El Eco de Luna

Capitulo 6: Una nueva experiencia

Fue en una de esas jornadas que lo conocí a él.

Tenía una forma de mirarme que no juzgaba. Hablábamos de libros, de vida, de miedos. Me enamoré, me su risa, de su silencio, de cómo me hacía sentir menos sola.

Pero el amor, a veces, también duele.

Pues, no era para mí, había heridas en él que no podía curar, por más que lo sentía tan cerca, nunca terminó de quedarse. Me aferré a la idea de nosotros, aunque ya se había soltado.

Y quedé sola con ese amor incompleto, como un abrazo que no se termina de cerrar. Aun así, seguía apareciendo cada vez que trataba de olvidarlo…

Afuera, la gente hablaba.

Mis primas, mis tíos, los vecinos.

Siempre hubo quienes necesitaban inventar historias para no enfrentarse a las suyas. Decían que me creía diferente, rara, nadie me quería por ser cara de…. que me escondía en libros por no saber vivir, no era normal ser tan seria, reservada y solitaria.

Tal vez tenían razón.

En la vida fui como los demás, aprendí a dejar de pedir disculpas por eso.

Mi mejor amiga, con su risa salvaje, con sus consejos, siempre estuvo ahí. Mi hermana, que ahora era casi una adolescente, me abrazaba sin decir mucho. Esos momentos me recordaban que la soledad no siempre es ausencia, a veces es espacio sagrado.

Había noches en que me sentía una isla, entendí que ser una isla no es tan malo, si uno aprende a sostener su propio faro.

Justo cuando sentía que empezaba a sostenerme en pie, la vida volvió a probar mi equilibrio.

A mi madre la internaron de urgencia, algo en su cuerpo no andaba bien, aunque hacía tiempo que lo venía negando. Por orgullo, miedo, no querer ir sola al hospital o por no preocuparnos. Pero el cuerpo no perdona, y una mañana no se pudo levantar.

Recuerdo haber estado en la sala del hospital, con el olor a desinfectante pegado a la piel, mirando cómo los médicos iban y venían. No sabía si tenía más miedo de perderla o de enfrentarme a la posibilidad de que esa mujer, tan fuerte en su fragilidad, de pronto se quebrara del todo.

La operaron.

Fueron horas interminables, en las que volví a ser una niña asustada, esperando en un banco frío con los brazos cruzados y la mente llena de oraciones silenciosas.

Esa experiencia la hizo más suave, más consciente. Por primera vez en años, vi a mi mamá llorar sin esconderse... No supe por qué exactamente, pero nos abrazamos, aunque no dijimos mucho, entendí que el amor a veces está hecho de silencios que sanan.

Mientras se recuperaba, note que algo en mí tampoco andaba bien.

Dolores constantes, hinchazón, cansancio que no se explicaba solo por el estrés. Al principio pensé es el ritmo de la universidad, del trabajo, de cuidar a todos menos a mí. El cuerpo, como siempre, habló más claro que la mente.

Después de varios estudios, me explicaron lo que era.

Una paciente con enteropatia sensible al gluten . Una palabra nueva, pero que me cambió todo.

De un día para otro, tuve que aprender a leer etiquetas, a rechazar comidas, a explicar mil veces por qué no podía “comer solo un poquito”.

Comencé a sentirme aún más extraña, si mi cuerpo quisiera decirme que no encajaba, ni siquiera en la comida podía ser parte del mundo como los demás.

Hubo días en los que me enojé, sentía que había pasado por mucho, no quería más restricciones, cuidados, cosas que me hicieran sentir diferente.

Por primera vez, me situé en primer lugar, empecé a escucharme, a prestarle atención a mis necesidades. Aprendí a cocinar para mí, a no sentir culpa por decir “no puedo”. A entender que cuidar a los demás también implica aprender a cuidarse.

Mi mejor amiga fue un refugio, otra vez. Me preparaba cosas sin gluten sin que se lo pidiera, me hacía reír cuando todo parecía gris, me recordaba, sin palabras, que la vida puede doler, también puede ser amable.

Mi hermana menor me miraba como si fuera invencible.

Y aunque no lo era, sentí que tal vez, con todas mis fallas, estaba haciendo las cosas bien.

El dolor, la enfermedad, la soledad, la incomprensión… todo seguía ahí. Pero ya no me definían, no eran el final de nada solo partes de una historia que todavía estaba escribiéndose con pausas, manchas y sobresaltos. Pero mía.

Una tarde cualquiera, mientras la ciudad rugía a lo lejos y en casa todo parecía en pausa, me encontré sola. No una soledad triste, era una soledad necesaria.

Me senté en el patio, con un libro en la mano y una taza de té que no supe si quería tomar o solo sostener.

Cerré los ojos.

Respiré.

Y por primera vez en mucho tiempo, no pensé en nadie más que en mí.

No en lo que debía hacer, ni en lo que otros esperaban. No en mamá, ni en papá, ni en el chico que me rompió el corazón, ni en la universidad, ni siquiera en la enfermedad.

Pensé en mí.

En Luna.

La niña que corría por el campo con los pies descalzos, la adolescente que lloraba en silencio frente al espejo, la joven que se había enfrentado a su historia, a sus sombras, a su propio cuerpo. Pensé en todo lo que había soportado Y sostenido. Y por primera vez… me abracé.




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