El Eco de Luna

Capitulo 8: Lo que vuelve, lo que se queda

Ese año todo parecía moverse como un río sin control.

Y justo cuando ya había aprendido a dejar ir, volvió él.

El chico que me había marcado con un amor que no supo quedarse, el que se fue sin cerrar la puerta del todo, el que había dolido, mucho. Apareció otra vez, esta vez caminando por los mismos pasillos que yo.

Fue como si el tiempo me jugara una mala pasada. Verlo fue un golpe seco en el pecho, no me habló al principio, pero su presencia bastaba.

Me sacudía, me revolvía todo, lo había amado tanto que me había olvidado de mí. Y ahora, ahí estaba como si nada.

Pero yo ya no era la misma.

Ese mismo año, empecé a perder la voz. Sentía algo extraño en la garganta. Un dolor persistente, una presión que no desaparecía. Me hicieron estudios. Nódulos, dijeron. Tenía que cuidarme. Usar barbijo. Evitar forzarme. Ir a controles. Hablar menos.

Y como si fuera poco, llegó la pandemia.

El mundo se detuvo. Las calles se vaciaron. Las clases se volvieron una pantalla. Las visitas se cancelaron. Las rutinas murieron.

Y, por primera vez, dejé de ser la cuidadora.

Mi abuela pasó a manos de uno de mis tíos. Fue raro. Raro no tener que salir a buscar recetas, raro no correr de un lado a otro, raro tener tiempo para mí. Pero también fue un alivio. Y un espacio nuevo.

Por primera vez, me di prioridad.

Confinada en mi casa, empecé a mirar hacia adentro. Y también hacia otro lugar. Empecé a ver dramas coreanos. Al principio por mi hermana y por curiosidad, pero después me atraparon. Me encontré viendo historias, riendo sola, admirando esa forma tan distinta de contar el amor, el dolor, los vínculos.

Y descubrí el K-pop. Esa música que parecía energía pura. Letras que no entendía del todo, pero que mi corazón sí. Me sentí viva. Me sentí conectada con algo nuevo. Con algo mío.

Mi bella gatita se acurrucaba conmigo mientras yo miraba los dramas o cantaba bajito un estribillo que no sabía pronunciar. Ella siempre entendía.

Y entonces, en medio de ese caos, decidí cerrar el círculo.

Él volvió a acercarse. Como si nada. Como si el tiempo no doliera. Como si pudiera volver a entrar.

Pero no.

Esta vez no.

Le dije que no. Que no iba a abrirle la puerta. Que ya no era la misma chica que lo esperó. Que lo amó en silencio. Que sufrió su ida.

Y fue duro. Pero fue mío.

Fue el momento en que solté, al fin, ese amor incompleto.

En medio de una pandemia. Con nódulos en la garganta. Con un barbijo cubriéndome la boca, pero no la voz interior. Con música extranjera de fondo. Con ella ronroneando. Y con la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, me elegía a mí.

El mundo podía estar en pausa.

Pero yo, por dentro, por fin empezaba a caminar.

Esa pandemia vino a limpiarme, a solo pensar en mi y en mi bienestar físico y psicológico. Sin darme cuenta depure todo eso que me hacía mal, eso que me dolía.

Esta pandemia me sano y por fin pude soltar eso que no podía.

Empecé a interesarme en los horóscopos, en el tarot, en como manifestar. Y por supuesto mis gustos empezaron a cambiar.

Sobre todo, me empezó a gustar la cultura asiática. Es como si una parte de mi supiera que en otra época había vivido alli…

En su parte estar encerrados me alivio una parte y me hizo conocer otra parte que no conocía, aprendí a ponerme yo en primer lugar.




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