El Eco de tu Primer SÍ

Capítulo 2: La luz perdida

El pequeño objeto que rodó sobre el terciopelo verde no era una pieza de relojería común. Era un anillo de oro fino, tan delgado que parecía un hilo de luz, coronado por una piedra pequeña y transparente que no brillaba por fuera, sino que parecía contener una chispa interna, atrapada en el tiempo. Mateo lo tomó con las pinzas de precisión, sintiendo que sus manos, usualmente firmes como la roca, temblaban imperceptiblemente. No había rastro de óxido, ni del paso de las décadas. El anillo estaba impoluto, como si hubiera sido depositado allí esa misma mañana por una mano invisible.

Con el corazón golpeando sus costillas con la misma insistencia que un segundero desbocado, Mateo volvió a mirar por la ventana del taller. La mujer del abrigo oscuro seguía allí, pero ahora se había girado. Su rostro, enmarcado por una melena azabache que el viento marino enredaba sin piedad, buscaba algo entre las fachadas desconchadas de Puerto Esmeralda. Mateo se sintió como un intruso observando un milagro; ella representaba la antítesis de su mundo ordenado. Él era el hombre de los engranajes; ella parecía la dueña de lo etéreo.

—¿Quién eres, Mirjana? —susurró, aunque ni siquiera estaba seguro de que el nombre grabado fuera el suyo.

Decidió que no podía quedarse allí, encerrado entre paredes de madera y aceite, mientras el destino desfilaba por la plaza. Se puso la chaqueta de lona, guardó el cronómetro y el anillo en el bolsillo más cercano a su pecho y salió a la calle. El aire frío de la mañana le llenó los pulmones, recordándole que su propia vida latía más allá de la mecánica.

Mirjana, mientras tanto, sentía que sus pies no tocaban el suelo de piedra, sino que caminaban sobre las páginas de un cuento que su abuela le contaba para dormir. Puerto Esmeralda era exactamente como lo había imaginado: un lugar donde la nostalgia se podía tocar, donde el salitre pegado a las paredes contaba historias de marineros que nunca volvieron y de mujeres que nunca dejaron de esperar. Sostenía su cámara Leica con fuerza, pero no se atrevía a encenderla. Tenía miedo de que, al capturar una imagen, la magia se rompiera y el pueblo se desvaneciera como un espejismo.

Se detuvo frente a una antigua relojería cuya fachada de madera azul descolorida parecía resistir el paso de los siglos por pura testarudez. En el escaparate, una hilera de relojes de cuco y cronómetros de bolsillo dormían bajo una fina capa de polvo. Un cartel pequeño, escrito a mano, anunciaba: Varga - Restauración de Tiempo.

—Varga —repitió ella en voz alta, y el nombre le supo a chocolate amargo y a promesas antiguas.

En ese momento, la puerta de la tienda se abrió con un gemido de bisagras oxidadas. Un hombre joven salió al umbral. Era alto, de hombros anchos pero con una postura que denotaba una timidez profunda. Su cabello castaño estaba ligeramente desordenado y sus ojos, de un gris tormentoso, se clavaron en los de ella con una intensidad que la obligó a retroceder un paso. Mirjana sintió un calambre eléctrico recorrerle la columna. No era el miedo a lo desconocido, sino el vértigo de reconocer algo que nunca había visto.

Mateo se quedó petrificado. De cerca, la mujer era aún más hermosa, pero era una belleza herida, cargada de una melancólía que él reconoció al instante porque era la misma que habitaba en los espejos de su propia casa. Sus ojos eran oscuros, profundos como un pozo de deseos, y en ellos leyó una búsqueda desesperada.

—¿Buscas a alguien? —preguntó él, y su voz sonó más ronca de lo habitual, rota por el desuso.

Mirjana tragó saliva. Quiso decir que buscaba una respuesta, que buscaba el significado de una carta que le quemaba en el bolso, que buscaba el "sí" que su linaje le debía al universo. Pero solo pudo articular una pregunta más sencilla, la que el instinto le dictó.

—Busco a la persona que puede arreglar lo que el tiempo detuvo —respondió ella, señalando con un gesto vago el escaparate.

Mateo metió la mano en su bolsillo y sus dedos rozaron el metal frío del cronómetro. Sintió que la plata vibraba, un latido artificial que buscaba desesperadamente el calor de la piel de la mujer. No era una reparación ordinaria. Era la primera vez en su vida que el tiempo no le pedía herramientas, sino que le pedía el alma. Sin decir una palabra, se hizo a un lado, invitándola a entrar en su refugio, en el santuario donde los segundos volvían a nacer.

Al entrar, Mirjana se detuvo en seco. El sonido era abrumador: cientos de tics y tacs de diferentes ritmos y tonos, una sinfonía caótica que, sin embargo, lograba crear un silencio interior absoluto. Caminó entre las mesas de trabajo, observando las diminutas piezas esparcidas como estrellas en un firmamento de metal.

—Este lugar... —comenzó ella, pero se detuvo al ver el cronómetro de plata que Mateo acababa de depositar sobre el terciopelo verde de la mesa central—. ¿De dónde lo has sacado?

Mateo la observó, notando cómo el color desaparecía de sus mejillas.

—Me lo han dejado esta mañana. No tiene remitente. Pero tiene grabado un nombre que me resulta familiar por razones que no puedo explicar —dijo él, acercándose un poco más, rompiendo la barrera de seguridad que siempre ponía entre él y el resto del mundo—. Se llama Mirjana. Como tú, supongo.

Ella extendió una mano temblorosa, pero antes de tocar el objeto, el cronómetro hizo algo que desafiaba toda ley física. Sin que nadie le hubiera dado cuerda, sin que Mateo hubiera terminado de limpiar la seda roja que bloqueaba el mecanismo, la aguja del segundero dio un salto.

Tic.

Un solo movimiento, un solo segundo recuperado del olvido. Pero no fue el sonido del metal lo que los dejó sin aliento, sino lo que ocurrió fuera. En ese preciso instante, el viejo faro de la colina, que llevaba apagado más de cincuenta años y cuya maquinaria se consideraba inservible, emitió un destello cegador que iluminó el taller como si fuera mediodía, proyectando la sombra de ambos, unida, sobre la pared del fondo.




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