El estrépito del cristal rompiéndose contra el suelo de madera resonó como un disparo en la quietud del taller. Mateo sintió el impacto del cuerpo de Mirjana contra el suyo; era cálida, vibrante y asustadamente frágil. En un acto reflejo, él la rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su cabello para protegerla de cualquier astilla errante, mientras el péndulo del viejo reloj seguía balanceándose de forma errática antes de quedar inerte.
Fue en ese microsegundo de caos cuando Mateo sintió el peso del anillo de oro deslizándose. La advertencia de la nota —“si el anillo toca su piel antes de la hora señalada, el eco se apagará para siempre”— gritó en su mente con más fuerza que el ruido del cristal. Con una agilidad nacida del pánico, Mateo cerró su puño con fuerza sobre la tela de su chaqueta, atrapando la joya justo antes de que esta asomara por el borde del bolsillo. El metal frío quedó prisionero entre sus dedos y el forro de la prenda, a milímetros de la mano de Mirjana que descansaba sobre su pecho.
Se quedaron así un momento eterno. El tiempo, que Mateo siempre había creído dominar, parecía haberse expandido. Podía sentir el latido acelerado del corazón de ella golpeando contra su palma, un ritmo salvaje e inocente que ningún mecanismo de relojería podría imitar jamás.
—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz quebrada, sin soltarla, temiendo que cualquier movimiento brusco liberara el anillo de su cautiverio.
Mirjana asintió lentamente, levantando la mirada. Estaba tan cerca que Mateo pudo ver las pequeñas motas doradas en sus iris oscuros. No había miedo en su expresión, sino una especie de asombro místico, como si el estallido del reloj no hubiera sido un accidente, sino un aplauso violento de la realidad.
—Estoy bien —susurró ella, aunque no hizo amago de separarse—. Ha sido… como si el taller hubiera dado un grito.
Mateo se obligó a retroceder un paso, asegurándose de que el anillo estuviera a salvo en el fondo del bolsillo. La distancia entre ellos se sintió de repente como un vacío físico, un frío que el fuego del taller no podía aplacar. Ella se alisó el abrigo, tratando de recuperar la compostura, aunque sus mejillas conservaban un rubor encendido.
—Lo siento —dijo él, señalando los restos del reloj de pared—. Ese reloj ha estado muerto por décadas. No debería haber tenido tensión suficiente en la cuerda para romperse de esa manera. Nada de lo que está pasando hoy sigue las leyes de la física que conozco.
Mirjana se agachó para observar un fragmento de cristal que brillaba en el suelo, pero Mateo la detuvo con un gesto.
—No lo toques, podrías cortarte. Deja que yo me encargue.
Mientras él buscaba un cepillo para limpiar el desastre, Mirjana caminó hacia la parte trasera del taller, atraída por una estantería llena de cuadernos de cuero ajados. Eran las bitácoras de Esteban Varga. Sus dedos rozaron los lomos desgastados hasta que se detuvieron en uno que tenía una cinta de seda roja, idéntica a la que Mateo había extraído del cronómetro, asomando entre las páginas.
—Mateo, mira esto —dijo ella, con la voz cargada de una nueva urgencia.
Él dejó el cepillo y se acercó. Mirjana abrió el cuaderno por la página marcada. No había dibujos técnicos ni listas de piezas. Había un mapa hecho a mano de Puerto Esmeralda, pero con anotaciones extrañas. Ciertos puntos del pueblo estaban marcados con coordenadas temporales en lugar de geográficas: "Acantilado de las Almas - 18:42", "Callejón del Suspiro - 03:15", "El Faro - El Primer Sí".
En el centro del mapa, una frase escrita con una caligrafía idéntica a la de las notas recientes les heló la sangre a ambos: "Lo que el abuelo calló, el nieto lo escuchará. Lo que la abuela lloró, la nieta lo verá".
—Es una guía —concluyó Mateo, sintiendo que el destino no solo los había reunido, sino que les estaba marcando una ruta—. Mi abuelo no solo reparaba relojes; estaba cartografiando momentos. Momentos que se quedaron suspendidos en el tiempo, como este taller.
Mirjana pasó la página y encontró un boceto de ella misma... o al menos de alguien idéntica a ella, sosteniendo una cámara fotográfica antigua, de fuelle, mirando hacia el mar con una expresión de espera infinita. Debajo del dibujo, una sola palabra: Eternidad.
—Esa es mi abuela —dijo Mirjana, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Ella siempre decía que Puerto Esmeralda era el único lugar donde el pasado y el presente se daban la mano.
Mateo sintió un impulso irreprimible de consolarla, de borrar esa tristeza que parecía heredada de generaciones anteriores. Se dio cuenta de que su misión ya no era solo proteger el anillo o reparar el cronómetro; era proteger la esperanza que acababa de nacer en los ojos de Mirjana.
—El mapa marca el acantilado como el primer punto —dijo Mateo, tratando de sonar firme—. Si queremos entender por qué estamos aquí y qué es este "Primer Sí", tenemos que seguir estas marcas. El sol empezará a caer pronto, y la hora marcada en el acantilado es la de la puesta de sol.
Mirjana cerró el cuaderno y lo estrechó contra su pecho como si fuera un tesoro sagrado.
—Entonces no perdamos más tiempo —respondió ella con una determinación que encendió una chispa de admiración en Mateo—. Si el tiempo se ha detenido para esperarnos, no deberíamos hacerlo aguardar más.
Salieron del taller justo cuando el cielo de Puerto Esmeralda comenzaba a teñirse de un violeta profundo y melancólico. El viento soplaba con más fuerza, trayendo consigo el aroma de las hortensias y el rugido del mar chocando contra las rocas. Mientras caminaban por la senda que subía hacia el acantilado, Mateo mantenía su mano en el bolsillo, aferrado al anillo, sintiendo que cada paso los acercaba a una verdad que podría salvarlos o separarlos para siempre.