El viento en el acantilado pareció congelarse en el instante en que la estructura de madera se materializó sobre el abismo. No era una alucinación; era una puerta física, de roble oscuro y herrajes de bronce, que flotaba donde solo debería haber aire y salitre. El crujido de sus bisagras invisibles resonó en el pecho de Mateo, un sonido seco que se mezclaba con el latido del cronómetro que aún llevaba en el bolsillo.
Mirjana retrocedió, con la cámara golpeando rítmicamente contra su pecho, su rostro pálido bajo la luz agonizante del atardecer. Mateo, impulsado por una fuerza que no nacía de la razón sino del instinto, dio un paso hacia el borde. La figura traslúcida que ella había visto en el visor de la cámara ya no era perceptible a simple vista, pero él sentía un calor extraño en su hombro izquierdo, una presión familiar, como la mano de su abuelo guiándolo hacia la mesa de trabajo cuando era niño.
—No te acerques más, Mateo —suplicó Mirjana, su voz apenas un hilo que se perdía en el rugido del mar—. No es real. No puede serlo.
—El mapa decía que este era el lugar —respondió él, sin apartar la vista de la puerta—. "Acantilado de las Almas - 18:42". Mira el sol, Mirjana. Está ocurriendo justo ahora.
La puerta se entreabrió apenas unos centímetros. De su interior no salió oscuridad, sino una ráfaga de aroma a café recién molido y vainilla, un olor que no pertenecía a la salinidad del acantilado, sino a un hogar acogedor. En ese momento, el cronómetro de plata en el bolsillo de Mateo comenzó a arder. No era un calor hirviente, sino una vibración frenética, como si el objeto estuviera desesperado por cruzar ese umbral.
—Es una invitación —murmuró Mateo. Se giró hacia ella y, con una delicadeza que buscaba calmar su terror, le extendió la mano—. Dijiste que querías encontrar ese "sí". El mapa nos trajo aquí. Si nos quedamos en la orilla, nunca sabremos qué historia estamos reparando.
Mirjana miró la mano extendida de Mateo. Sus dedos largos, manchados levemente con la tinta y el aceite del taller, le ofrecían la única seguridad en un mundo que acababa de romperse. Ella recordó la nota de su sobre: "Es hora de cumplir tu primer sí". Aquella frase no era solo sobre el pasado; era un desafío para su presente. Con un suspiro tembloroso, deslizó su mano sobre la de él.
En el momento en que sus palmas se tocaron, la puerta se abrió de par en par con un estallido de luz dorada. El vacío del acantilado desapareció. Mateo tiró suavemente de ella y, juntos, cruzaron el umbral.
El cambio fue instantáneo. El frío del viento marino fue sustituido por un calor seco y reconfortante. El suelo ya no era hierba y roca, sino baldosas damasquinadas en blanco y negro. El rugido del océano se transformó en el murmullo de conversaciones bajas y el tintineo de cucharillas contra la porcelana. Estaban en un establecimiento que parecía detenido en una burbuja de oro: "El Café de las Horas".
Mirjana parpadeó, confundida. El café era idéntico al que estaba en la plaza del pueblo, pero al mismo tiempo era profundamente distinto. No había clientes modernos con teléfonos móviles ni ruidos de tráfico. Los relojes que colgaban de las paredes no daban horas de diferentes ciudades; todos, absolutamente todos, marcaban las 18:42, y sus péndulos se movían al unísono, creando un latido colectivo que llenaba el espacio.
—Estamos... ¿dentro del café? —preguntó Mirjana, soltando la mano de Mateo para tocar una de las mesas de mármol frío—. Pero estábamos en el acantilado... yo... vi la puerta...
Mateo no respondió. Sus ojos estaban fijos en la barra del fondo. Allí, de espaldas a ellos, un hombre joven de hombros anchos y cabello castaño ordenaba unas tazas de porcelana. Llevaba el mismo delantal de lona que Mateo usaba en el taller, pero en una versión impecable, nueva.
—¿Abuelo? —la voz de Mateo fue apenas un susurro quebrado.
El hombre de la barra se tensó, pero no se giró. En su lugar, una mujer de una belleza deslumbrante, con un vestido de flores y una cámara fotográfica de fuelle colgada al cuello, salió de la cocina con una bandeja. Al ver a los recién llegados, la mujer dejó caer la bandeja. El sonido de la porcelana rompiéndose fue idéntico al estallido del reloj de pared en el taller de Mateo.
Mirjana ahogó un grito. La mujer era su viva imagen, pero con una luz en los ojos que Mirjana sentía que ella misma había perdido hacía años.
—Habéis tardado mucho —dijo la mujer del vestido de flores, con una voz que sonaba como el eco de una campana—. Llevamos sesenta años esperando para servir este café.
El hombre de la barra se giró lentamente. Era Esteban Varga en su juventud, el reflejo exacto de Mateo. No había fantasmas allí, no había sombras traslúcidas; se sentían tan reales como la sangre que corría por las venas de los jóvenes. Esteban miró a Mateo y luego sus ojos bajaron al bolsillo donde el nieto guardaba el cronómetro y el anillo.
—El tiempo es un mecanismo delicado, hijo —dijo Esteban con una gravedad serena—. Si has traído el anillo, significa que estás listo para escuchar la verdad. Pero ten cuidado: en este café, las verdades pesan más que las horas.
Mirjana se acercó a la mujer, que no era otra que su abuela en la plenitud de su vida. Las dos versiones de Mirjana se miraron, el presente y el pasado frente a frente. La abuela extendió una mano y rozó la mejilla de su nieta.
—Viniste por el "sí" —susurró la anciana joven—. Pero para pronunciarlo, primero tienes que entender por qué nosotros dijimos "no".
Mateo sintió que el anillo en su bolsillo comenzaba a pulsar con una intensidad dolorosa. Recordó la advertencia de la nota: si el anillo tocaba la piel de Mirjana antes de tiempo, todo se acabaría. Pero allí, en ese café fuera del tiempo, las reglas parecían estar desdibujándose.