El Eco de tu Primer SÍ

Capítulo 7: La fotografía borrosa

El sonido del martillo golpeando la madera de la puerta principal resonó en el cráneo de Mateo como si fuera el mismo mecanismo del tiempo rompiéndose en mil pedazos. Mirjana se incorporó, con el cabello revuelto y la respiración entrecortada, mirando a su alrededor con la desorientación de quien acaba de despertar de un sueño de siglos. El taller, que antes era su refugio de luz dorada, ahora se sentía frío, cargado de una humedad opresiva que calaba hasta los huesos.

—¿Embargado? —susurró Mirjana, leyendo el reverso del cartel a través del cristal de la puerta—. Mateo, estuvimos allí solo un momento... El café, tus abuelos... ¿Cómo puede ser mañana?

Mateo no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en el cronómetro de plata. El anillo, ahora fundido de manera imposible con el bisel del reloj, emitía un brillo tenue, una pulsación que parecía marcar un ritmo distinto al de la realidad exterior. Se puso en pie, sintiendo sus músculos rígidos, y caminó hacia la puerta. Al ver su sombra proyectada contra el suelo, notó algo que le heló la sangre: su propia silueta no era nítida; los bordes parecían vibrar, como si una parte de él se hubiera quedado atrapada en la luz dorada del Café de las Horas.

—¡Eh! ¡Abra la puerta! —gritó una voz desde el exterior.

Mateo retiró el cerrojo y se encontró de frente con un hombre de traje gris ceniza y ojos que no conocían la nostalgia. Detrás de él, dos operarios esperaban con cajas vacías.

—Señor Varga, ha ignorado las notificaciones durante meses —dijo el hombre del traje, extendiendo un documento—. El plazo expiró ayer a las seis de la tarde. Según los registros, usted no se presentó a la audiencia de propiedad. Este inmueble y todo su contenido pasan a ser activos del fondo de inversión para la remodelación del puerto.

—¿Ayer a las seis? —intervino Mirjana, poniéndose al lado de Mateo—. Estábamos aquí. Él estaba trabajando.

El hombre del traje la miró de arriba abajo, deteniéndose en su cámara.

—Señorita, no sé quién es usted, pero el señor Varga no ha estado aquí en las últimas veinticuatro horas. La policía local vino a buscarlo para entregarle la última citación y el taller estaba cerrado con llave por fuera. De hecho, los vecinos dicen que el taller lleva semanas con una actividad... irregular.

Mateo sintió que el mundo se inclinaba. La advertencia de su abuelo Esteban cobraba un sentido aterrador: "en este café, las verdades pesan más que las horas". El tiempo que pasaron con sus antepasados no se restó del reloj del mundo, se cobró en la realidad que ellos conocían.

—Necesito una hora —dijo Mateo, su voz sonando extrañamente firme a pesar del temblor de sus manos—. Solo una hora para recoger mis herramientas personales.

El agente del embargo suspiró, consultando su reloj de pulsera de cuarzo, un objeto sin alma que Mateo despreció al instante.

—Sesenta minutos. Ni uno más. Tengo órdenes de precintar esto antes del mediodía.

Mateo cerró la puerta y se giró hacia Mirjana. El pánico empezaba a asomar en los ojos de la fotógrafa. Ella tomó su cámara y, por instinto, intentó encenderla.

—Mateo, la foto... la foto que tomé en el acantilado, antes de que apareciera la puerta. Si esa foto existe, podemos probar que algo ocurrió. Que no estábamos simplemente "ausentes".

Ella revisó la pantalla digital. La imagen apareció, pero Mirjana soltó un gemido de frustración. Donde debería estar Mateo bajo la luz del atardecer, solo había una mancha de luz blanca, un vacío en el espacio. Sin embargo, al ampliar la imagen, notaron algo en el fondo, cerca de las rocas. Había una silueta nítida. Una mujer joven, con un vestido de flores, que miraba directamente a la cámara y sostenía un objeto pequeño y brillante.

—Es ella —dijo Mirjana, con los dedos temblando sobre la pantalla—. Mi abuela. Y lo que tiene en la mano...

—Es la pieza que falta —completó Mateo.

Se acercó a la estantería de bitácoras y buscó el cuaderno con la cinta roja que habían visto antes. Lo abrió con desesperación, pasando las páginas hasta llegar al mapa de Puerto Esmeralda. Las anotaciones que antes parecían crípticas ahora brillaban con una luz propia, como si la tinta reaccionara a la proximidad del cronómetro.

—No nos están quitando el taller por dinero, Mirjana —dijo Mateo, señalando una marca roja sobre el muelle antiguo—. Nos lo están quitando porque aquí es donde se guarda el ancla del tiempo. Si demuelen este lugar, el "eco" que escuchamos nunca se convertirá en palabra. El "primer sí" se borrará para siempre.

Mirjana lo miró, y en ese momento, Mateo vio en ella esa misma mezcla de valentía y entrega que había visto en la abuela del café.

—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó ella.

—El mapa tiene un punto final que no vimos antes. "El Silencio del Relojero - 12:00". Tenemos que llegar a la torre del faro antes del mediodía. Pero el anillo... —Mateo miró el cronómetro—. El anillo está atrapado en el metal. Ya no puedo evitar que esté cerca de ti.

En ese momento, el cronómetro dio tres campanadas vibrantes, aunque no tenía campana. El sonido pareció mover los fragmentos de cristal que aún quedaban en el suelo.

—El eco ya no se puede apagar, Mateo —dijo Mirjana, acercándose tanto que él pudo sentir el calor de su presencia desafiando el frío del taller—. Porque el eco ya no está en el reloj. Está en nosotros.

Ella extendió su mano y, esta vez, Mateo no tuvo miedo. La tomó con fuerza, y en el instante en que sus dedos se entrelazaron, el cronómetro de plata comenzó a girar sus manecillas hacia adelante a una velocidad vertiginosa, mientras afuera, el cielo de Puerto Esmeralda pasaba del gris matinal a un azul eléctrico en cuestión de segundos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.