El Eco de tu Primer SÍ

Capítulo 6: Engranajes oxidados

El aroma del café que humeaba frente a ellos era tan intenso que parecía tener texturas, una mezcla de chocolate amargo y recuerdos que Mateo no sabía que poseía. Pero el calor del lugar no lograba disipar el frío que le produjo la visión de aquella sombra tras el cristal. Era una mancha de oscuridad absoluta que devoraba la luz dorada del café a su paso, una presencia que se sentía como el vacío entre dos latidos.

Esteban Varga, el abuelo, no miró hacia la ventana. Su atención estaba centrada en las manos de su nieto, que seguían crispadas sobre la mesa de mármol.

—No mires hacia afuera, Mateo —advirtió Esteban con una voz que vibraba como una cuerda de piano—. Esa sombra es el Olvido. Es lo que sucede cuando una historia se queda a medias. Si dejas que te distraiga, el segundero correrá más rápido.

Mirjana, sentada frente a Mateo, tenía la mirada fija en su propia abuela. La mujer del vestido de flores se sentó a su lado y, con un gesto lleno de una ternura infinita, colocó una pequeña caja de madera sobre el mantel de seda roja.

—Sesenta años atrás —comenzó la abuela con un suspiro que pareció mover las cortinas del café—, tu abuelo y yo estuvimos sentados en esta misma mesa. Yo tenía mi cámara y él tenía su cronómetro. Éramos jóvenes, estábamos llenos de planes y creíamos que el amor era algo que se podía poseer, como un objeto precioso. Pero Puerto Esmeralda tiene sus propias exigencias.

Mateo sintió que el cronómetro en su bolsillo se enfriaba de golpe, pasando del calor ardiente a un frío glacial. Lo sacó y lo colocó sobre la mesa. Al contacto con el mármol, el segundero del reloj de la entrada dio un salto violento hacia atrás, restándoles cinco minutos de golpe.

—¿Por qué dijeron que no? —preguntó Mateo, su voz resonando en el silencio del café—. En las fotos parecían tan... predestinados.

Esteban se acercó y colocó su mano callosa sobre la de Mateo. El contacto se sintió real, sólido, un puente entre dos tiempos.

—Porque tuvimos miedo —confesó Esteban con una amargura que los años no habían logrado suavizar—. Nos dijeron que para que nuestro amor fuera eterno, debíamos renunciar a nuestras ambiciones. Yo debía dejar la relojería y ella debía dejar su arte. Nos pidieron un "sí" absoluto el uno al otro, pero un "no" rotundo a nosotros mismos. Y en aquel momento, la juventud es egoísta. Elegimos nuestras pasiones individuales y rompimos el hilo.

Mirjana abrió la pequeña caja de madera. En su interior, sobre un lecho de terciopelo desgastado, había una fotografía en blanco y negro. En ella se veía a Esteban y a la abuela en el faro, pero sus rostros estaban borrosos, como si el tiempo hubiera intentado borrar sus identidades por no haber cumplido la promesa.

—Ese es el eco que os ha traído aquí —continuó la abuela de Mirjana—. Una deuda emocional que ha pasado de sangre en sangre. El "primer sí" no es un contrato, es la aceptación de que el otro es tu verdadero hogar, por encima de cualquier éxito o miedo. Nosotros fallamos en el acantilado. El miedo a perdernos a nosotros mismos nos hizo perdernos el uno al otro.

De repente, el tintineo de las cucharillas contra la porcelana se volvió estridente. El reloj de la entrada empezó a girar sus agujas con una velocidad aterradora. La sombra tras el cristal golpeó el vidrio con una fuerza sorda, y una grieta empezó a dibujarse en el ventanal.

—¡El tiempo se agota! —exclamó Esteban, poniéndose en pie—. Mateo, el anillo. No es solo una joya, es el sello de la voluntad.

Mateo sintió que el pánico le cerraba la garganta. Recordaba la advertencia de la nota sobre no tocar la piel de Mirjana con el anillo antes de la hora señalada, pero ¿cuál era la hora señalada si estaban en un lugar donde todos los relojes marcaban lo mismo?

Mirjana se levantó, su rostro iluminado por una determinación que la hacía parecer una diosa antigua. Extendió su mano hacia Mateo, pero esta vez no buscaba su palma, sino que señalaba el cronómetro sobre la mesa.

—Mateo, mira la maquinaria —dijo ella con voz firme—. No está bloqueada por seda roja. Está bloqueada por...

Mateo se acercó y, usando su lupa de relojero que siempre llevaba consigo, observó el corazón del cronómetro de plata. Entre los dientes del volante, no había seda. Había una diminuta gota de una sustancia cristalina, dura como el diamante.

—Es una lágrima —susurró Mateo, estupefacto—. Una lágrima petrificada.

—Es la lágrima de mi abuela cuando se despidió en el acantilado —dijo Mirjana, mirando a la anciana joven, que asintió en silencio—. Solo un acto de amor puro puede disolverla.

En ese momento, el cristal del ventanal estalló. No entraron fragmentos de vidrio, sino jirones de esa sombra de olvido que empezó a envolver las mesas, apagando las luces doradas del café. Esteban y la abuela empezaron a desvanecerse, volviéndose traslúcidos, sus voces convirtiéndose en susurros que el viento se llevaba.

—¡Corre, Mateo! —gritó el abuelo desde la distancia—. ¡Llévala al faro! ¡El café está colapsando!

Mateo agarró el cronómetro con una mano y, con la otra, tomó el brazo de Mirjana, teniendo un cuidado extremo de no dejar que el anillo, que aún sentía en su bolsillo, entrara en contacto con ella. Corrieron hacia la puerta por la que habían entrado, pero el suelo del café empezó a transformarse en arena, hundiéndose bajo sus pies.

Mirjana tropezó y estuvo a punto de caer en el vacío de sombras que se abría en el centro del establecimiento. Mateo la sujetó por la cintura, izándola con fuerza. En el forcejeo, el anillo se deslizó fuera del bolsillo y quedó suspendido en el aire por un segundo que pareció durar una hora.




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