El estruendo del martillo contra el marco de la puerta se transformó en un zumbido sordo a medida que la realidad física del taller empezaba a distorsionarse. Mateo y Mirjana, con las manos entrelazadas, sintieron que el suelo dejaba de ser sólido para convertirse en una vibración constante. El cronómetro, ahora una amalgama de plata, oro y recuerdos, latía contra la palma de Mateo con la fuerza de un animal atrapado.
—No nos queda una hora, Mirjana —sentenció Mateo, mirando cómo las sombras de los objetos en el taller se alargaban y encogían en un baile frenético—. El tiempo fuera se ha vuelto loco porque el ancla se ha soltado.
Sin esperar a que el agente del embargo lograra echar la puerta abajo, Mateo tiró de Mirjana hacia la parte trasera del local, donde una pequeña puerta de servicio daba a un callejón estrecho que olía a salitre y a red de pesca. Al salir, el espectáculo que los recibió los dejó sin aliento. Puerto Esmeralda ya no era el pueblo tranquilo de la mañana; las nubes corrían por el cielo como ríos desbordados y la luz del sol parpadeaba, alternando entre el mediodía y el crepúsculo en intervalos de pocos segundos.
—¡Por allí! —gritó Mirjana, señalando hacia el muelle.
El camino hacia el faro estaba cortado por la actividad frenética del puerto. Operarios de la constructora, moviéndose con una velocidad antinatural —como personajes de una película antigua acelerada—, levantaban vallas de seguridad y descargaban maquinaria pesada. Lo que el hombre del traje llamó "remodelación" parecía más una demolición sistemática de todo lo que tuviera más de un siglo de antigüedad.
Mientras corrían, esquivando a trabajadores que parecían no verlos, se toparon con un obstáculo inesperado. En medio de la calle principal, un hombre mayor, vestido con un impermeable amarillo desgastado, permanecía sentado en un banco de madera, siendo el único ser, además de ellos, que se movía a un ritmo normal.
—¡Julián! —exclamó Mateo, deteniéndose en seco.
El viejo relojero levantó la cabeza. Sus ojos, nublados por las cataratas pero brillantes de una inteligencia ancestral, se posaron primero en el cronómetro y luego en Mirjana. Una sonrisa triste se dibujó en su rostro surcado por las arrugas del tiempo.
—Has tardado veintinueve años en entender para qué sirven tus manos, muchacho —dijo Julián, con una voz que parecía venir de un pozo profundo—. Pero ten cuidado, la chica de la cámara no es solo una fotógrafa. Ella es la lente. Si ella no mira hacia donde debe, tu reloj no servirá de nada.
—Julián, el pueblo... el tiempo se está deshaciendo —dijo Mateo, tratando de recuperar el aliento—. ¿Qué es esa sombra que vimos en el café?
El anciano se puso en pie con dificultad, apoyándose en un bastón que tenía grabada la misma rosa de los vientos que el mapa del cuaderno.
—Es el Arrepentimiento, Mateo. Una fuerza que quiere que todo vuelva a la oscuridad porque no soporta la luz de lo que pudo ser. Si el faro se apaga antes de que lleguéis a la torre, el Olvido ganará y Puerto Esmeralda será solo un nombre en un mapa que nadie podrá leer.
De repente, una ráfaga de viento helado barrió la calle, y la sombra que los había acosado en el café emergió de entre los callejones traseros, deslizándose por las paredes como una mancha de tinta negra. La gente acelerada que pasaba por su lado parecía congelarse al contacto con la sombra, convirtiéndose en estatuas grises y carentes de vida.
—¡Corred! —ordenó Julián, interponiéndose entre los jóvenes y la oscuridad—. Yo mantendré el péndulo moviéndose un poco más. ¡Hacia el muelle antiguo! ¡Buscad el barco que no tiene nombre!
Mateo y Mirjana reemprendieron la huida. Al llegar al muelle, el escenario era desolador. El mar golpeaba con furia las maderas podridas y la niebla empezaba a tragarse los barcos de pesca. Pero allí, al final de la pasarela más inestable, una pequeña lancha de madera, con la pintura blanca desconchada y sin matrícula alguna, cabeceaba sobre las olas.
Al saltar dentro, Mirjana tropezó, y su cámara chocó contra el suelo de la embarcación. El golpe activó el flash de forma accidental, y la luz blanca iluminó por un instante el agua oscura. Bajo la superficie, Mateo juró ver miles de relojes de bolsillo hundidos, todos marcando la misma hora que su cronómetro.
—Mateo, mira el motor —dijo Mirjana, señalando el compartimento de la lancha.
No había un motor de gasolina. En su lugar, había un enorme mecanismo de relojería, con engranajes de bronce del tamaño de platos, que esperaba ser activado. Mateo entendió de inmediato. Sacó el cronómetro de plata y, con manos expertas, buscó la muesca en el centro del mecanismo de la lancha.
Encajó el reloj. Fue como si dos amantes se abrazaran después de una eternidad. El barco vibró y los engranajes empezaron a girar con un sonido armónico, musical. La lancha no se movió por el agua; pareció deslizarse sobre la superficie del tiempo, cortando la niebla como si fuera papel.
—Estamos llegando —susurró Mirjana, abrazándose a Mateo mientras la torre del faro emergía de la bruma como un gigante de piedra—. Pero Mateo, el sol... mira el sol.
Mateo levantó la vista. El disco solar se había detenido en el cenit, pero no brillaba. Estaba volviéndose negro, un eclipse total que no estaba anunciado en ningún calendario astronómico. El mediodía había llegado, pero no traía luz, sino la hora del silencio final.
Cuando la lancha chocó suavemente contra la base del faro, Mateo sintió que el anillo en el cronómetro quemaba con una intensidad insoportable. Al mirar hacia la puerta de entrada de la torre, vio algo que le detuvo el corazón: una figura idéntica a él, pero con los ojos vacíos y una llave de oro en la mano, le bloqueaba el paso.