El silencio que siguió a la lectura de la nota era tan denso que Mateo podía escuchar el roce de la seda contra el papel en el fondo de su bolsillo. Mirjana lo observaba con una mezcla de esperanza y temor, sus ojos oscuros buscando en los de él una explicación que Mateo no se sentía capaz de dar. La luz del faro se había extinguido tan rápido como apareció, dejando tras de sí un rastro de puntos brillantes en su visión y una atmósfera cargada de electricidad estática.
—¿Qué dice? —preguntó ella en un susurro, estirando la mano hacia la nota que Mateo mantenía apretada en su puño—. Mateo, por favor. Ese sobre... ese sobre es la única razón por la que no me rendí hoy.
Mateo dudó. Sus dedos apretaban el anillo de oro y el pequeño papel con una fuerza que le hacía doler los nudillos. Si la advertencia era cierta, la joya que llevaba oculta era una llave y, al mismo tiempo, una condena. Miró el rostro de Mirjana, tan lleno de una inocencia que contrastaba con la madurez de su mirada, y decidió que la verdad, aunque fuera parcial, era la única forma de protegerla.
—Es una instrucción —mintió sutilmente, suavizando el tono de su voz—. Dice que el cronómetro y tú estáis conectados. Que este lugar es donde la historia debe continuar. Pero hay reglas, Mirjana. Reglas que ni siquiera yo entiendo todavía.
Él no le mencionó el anillo. No le dijo que llevaba en su bolsillo el objeto que podía apagar el "eco" de su encuentro. En su mente de relojero, Mateo comenzó a trazar un diagrama invisible de causas y efectos: el faro, el cronómetro, la mujer y el anillo. Todo formaba parte de una maquinaria ancestral que acababa de ponerse en marcha, y él era el único encargado de que ninguna pieza saltara por los aires.
Mirjana exhaló un suspiro de alivio que pareció desinflar toda la tensión de sus hombros. Se acercó a la mesa de trabajo y, con una delicadeza extrema, rozó con la punta de los dedos el cristal del cronómetro.
—Mi abuela siempre decía que el tiempo no es una línea, sino un círculo —dijo ella, hablando más para sí misma que para él—. Decía que las promesas que no se cumplen en una vida, quedan flotando en el aire como semillas, esperando que alguien con el mismo corazón las recoja y las siembre de nuevo. Ella murió llamando a un hombre que nunca regresó del mar. Un hombre que, según las fotos viejas que encontré, se parecía mucho a ti.
Mateo sintió un nudo en la garganta. Se acercó a ella, quedando a escasos centímetros. El aroma de Mirjana, una mezcla de lluvia fresca y un perfume antiguo de violetas, lo envolvió por completo.
—Mi abuelo, Esteban Varga, fue el que fundó este taller —confesó Mateo con voz baja—. Él nunca se casó. Decía que su corazón se había quedado atrapado en un segundo específico de su juventud y que no tenía sentido seguir viviendo el resto de las horas con otra persona. Siempre pensé que era la locura de un viejo enamorado de sus relojes... hasta hoy.
Mirjana levantó la vista y, por un momento, el mundo exterior desapareció. No había Nueva York, ni exposiciones fallidas, ni deudas, ni miedos. Solo estaban ellos dos, rodeados por el murmullo rítmico de cientos de relojes que parecían celebrar el reencuentro de dos almas que se habían buscado a través de las décadas.
Ella sacó del sobre el recorte de periódico que mencionaba el faro.
—Alguien nos trajo aquí, Mateo. Alguien que sabía que tú tendrías el reloj y que yo recibiría esta carta. Mira la fecha del recorte.
Mateo tomó el papel amarillento. La noticia sobre la reapertura del faro era de hace meses, pero alguien había escrito a mano en el margen: "La luz solo brillará cuando el primer sí sea pronunciado de nuevo".
—El faro se encendió cuando entraste —observó Mateo, sintiendo que las piezas del rompecabezas empezaban a encajar con un clic metálico—. No fue un fallo eléctrico. Fue una señal.
Mirjana sonrió, y fue como si la luz que tanto le había costado capturar con su cámara regresara de golpe a su rostro. Fue una sonrisa de pura inocencia, de esa que solo se tiene cuando el primer amor asoma por el horizonte, sin saber aún que el camino está lleno de espinas.
—Entonces, ¿me ayudarás? —preguntó ella, extendiendo su mano hacia él, con la palma hacia arriba, en un gesto de confianza absoluta.
Mateo miró su mano. Sabía que si la tomaba, entraría de lleno en una historia que superaba cualquier manual de mecánica. Miró el cronómetro, que seguía marcando los segundos con una fuerza renovada, y luego la miró a ella.
—Te ayudaré a encontrar ese "sí", Mirjana. Aunque tenga que detener el tiempo para lograrlo.
Él extendió su mano para estrechar la de ella, pero justo antes de que sus pieles se tocaran, un ruido seco y violento resonó en el taller. Uno de los grandes relojes de pared, un modelo de péndulo que no había funcionado en años, soltó un golpe metálico y su cuerda se rompió con un estruendo, haciendo que varias piezas de cristal saltaran por los aires.
Mateo reaccionó por instinto, cubriendo el cuerpo de Mirjana con el suyo para protegerla de los fragmentos. En la confusión del momento, el anillo que Mateo guardaba en su bolsillo se deslizó hacia el borde de la tela, a punto de caer sobre la mano de la joven.
El corazón de Mateo se detuvo. Si el anillo tocaba la piel de Mirjana en ese instante de caos, la advertencia de la nota se cumpliría y el eco se apagaría para siempre.