El Eco de Luna

Capitulo7: Lo que no se ve

Los sueños empezaron a volverse más claros.

Al principio solo eran imágenes confusas, sensaciones que se deslizaban al despertar. Pero con el tiempo, se volvieron más vívidos, más insistentes. Me veía en lugares que no conocía, con personas que hablaban sin mover los labios. A veces caminaba bajo la lluvia con una sensación extraña en el pecho, como si alguien me estuviera llamando desde muy lejos.

Una noche soñé con mi abuelo.

Estaba joven, fuerte, como nunca lo había visto. Me miraba en silencio y me decía: “Vos ya sabés.”

Nada más. Solo eso. Pero al despertar, esa frase me temblaba por dentro.

Otra noche, soñé que mi gatita me hablaba con su mirada.

Me guiaba por un camino oscuro, lleno de árboles torcidos, como si me protegiera de algo que quería alcanzarme.

Me desperté con la gata dormida sobre mi pecho, respirando como si estuviéramos sincronizadas.

Con el tiempo, entendí que no era una gata común, tenía algo. No solo su forma de mirarme como si supiera mis secretos, o cómo aparecía justo cuando más la necesitaba. Era su energía. Su calma. Su compañía silenciosa. Como si fuera una parte de mí que se había materializado para abrazarme cuando nadie más lo hacía.

A veces pensaba que mi abuelo me la había mandado. Que era un pedazo de ese amor que se había ido con él, volviendo a mi vida con patas suaves y ronroneos curativos.

Pero incluso con su compañía, con la fuerza que empezaba a reconocer en mí misma, el mundo exterior no siempre era justo.

Empezaron a correr rumores.

Mis tíos —los que apenas aparecían, los que no sabían lo que era ir a una farmacia a las siete de la mañana o pasar horas en un consultorio por una receta— empezaron a hablar.

Decían que yo le pedía plata a mi abuela.

Que la usaba.

Que me aprovechaba.

Palabras duras, dichas a espaldas mías pero que llegaban igual, como cuchillos invisibles. Me dolía. No porque fueran ciertas, sino porque venían de mi propia sangre. De gente que jamás se interesó por cómo estaba, pero que ahora sí encontraba tiempo para juzgar.

Mi abuela no decía nada, era un poco terca a la hora de tomar sus medicamentos, de comer las comidas que si debía… pero ella a escondidas se compraba dulces para comer.

Por supuesto que eso mis tíos no sabían, porque claro ellos solo aparecían un domingo para que la abuela solo los cocine, porque nunca tenían tiempo de ir a retirar su medicamento.

Total, estaba yo…..

Y trataba. De verdad. Pero había días en los que todo pesaba demasiado. Cada vez que los veía quería gritarles de todo en la cara, pero me aguantaba, me mordía la lengua, por respeto.

Los sueños, los estudios, la enfermedad celíaca, la tristeza crónica, los murmullos ajenos, el trabajo, la soledad profunda que ni el amor de mi hermana o de mi gatita podía desarmar del todo.

Había noches en las que no dormía solo escondía mi cara en el lomo suave de mi gata. Ella se quedaba ahí, sin moverse. Como si supiera. Como si, en vez de huir, eligiera acompañarme en el dolor.

Y entonces, lo entendí.

Ella no era solo una mascota.

Era mi refugio. Mi ancla. La prueba de que aún existía algo puro en el mundo. Que el amor verdadero no siempre viene de donde lo esperas, pero cuando llega, te sostiene sin condiciones.

En mis visiones, comencé a verla. A veces caminando delante de mí, llevándome a una puerta cerrada. Otras, mirándome desde lo alto de un árbol, como si esperara que yo al fin entienda.

Y entendí.

Entendí que no estaba sola.

Que había algo más grande que todo esto. Que mis heridas no eran solo dolores: eran caminos.

Y que por más que hablaran de mí, por más que intentaran ensuciar mi nombre, por más que la vida me golpeara, yo tenía algo que nadie me podía quitar: mi verdad.

Y esa verdad… ya no pensaba esconderla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.