él la miró.
—¿Por qué te importa tanto?
Valentina sostuvo su mirada.
—Porque me gustas, Santiago.
El aire cambió.
—Me gustas desde hace tiempo —confesó—. No como colega. No como amiga. Como hombre. Y no pienso seguir fingiendo que no siento nada.
Santiago abrió la boca, pero no salió palabra.
—Sé que amas a Arianna —continuó—. No soy ciega. Pero también sé que ella te está empujando lejos, que no puede perdonarte y que cada día te hace sufrir más.
—No lo hace a propósito.
—Tal vez no —admitió—. Pero lo hace igual.
Se acercó un poco más.
—Yo no te haría daño.
—Valentina…
—Yo no huiría cuando las cosas se ponen difíciles. Yo no te castigaría por errores del pasado. Yo te elegiría todos los días.
Su voz era suave, pero segura.
—Tú mereces a alguien que se quede.
Santiago cerró los ojos un momento.
—Esto no es justo.
—La vida rara vez lo es —respondió—. Pero sí da oportunidades.
Se levantó lentamente y quedó frente a él.
—No te pido que me ames hoy —dijo—. Solo te pido que me dejes acercarme. Que no me cierres la puerta por una historia que ya solo existe en recuerdos.
Santiago la miró.
—No quiero usar a nadie.
—No seré un reemplazo —aseguró—. Quiero ser algo nuevo.
Silencio.
Un silencio pesado.
—Déjame intentarlo contigo —susurró—. Déjame mostrarte que no todo tiene que doler.
Santiago pasó una mano por su rostro.
—Valentina… yo…
—No respondas ahora —lo detuvo—. Solo piénsalo.
Se inclinó y dejó un beso suave en su mejilla.
No invasivo.
No apresurado.
Solo una promesa.
—Cuando quieras dejar de sufrir —susurró—, aquí estaré.
Y salió.
Santiago se quedó inmóvil.
Con el corazón desordenado.
Con la culpa creciendo.
Y con una verdad peligrosa: parte de él estaba cansado de luchar por algo que parecía imposible.
Arianna vio a Valentina salir de la oficina de Santiago.
Y lo vio también a él mirarla irse.
Eso fue suficiente.
El pecho se le apretó.
Entró sin tocar.
—¿Interrumpo?
Santiago levantó la vista.
—Arianna…
—Tranquilo —dijo ella con una sonrisa amarga—. Ya veo que estás ocupado.
—No es lo que piensas.
—Claro que sí.
—Valentina solo vino a hablar.
—Siempre viene a hablar —respondió—. Demasiado.
Santiago se levantó.
—No empieces.
—No empiezo nada —replicó—. Solo estoy cansada de fingir que no me duele.
—¿Y qué quieres que haga?
—No lo sé —confesó—. Pero verla salir de tu oficina como si fuera su lugar… me rompe.
Santiago apretó los puños.
—Ella fue clara conmigo.
Arianna lo miró.
—¿Sobre qué?
Silencio.
Eso fue peor que cualquier respuesta.
—¿Te dijo que le gustas? —preguntó con la voz temblorosa.
Santiago no respondió de inmediato.
—Sí.
El mundo de Arianna se tambaleó.
—¿Y tú qué dijiste?
—Nada.
—Eso ya es una respuesta.
—No lo es.
—Claro que sí —respondió herida—. Si no la rechazaste es porque lo estás considerando.
Santiago suspiró.
—Estoy cansado, Arianna. Cansado de luchar solo.
—¿Solo? —rió con dolor—. Yo también estoy luchando.
—Pero me empujas lejos.
—Porque me duele amarte así.
—Y a mí me duele que no me perdones.
Se miraron con rabia y tristeza mezcladas.
—¿Te gusta ella? —preguntó Arianna directo.
Santiago dudó.
—No como tú.
—Eso no es un no.
—Me agrada.
Eso fue suficiente para romperle algo por dentro.
—Entonces adelante —dijo—. Quédate con ella.
—No quiero perderte.